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domingo, 11 de agosto de 2013
In Memoriam de un cocainómano
Me están hablando sobre no sé qué rollo de pillar un gramo y medio entre tres y yo no paro de pensar en algo que dijo mi madre sobre que soy como un tiburón, que si en algún momento de mi vida me detuviera me moriría, que siempre estoy acelerado, en movimiento. Yo les digo que sí, que los pillemos, y en media hora estamos con las rayas en la mesa y yo esnifo el primero y siento como la coca baja por mi… por el tubo ese por el que va el aire, traquea o lo que sea. Me da igual y me hago otra raya y entonces me doy cuenta de que me están llamando al móvil, pero paso de coger y termino de colocarme. Para cuando salgo del baño de algún pub cualquiera de una ciudad cualquiera, estoy tan colocado que me pongo a hablar con el primer gilipollas con el que me encuentro e incluso le sonrió y le doy palmaditas en el hombro como si me cayera bien, aunque en realidad me la pela y para cuando salimos del pub ya ni me acuerdo de su cara, así que mis coleguitas y yo piramos por ahí a disfrutar del colocón pero yo me rayo y les doy de lado alegando que mi novia me está buscando, lo cual hasta yo dudo de que sea mentira. No me apetece encontrármela yendo tan puesto como voy así que me meto en una discoteca en la que sé que ella nunca entraría y me encuentro con una zorra que antes iba en mi clase y le empiezo a hablar todo contento pero me rayo y me voy al baño a meterme otra raya. Para cuando salgo me la encuentro a ella esperándome por lo que deduzco que quiere follar así que se lo suelto sin tapujos, le digo “te apetece ir al baño a follar”, y ella pone cara de haber comido mierda y pasa de mí así que me pongo de mala hostia y decido pirar a otro lado. No sé cómo termino en un aparcadero lleno de gente conocida y me hago el gilipollas como tal de que me alegro un montón de verlos, aunque en realidad me comen la polla, así que me empiezo a rayar y no me pongo contento de verdad hasta que uno de esos gilipollas dice tener MD, yo hago como que no oigo nada y espero que lo vierta en su cubata, para entonces me acerco a él y me hago el supercolega máximo, él también se pone todo de buen rollo y de alguna forma consigo que me invite a medio cubata. Termino puestísimo por la cara así que me largo de allí y mientras camino por la calle me vuelve a sonar el móvil, al cogerlo resulta que es mi novia que me dice que está en tal sitio haciendo no se qué, yo le digo que sí a todo y cuelgo y entonces me encuentro con una vieja amiga mía que es más fea que una nevera por detrás aunque ella se cree guapa aunque lo disimula haciendo como que se cree fea. Total, que le doy dos besos y sigo andando y entonces veo a un viejo amigo mío que es camello, le digo hola y me toco la nariz de forma cómplice, él asiente con la cabeza y termino por comprarle otro gramo más. Lo guardo para más tarde y me voy a la discoteca en la que está mi novia esperándome. Le doy un beso, un abrazo, le digo que la quiero y luego me voy al baño a meter otra raya. Por primera vez en la noche estoy contento de verdad, sin fingirlo, e incluso me pongo a bailar con mi novia pero al poco rato ella me dice de salir fuera y allí están todos nuestros amigos de siempre, los que tengo de toda la vida y a los que conozco tan bien que ya no los soporto. Me hago el contento, los saludo, los abrazo, bebo con ellos y no pasa ni media hora cuando empiezo a rayarme y me voy a un callejón a meter una uñada sin que nadie me vea, luego vuelvo con ellos y finjo que me interesan sus vidas de mierda así que no tardo ni dos minutos en inventarme una excusa para darles esquinazo. Me voy con mi novia a un pub a tomar algo y entonces ella empieza a soltarme una rollo existencialista tremendo, sobre que si nuestra relación va mal, que está preocupada por nosotros, que me quiere pero que me ve raro, blablabla, yo le digo que sí a todo y la abrazo y le digo que la quiero, luego veo a un viejo conocido en la distancia y hago como que voy a hablar con él, aunque mi verdadera intención es darle esquinazo a mi novia. Lo consigo y me voy a una discoteca lejana