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sábado, 27 de octubre de 2012

Slenderman

"Hombre esbelto" es la traducción que se le da a este singular personaje de horror que supongo que ya todo el mundo conoce. Y ciertamente, es esbelto y horroroso, y también muy popular en internet. Yo no soy la excepción; reconozco que encuentro fascinante la historia protagonizada por el Slenderman, así como toda la mitología que lo rodea. Para los que no lo conozcais, esta es su leyenda:

Se dice que por los bosques acecha un individuo monstruoso, más demonio que hombre, cuya presencia significa la muerte para quien lo vea. Aparece en solitario oculto entre las ramas, y muy pocos reparan en que está ahí. Si lo hacen, ya más nunca se vuelve a saber nada de ellos.
El motivo por el que es una criatura difícil de apreciar no es que sea pequeño o destaque poco, pues estas características nada tienen que ver con él; si no reparan en que está ahí es debido a que cuando lo ven, muchos lo confunden con las delgadas ramas de un árbol. Su sobrenatural altura y delgadez causan esta impresión a los que caminan despistados por los bosques.

Lo llaman Slenderman, y toda constancia que hay de su existencia está en fotos en donde se puede distinguir su presencia. Todo aquel que ha tenido la mala fortuna de encontrarse con él ya no ha podido volver para contarlo. Una vez que Slenderman los atrapa, nada queda de sus cuerpos; las ropas y los objetos personales yacen por los bosques como muestra de su trágico destino. Algunas de estas víctimas consiguen sacarle algunas fotos antes de desaparecer, que son las que ahora circulan por internet y que pronto podréis ver. También hay constancia de algunos videos gravados por personas antes de encontrarse con él; más todos se ven distorsionados a medida que el Slenderman se va aproximando, como muestra de su terrible presencia.
Debido a la poca información de la que se dispone sobre esta criatura, todo lo que hoy en día se conoce de él no son más que meras deducciones a raíz del poco material del que hay a mano . Ni sus verdaderas intenciones ni su comportamiento se han verificado todavía, ni nada se conoce de su naturaleza ni de su origen; lo único que se puede saber a ciencia cierta del Slenderman es su apariencia, y esto no es motivo ninguno de alegria, como más tarde se verá, ya que una criatura tan horrorosa solo podía tener una forma igualmente espantosa para aparecérsele a sus víctima. No por ser feo o monstruoso, pues realmente no lo es en exceso; sin embargo, ese aspecto tan poco natural y la certeza de que su presencia solo puede significar la muerte y la agonia de quienes lo han visto, lo vuelven una de las criaturas más horrendas jamás existentes y fruto de numerosas pesadillas en miles de personas.
Es un hombre, por llamarlo de alguna forma, de una delgadez y altura sobrehumanas, con unos miembros exageradamente alargados y tétricos. Viste un traje con corbata todo de negro, lo cual acentúa su apariencia siniestra, pues este le da un aspecto más rígido e inhumano, como si fuese una estatua maldita que trae consigo el sufrimiento. Pero, sin lugar a dudas, lo más tétrico de él en todas las fotos que hay es el rostro; en ninguna de ellas puede verse. A veces sale oculto en sombras, y otras con una máscara blanca que no deja ver sus facciones. Algunos aventuran que realmente esto no es una máscara y que en verdad carece de rasgos; no tiene ni nariz, ni ojos ni boca. Pero esto es solo una conjetura salida de tono. Lo cierto es que se desconoce la apariencia que tiene su cara.  Lo que si se conoce, y esto es lo más sobrenatural sobre el Slenderman, es que en algunas fotos se puede ver que tiene más de cuatro extremidades; unos tentáculos negros como su traje emergen de su espalda, oscilando entre las ramas como si fuese un pulpo.

Aqui se puede ver su silueta al fondo.


Hay una foto en concreto, confidencial de la policía hasta hace poco, en donde se puede ver nítidamente al Slenderman en un parque, cerca de unos niños, y que ha originado la teoria de que tiene preferencia por secuestrar a estos últimos.
Y no es esta la única, pues hay muchas fotos en donde sale el Slenderman acechando a niños; y, por lo regular, suele aparecer más al descubierto si están cerca.



Tambié se tiene confirmado que Slenderman no aparece únicamente por los bosques. Si la víctima le resulta especialmente atrayente, puede llegar a presentarse en cualquier parte. Se tiene la teoria de que prefiere mirar por la ventana antes de entrar en las casas, sin importar la altura a la que esté. Todo esto no son más que conjeturas que se deducen a partir de los videos y de las fotos, pues realmente nadie puede afirmarlo.

Muchas son las historias que circulan a raíz del Slenderman. Algunas tratan sobre personas que, al correr las cortinas por las noches, se lo encuentran a él alargando sus tentáculos para atraparlos. Otras intentan ahondar en sus orígenes, mientras que otras se limitan a relatar algunos de sus muchos atentados contra hombres y niños. Se hace difícil diferenciar la ficción de la realidad, pero lo único cierto es que Slenderman existe y acecha a capricho, y que se desconoce qué es lo que pretende hacer al desafortunado con el que se encuentre. 

 

 
  


sábado, 20 de octubre de 2012

El Reino mágico de Ëquisdé

Érase una vez una tierra idílica y pacífica conocida como Ëquisdé. Un día apareció un tal Sôymälopörquesí, un terrible hechicero con un corazón tan maléfico y despiadado como cien gallinas intentando devorar a un mismo gusano.
Un día Sôymalopörquesí murió al tropezar con el pliegue de su maléfica túnica. Dentro de sus astutos  y elaborados planes no entraron aquel giro de los acontecimientos; grave error utilizar una prenda de tan largo tamaño.
Y así, sin un villano que zapatease los sebosos y celulíticos culos de los cursis ciudadanos, la tierra de Ëquisdé conoció una próspera época donde hasta los dragones demoníacos eran buenos y amables con los turistas.
Pero todo cambió con la aparición de Änhônimó, un brutal y salvaje bárbaro del norte poseedor de la fuerza de cien ejércitos, con la audacia de un perro pulgoso a punto de conocer la muerte, y la frialdad suficiente para matar a su propia hermana tetrapléjica.
Esta es su historia, y yo, su fiel servidor, estoy aquí para contarla a la par que me atiende mi urólogo personal.
Así pues, y sin más demora, pues el tiempo no debe entorpecer la narración de una historia de tan desproporcionadas dimensiones, comencemos el relato:
Aquel frió y tempestuoso día de verano, en el que los niños de Ëquisdé jugaban con regocijo y entusiasmo persiguiendo a los tigres depredadores de la zona, el gran y sangriento Änhônimó, al cual llamaremos Ano para no tener que escribir una composición de letras tan complejas como las de su nombre original, alzó su esplendorosa y piojosa cabellera al suave y cálido viento invernal del ocaso (ya se que antes dije que era verano, pero, seamos sinceros, ¿a quien le importa?) y observó, entre divertido y lo contrario de divertido, como el pueblo de Ëquisdé realizaba sus actividades cotidianas sin el menor indicio de que aquel día todo iba a acabar.
Los hombres hacían el amor con los demás hombres y entrenaban sus dotes bélicas con las mujeres, los niños iban cazar para mantener la subsistencia de la familia, las mascotas limpiaban el interior de los cálidos hogares, y los pobres mendigaban para poder permitirse darles dinero a los demás mendigos.
En esto que a Ano se le cruzaron los cables y, escupiendo baba por la boca para dar un aspecto más dramático, lanzó la rama de un árbol hacia una pareja de hombres homosexuales, atravesando a ambos de par a par mientras se besaban a la sombra de un roble.
Un soldado homosexual fue corriendo para investir a Ano, pero nuestro audaz héroe, con suma maestría, consiguió agarrarlo por los pezones y tirar de ellos hasta arrancarle toda la piel y toda la carne de su tronco, dejando el corazón, el estómago, el hígado, las tripas y los demás órganos internos al descubierto. Cogió uno de los extremos de su intestino y se lo enchufó en uno de los ventrículos del corazón, a la par que cogía otro extremo y se lo metía en la boca. De otro galante movimiento, le arrancó el hígado y le hizo tragar el fluido biliar, obligándole a vomitar con vehemencia. El vómito fue conducido a través de su intestino hasta el ventrículo del corazón, quedando este relleno de dicha sustancia y reventando con estupor, bañando todo el paisaje de sangre y de vómito. Todo esto no tiene pies ni cabezas, lo se, pero la sangre y el vómito molan. 
Un hombre musculoso, alto y corpulento, con la fuerza necesaria para matar a cien de los suyos, corrió hacia Ano con toda la intención de hacerlo puré. Pero el bárbaro, en un alarde de ingenio, astucia, inteligencia, perspicacia, razonamientos divino y demás adjetivos que denotan una profunda sabiduría, arrancó un árbol de cuajo y se lo lanzó al gigantesco coloso, aplastándolo en el acto.
Un niño de cinco años se le acercó por detrás e intentó clavarle un alfiler en las nalgas; más nuestro compasivo héroe, intentando impartir respeto y educación al joven niño utilizando métodos fraternales y efectivos, lo cogió en sus brazos y lo partió a la mitad, esparramando sus órganos por todas partes y haciendo a la madre tragar sus tripas.
Un caballero ataviado con una gruesa e inmensa armadura emprendió un fiero galope hacia Ano, con lanza en mano y el furor en el corazón. De un movimiento veloz, el salvaje guerrero consiguió enganchar al corcel por las pelotas, arrancándoselas de golpe con todo y pene. El pobre animal cayó en la locura, agitándose con vehemencia y rechinando tal como lo hacían los hombres de Ëquisdé al llegar al orgasmo. Aprovechando la confusión que dicha escena causó en el jinete, Ano lo agarró por la cabeza y, utilizando la rodilla, le partió la columna vertebral al caballero.
Cinco soldados corrieron hacia Ano con armas en mano, recibiendo el cuerpo de su ahora tetrapléjico camarada como recibimiento. Antes de lanzarles el cuerpo, Ano desposó al caballero de su casco y se lo comió, masticándolo con rudeza como si de un chicle se tratase. Utilizando la fuerza de sus pulmones, el bárbaro escupió la bola de metal en la que se había tornado el casco, convirtiéndola en una bala mortal que hizo estallar la cabeza del primero de los soldados, esparramando sus sesos por todas partes e incrustando los pedazos del cráneo en la cara de sus camaradas.
Uno de los soldados, aterrorizado por la ferocidad de su contrincante, huyó despavorido y abandonó a sus compañeros a su suerte. Antes de que ellos se percatasen de tal cobarde decisión, Ano agarró a uno de los soldados por el pené y se lo arrancó con huevos incluidos, junto con la mayor parte de la piel comprendida entre la entrepierna y el resto del cuerpo. El hombre, convertido ahora en una deformidad con la única capacidad de chillar y gemir de dolor, recibió un chorro de vinagre por parte del bárbaro, convirtiéndose en un contenedor de dolor. Sus dos compañeros restantes, en un intento por ayudarlo, le lanzaron sus armas al despiadado guerrero. El bárbaro las cogió al vuelo, utilizando una de ellas para cortar a uno de los soldados en pedacitos muy pequeños que posteriormente sirviría en un restaurante de la zona, haciéndolo parecer salchichas, comida favorita de todo hombre en Ëquisdé. Al otro lo lanzó por los aires de un puñetazo, haciéndolo precipitar sobre la punta de un pino y quedando clavado en él por el ano.
Posteriormente, cogió al soldado castrado y despellejado y lo lanzó con fuerza por lo aires, cayendo este sobre el soldado que había huido despavorido. Ambos quedaron tetrapléjicos. 

Y entonces, cuando Ano se dispuso a marcharse para descansar de tan épica batalla, un aplauso retumbó por todo el paraje, desconcertando a nuestro peculiar y salvaje bárbaro.
-Bien hecho, gran bárbaro. Has luchado formidablemente.-dijo una voz grave como el rugido de un dragón, procedente del interior de un carruaje que apareció en el camino porque si, porque al escritor de este cuento se le acabó la imaginación.
La voz era tan grave y sobrecogedora, que incluso el fuerte corazón de Ano se aceleró de pronto.
En esto que un enano de mierda sale del carruaje, saludando con una mano y cayendo al suelo con un ruido sordo al no advertir que su carruaje carecía de escalera para bajar.
-Hola, soy Tüputamâdré, rey de Ëquisdé.
-Que te follen.
-Ya me gustaría, pero las mujeres dicen que la tengo tan pequeña que ni siquiera me llega al clítoris.
Ano se rió tan fuerte y con tanto estupor que los árboles fueron arrancados de raíz, las montañas cayeron al suelo y el cielo se tornó de rojo. Tüputamâdre, tras recuperar la compostura perdida ante tamaña carcajada, se acercó al bárbaro y empezó a hablarle.
-Verás, fui a sacar a mi mujer a mear, y no pude evitar ver tu pelea.
-¿Tu mujer es esa de ahí?- preguntó Ano, señalando a una mujer de doscientos kilos y de dos metros de altura que estaba haciendo sus necesidades al pie de un árbol, mientras sacaba la lengua con entusiasmo y olisqueaba el suelo.
-Si. Es que en Ëquisdé tenemos tradiciones muy ancestrales. Y eso que todavía no la has visto hacerse la muerta…
Acabadas de decir estas palabras, el tenaz guerrero cogió una piedra del suelo y se la lanzó a la mujer de Tüputamâdré con tal fuerza que, al darle en su prominente barriga, hizo que todo su cuerpo explotase en una nube de sangre, grasa, comida succionada y piel arrugada.
-Ahora ya lo he visto.- añadió el guerrero.
-Pero, pero… ¡la has matado, animal! Bueno, da igual, mañana iré a la pajarería a buscar otra. El caso es que te necesito para un trabajillo.
-Habla.
-Veamos, espera que voy consultar mi lista… a ver, a ver.- un soldado le pasó un cuaderno de notas.- Bien, veamos. Lo primero en la lista es…matar a mi mujer. Bueno, eso ya lo hiciste, así que lo tacho. Lo segundo: arreglar la rueda de mi carruaje. Emmm, si no te importa, por favor.
-Si la tienes rota, ¿cómo has llegado hasta aquí?
-Emmmm… bueno, da igual, eso también lo tacho. Eso hace que nos quedemos con el tercer trabajillo: asesinar a la criatura que mora en la cueva de la muerte, la cual aterroriza a los ciudadanos de Ëquisdé. 
“Verás, existe una leyenda que profetiza el advenimiento de una nueva era en este mundo, una era donde la magia y la tiranía conformarán la misma cara de una moneda en cuyo lado opuesto, la luz y el bien comenzarán a flaquear, y…
Pero Tüputamdré no pudo acabar el relato, pues Ano llevaba cinco minutos sin matar a nadie, y su sed de sangre comenzaba a quemarle la paciencia. Se bajó los pantalones y le cagó al rey en la boca. El pequeño hombre se atragantó ante semejante enormidad de mierda, superior a los excrementos de dragones o de titanes.
Al día siguiente, todos los habitantes del reino de Ëquisdé estaban muertos, mutilados, quemados o llenos de mierda. Y nuestro fiero héroe, con la sonrisa del éxito dibujada en su duro semblante, se perdió tras una colina mientras el ocaso recortaba su magnificente silueta, listo para encontrar nuevas aventuras.

