Este es el diálogo con el que el emo y yo nos conocimos. Estábamos los dos esperando al autobús cuando nuestros destinos se cruzaron.
-Hola.-lo saludé yo amablemente al verlo ahí sentado con cara de triste.-Me llamo Diego, encantado.
-Hola.- me respondió él de mala gana.
-¿Te apetece un pitillo?-le pregunté ofreciéndole una cajetilla.
Él aceptó, pero, al abrirla, frunció el ceño.
-Está vacía.-me dijo.
-¿Ah si? Vaya, pues sí. Debió de cogérmelos el mendigo de esta mañana, junto con casi todo mi dinero.
El emo se sorprendió.
-¿Te robó un mendigo?
-No, me pidió limosna a puñetazos.
-Ah... vaya, que mal.
-Si, bueno, al menos esta vez no se quedó con mis zapatos.-dije yo lastimosamente.
-Parece que tienes una vida bastante triste.
-Nah.-repuse yo.-Podría ser peor. Al menos yo tengo dinero para que me roben. Algunos ni eso.
-¡Que optimista! ¿Acaso no aborreces la incertidumbre de la existencia y lo inútil que es buscar sentido en este caos de destino al que algún Dios malvado nos ha atado?
-Emmm... no.
-Pues entonces sí que eres afortunado.-asintió el emo.
-Si.-confirmé yo.-Y tengo curro y todo.
-¿Ah sí? ¿Y en qué?
-Pues tabajo en un sex shop homosexual.
El emo se me quedó mirando un tanto extrañado.
-¿Eso existe?
-Sí, es el único sitio donde me aceptaron, y porque no había nadie más dispuesto a hacer el trabajo.
-¿Qué eres, el dependiente, no? Eso no es tan duro.
-En realidad no soy el dependiente. Trabajo dándole publicidad al local yendo por ahí disfrazado y repartiendo folletos.
-Ah.-dijo el emo, y tras un corto silencio:-¿Y de qué vas disfrazado?
-Emmmm... bueno, y cuéntame, ¿tú tienes trabajo?
-Escribo poemas criticando el vació existencial que me asola por dentro.
-¿Qué pasa, tienes hambre?-dije yo en tono bromista y riendo.
El emo se me quedó mirando con un rostro severo, sin gracia ninguna, a lo que yo le dije:
-Era solo una broma. Si quieres puedes pegarme, ya estoy acostumbrado; pero trata de no darme en la boca, que tengo tres puntos en la lengua. Tampoco me des en la cabeza, ni en la ceja, ni en las costillas, que ya tengo muchas rotas; ni tampoco en la rodilla, o en los dedos de los pies, o en las nalgas, que ahí tengo la piel muy irritada por una infección que cogí de tantas chinchetas que me ponían en la silla; y por el amor de Dios, no me des en el pene, que la última vez casi lo pierdo, y me interesa mucho conservar esa parte.
Esto último pareció calmar al emo, que me dijo con desprecio:
-Eres pobre, débil y estúpido, no creo que ligues mucho aun teniendo pene.
-No te creas. Ligando es en lo único que tengo éxito. Las mujeres sienten pena por mí y se compadecen tanto que me acogen de buen grado entre sus brazos.
-Vaya, no lo había visto desde ese punto de vista...
-Sí, lo malo es que la relación no suele durar mucho porque se ponen dominantes y me adoptan como si fuese un gato.
-A mi no me importaría tener a alguien que me abrace y me entienda, y que se apiade de esta flecha extraviada que es mi vida.
-Ellas no me abrazaban ni nada, me obligaban a mí a hacerlo.
El emo se me quedó mirando de una forma penetrante y pensativa, y luego dijo:
-Oye, parece que tenemos bastante en común. ¿Qué te parece si nos vemos más a menudo?- me preguntó.
-Por mí bien. Pásate por el sex shop cuando quieras.
-Emmm... mejor dame tu número o así.
-De acuerdo.
Y así lo hice.
-Bueno, muchacho, ha sido un placer hablar contigo, pero me tengo que ir, que viene el autobús. Nos vemos.-me dijo el emo.
-Sí, bueno... oye, ¿no tendrás algo suelto para pagar el autobús? Llevo toda la conversación buscando el momento oportuno para pedírtelo...
-No hay problema, toma. No soy tan desconfiado como para pensar que has entablado conversación conmigo solo por eso.
-Jejeje....
Y así fue como el emo y yo nos conocimos, y más tarde él me habría de convertir en su mejor amigo e intentaría besarme, todo enamorado. Como me negué, ahora se pasea de vez en cuando por el blog contando sus penas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario