Érase una vez una tierra idílica y pacífica conocida como Ëquisdé. Un día apareció un tal Sôymälopörquesí, un terrible hechicero con un corazón tan maléfico y despiadado como cien gallinas intentando devorar a un mismo gusano.
Un día Sôymalopörquesí murió al tropezar con el pliegue de su maléfica túnica. Dentro de sus astutos y elaborados planes no entraron aquel giro de los acontecimientos; grave error utilizar una prenda de tan largo tamaño.
Y así, sin un villano que zapatease los sebosos y celulíticos culos de los cursis ciudadanos, la tierra de Ëquisdé conoció una próspera época donde hasta los dragones demoníacos eran buenos y amables con los turistas.
Pero todo cambió con la aparición de Änhônimó, un brutal y salvaje bárbaro del norte poseedor de la fuerza de cien ejércitos, con la audacia de un perro pulgoso a punto de conocer la muerte, y la frialdad suficiente para matar a su propia hermana tetrapléjica.
Esta es su historia, y yo, su fiel servidor, estoy aquí para contarla a la par que me atiende mi urólogo personal.
Así pues, y sin más demora, pues el tiempo no debe entorpecer la narración de una historia de tan desproporcionadas dimensiones, comencemos el relato:
Aquel frió y tempestuoso día de verano, en el que los niños de Ëquisdé jugaban con regocijo y entusiasmo persiguiendo a los tigres depredadores de la zona, el gran y sangriento Änhônimó, al cual llamaremos Ano para no tener que escribir una composición de letras tan complejas como las de su nombre original, alzó su esplendorosa y piojosa cabellera al suave y cálido viento invernal del ocaso (ya se que antes dije que era verano, pero, seamos sinceros, ¿a quien le importa?) y observó, entre divertido y lo contrario de divertido, como el pueblo de Ëquisdé realizaba sus actividades cotidianas sin el menor indicio de que aquel día todo iba a acabar.
Los hombres hacían el amor con los demás hombres y entrenaban sus dotes bélicas con las mujeres, los niños iban cazar para mantener la subsistencia de la familia, las mascotas limpiaban el interior de los cálidos hogares, y los pobres mendigaban para poder permitirse darles dinero a los demás mendigos.
En esto que a Ano se le cruzaron los cables y, escupiendo baba por la boca para dar un aspecto más dramático, lanzó la rama de un árbol hacia una pareja de hombres homosexuales, atravesando a ambos de par a par mientras se besaban a la sombra de un roble.
Un soldado homosexual fue corriendo para investir a Ano, pero nuestro audaz héroe, con suma maestría, consiguió agarrarlo por los pezones y tirar de ellos hasta arrancarle toda la piel y toda la carne de su tronco, dejando el corazón, el estómago, el hígado, las tripas y los demás órganos internos al descubierto. Cogió uno de los extremos de su intestino y se lo enchufó en uno de los ventrículos del corazón, a la par que cogía otro extremo y se lo metía en la boca. De otro galante movimiento, le arrancó el hígado y le hizo tragar el fluido biliar, obligándole a vomitar con vehemencia. El vómito fue conducido a través de su intestino hasta el ventrículo del corazón, quedando este relleno de dicha sustancia y reventando con estupor, bañando todo el paisaje de sangre y de vómito. Todo esto no tiene pies ni cabezas, lo se, pero la sangre y el vómito molan.
Un hombre musculoso, alto y corpulento, con la fuerza necesaria para matar a cien de los suyos, corrió hacia Ano con toda la intención de hacerlo puré. Pero el bárbaro, en un alarde de ingenio, astucia, inteligencia, perspicacia, razonamientos divino y demás adjetivos que denotan una profunda sabiduría, arrancó un árbol de cuajo y se lo lanzó al gigantesco coloso, aplastándolo en el acto.
Un niño de cinco años se le acercó por detrás e intentó clavarle un alfiler en las nalgas; más nuestro compasivo héroe, intentando impartir respeto y educación al joven niño utilizando métodos fraternales y efectivos, lo cogió en sus brazos y lo partió a la mitad, esparramando sus órganos por todas partes y haciendo a la madre tragar sus tripas.
Un caballero ataviado con una gruesa e inmensa armadura emprendió un fiero galope hacia Ano, con lanza en mano y el furor en el corazón. De un movimiento veloz, el salvaje guerrero consiguió enganchar al corcel por las pelotas, arrancándoselas de golpe con todo y pene. El pobre animal cayó en la locura, agitándose con vehemencia y rechinando tal como lo hacían los hombres de Ëquisdé al llegar al orgasmo. Aprovechando la confusión que dicha escena causó en el jinete, Ano lo agarró por la cabeza y, utilizando la rodilla, le partió la columna vertebral al caballero.
Cinco soldados corrieron hacia Ano con armas en mano, recibiendo el cuerpo de su ahora tetrapléjico camarada como recibimiento. Antes de lanzarles el cuerpo, Ano desposó al caballero de su casco y se lo comió, masticándolo con rudeza como si de un chicle se tratase. Utilizando la fuerza de sus pulmones, el bárbaro escupió la bola de metal en la que se había tornado el casco, convirtiéndola en una bala mortal que hizo estallar la cabeza del primero de los soldados, esparramando sus sesos por todas partes e incrustando los pedazos del cráneo en la cara de sus camaradas.
Uno de los soldados, aterrorizado por la ferocidad de su contrincante, huyó despavorido y abandonó a sus compañeros a su suerte. Antes de que ellos se percatasen de tal cobarde decisión, Ano agarró a uno de los soldados por el pené y se lo arrancó con huevos incluidos, junto con la mayor parte de la piel comprendida entre la entrepierna y el resto del cuerpo. El hombre, convertido ahora en una deformidad con la única capacidad de chillar y gemir de dolor, recibió un chorro de vinagre por parte del bárbaro, convirtiéndose en un contenedor de dolor. Sus dos compañeros restantes, en un intento por ayudarlo, le lanzaron sus armas al despiadado guerrero. El bárbaro las cogió al vuelo, utilizando una de ellas para cortar a uno de los soldados en pedacitos muy pequeños que posteriormente sirviría en un restaurante de la zona, haciéndolo parecer salchichas, comida favorita de todo hombre en Ëquisdé. Al otro lo lanzó por los aires de un puñetazo, haciéndolo precipitar sobre la punta de un pino y quedando clavado en él por el ano.
Posteriormente, cogió al soldado castrado y despellejado y lo lanzó con fuerza por lo aires, cayendo este sobre el soldado que había huido despavorido. Ambos quedaron tetrapléjicos.
Y entonces, cuando Ano se dispuso a marcharse para descansar de tan épica batalla, un aplauso retumbó por todo el paraje, desconcertando a nuestro peculiar y salvaje bárbaro.
-Bien hecho, gran bárbaro. Has luchado formidablemente.-dijo una voz grave como el rugido de un dragón, procedente del interior de un carruaje que apareció en el camino porque si, porque al escritor de este cuento se le acabó la imaginación.
La voz era tan grave y sobrecogedora, que incluso el fuerte corazón de Ano se aceleró de pronto.
En esto que un enano de mierda sale del carruaje, saludando con una mano y cayendo al suelo con un ruido sordo al no advertir que su carruaje carecía de escalera para bajar.
-Hola, soy Tüputamâdré, rey de Ëquisdé.
-Que te follen.
-Ya me gustaría, pero las mujeres dicen que la tengo tan pequeña que ni siquiera me llega al clítoris.
Ano se rió tan fuerte y con tanto estupor que los árboles fueron arrancados de raíz, las montañas cayeron al suelo y el cielo se tornó de rojo. Tüputamâdre, tras recuperar la compostura perdida ante tamaña carcajada, se acercó al bárbaro y empezó a hablarle.
-Verás, fui a sacar a mi mujer a mear, y no pude evitar ver tu pelea.
-¿Tu mujer es esa de ahí?- preguntó Ano, señalando a una mujer de doscientos kilos y de dos metros de altura que estaba haciendo sus necesidades al pie de un árbol, mientras sacaba la lengua con entusiasmo y olisqueaba el suelo.
-Si. Es que en Ëquisdé tenemos tradiciones muy ancestrales. Y eso que todavía no la has visto hacerse la muerta…
Acabadas de decir estas palabras, el tenaz guerrero cogió una piedra del suelo y se la lanzó a la mujer de Tüputamâdré con tal fuerza que, al darle en su prominente barriga, hizo que todo su cuerpo explotase en una nube de sangre, grasa, comida succionada y piel arrugada.
-Ahora ya lo he visto.- añadió el guerrero.
-Pero, pero… ¡la has matado, animal! Bueno, da igual, mañana iré a la pajarería a buscar otra. El caso es que te necesito para un trabajillo.
-Habla.
-Veamos, espera que voy consultar mi lista… a ver, a ver.- un soldado le pasó un cuaderno de notas.- Bien, veamos. Lo primero en la lista es…matar a mi mujer. Bueno, eso ya lo hiciste, así que lo tacho. Lo segundo: arreglar la rueda de mi carruaje. Emmm, si no te importa, por favor.
-Si la tienes rota, ¿cómo has llegado hasta aquí?
-Emmmm… bueno, da igual, eso también lo tacho. Eso hace que nos quedemos con el tercer trabajillo: asesinar a la criatura que mora en la cueva de la muerte, la cual aterroriza a los ciudadanos de Ëquisdé.
“Verás, existe una leyenda que profetiza el advenimiento de una nueva era en este mundo, una era donde la magia y la tiranía conformarán la misma cara de una moneda en cuyo lado opuesto, la luz y el bien comenzarán a flaquear, y…
Pero Tüputamdré no pudo acabar el relato, pues Ano llevaba cinco minutos sin matar a nadie, y su sed de sangre comenzaba a quemarle la paciencia. Se bajó los pantalones y le cagó al rey en la boca. El pequeño hombre se atragantó ante semejante enormidad de mierda, superior a los excrementos de dragones o de titanes.
Al día siguiente, todos los habitantes del reino de Ëquisdé estaban muertos, mutilados, quemados o llenos de mierda. Y nuestro fiero héroe, con la sonrisa del éxito dibujada en su duro semblante, se perdió tras una colina mientras el ocaso recortaba su magnificente silueta, listo para encontrar nuevas aventuras.
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