Me aburro.

"Me aburro tanto que incluso me he dignado a abrir este cuaderno y escribir cosas en él", escribió Fuckencio mientras un completo y agobiante aburrimiento lo asolaba desde cada una de las cuatro exactas esquinas que constituían su pequeña habitación. Era tan intenso el aburrimiento, que de buena gana agradecería tener a mano deberes y trabajos con los que ocupar su muy inútil tiempo. Pero como no los tenía, se limitaba a escribir chorradas en su cuaderno.
Esto era lo que pensaba en ese momento, y lo que había pensado en el anterior, e incluso lo que pensara horas antes; y seguramente, lo que pensaría horas después. Y el agobio era tan grande que no le permitía dormir ni relajarse de ninguna otra forma; tenía la sensación de que su cerebro procesaba millones de pensamientos por segundo. Y su cuerpo parecía estar produciendo reacciones químicas en todo momento, como una fábrica coreana activa las veinticuatro horas del día. Y el corazón bombeaba sangre de una forma desagradablemente palpable, y el estómago rugía cargado de ácido corrosivo, y el cerebro parecía un horno de alta presión; y el tiempo se convirtió en una densa y sobrecogedora atmósfera en donde costaba trabajo respirar.
A así persistiría el agobiante aburrimiento durante horas y horas y horas, con las cuatro exactas esquinas del cuarto ensanchándose cada vez más y un Fuckencio atrapado entre ellas. "No se me ocurre qué más escribir", terminó de escribir en su cuaderno mientras trataba de pensar en alguna otra forma de pasar el tiempo, sin obtener ningún resultado durante horas enteras.