en donde no tardo en ver a una amiga mía. La saludo y le doy dos besos, y empezamos a hablar largamente aunque yo no puedo parar de pensar en la forma de ingeniármelas para llevarla al baño y que me la chupe. Al final decido hacer un poco de teatro y le digo que la amo en secreto, que me enamoré de ella desde que la conocí y que si le intereso, e incluso pongo cara de corderito degollado, esa cara que tanto le mola a las tías, aunque al parecer no es suficiente y ella pasa de mí. Yo me pongo de mala leche y me voy al baño a seguir esnifando, y para cuando salgo me empieza a sonar el móvil y deduzco que es mi novia así que paso de cogerlo. Me pongo a dar vueltas por ahí sin rumbo y decido ir a un bar a tomar absenta, allí me encuentro con una conocida que tiene fama de ser una guarra y consigo apañármelas para liarme con ella. Dos besos con lengua son suficientes como para que deje que le toque las tetas y al poco rato estamos en un baño follando. Le doy bien lo suyo y antes de que se suba los pantalones desaparezco y me vuelvo a perder entre la multitud. El móvil me empieza a sonar y cuando miro veo seis llamadas perdidas de mi novia, me río al imaginármela toda desesperada con el móvil en la mano en medio de la gente y eso es suficiente como para ponerme alegre y entrar en un bar a meter más farla. Al salir me doy cuenta de que voy tiesísimo, tanto que incluso siento los músculos de las piernas tensos, aunque no estoy seguro de si son los músculos o las venas, aunque en realidad me da igual. Veo a un grupo de desconocidos y les pido que me den instrucciones para llegar al pub en el que creo que están mi novia y mis amigos, ellos se deben de dar cuenta de que voy encocado porque me miran raro y de alguna forma me las apaño para entablar conversación con ellos, voy tan puesto que su charla incluso me parece que es interesante, aunque a los pocos minutos me doy cuenta de que es una mierda y les doy esquinazo. Mientras voy andando por la calle me encuentro con unos amigos de clase que, para mi sorpresa, están hablando con un viejo profesor mío de filosofía. Yo me uno al grupo todo contento y le empiezo a hablar al gilipollas de mi profesor, el cual debe de notar que estoy raro porque me mira con cara de papaostias. Me empieza a hacer preguntas sobre mi vida y mis proyectos, a lo cual yo le digo de ir a un bar a tomarnos unos chupitos juntos, él se ríe y dice que no educadamente pero yo empiezo a rayarlo y al final consigo convencerlo. Por supuesto paga él y, antes de que empiece otra vez con sus rollos sobre mi vida y el rumbo que debo tomar y blablablabla, me deshago de él y me voy a un baño a seguir metiendo. Estoy tan encocado que incluso tiro el reloj por el váter para no tener que andar siempre pendiente de la hora y poder tener así esa sensación de deja vú que da la desorientación, pero luego me doy cuenta de que tengo reloj en el móvil igualmente y me pongo de mala hostia. Llamo a mi novia y empiezo a balbucear una excusa pero ella no me hace caso, entonces me doy cuenta de que está llorando y como no le entiendo nada le cuelgo. Termino encontrándomela por ahí y ella me viene a hablar toda loca diciendo no se qué y no se cuánto, yo le pido perdón, la beso, le doy un abrazo y me escaqueo disimuladamente a meter otra uñada. La noche se convierte en drama cuando me doy cuenta de que ya no me queda más coca, así que llamo desesperadamente a mi camello y quedo con él en un bar. Mi novia me sigue empeñada en no separarse de mí, yo le digo que sí y que la quiero y ella me responde que eso ya se lo dije cincuenta veces, me pregunta que si estoy bien y yo le digo que de puta madre, aunque en realidad estoy rayado porque con ella detrás, oliéndome los pedos, me va a ser imposible pillarle a mi camello. Para empeorarlo todo, por el camino me va soltando un rollo enorme sobre que me cuesta expresar mis sentimientos y un montón de gilipolleces; exploto y le digo que se muera y ella se marcha llorando. Me alegro de librarme de ella y me reúno con mi camello y él me da la farlopa que acordamos y entonces se me queda mirando raro y me dice que me sangra la nariz, yo paso de él y meto medio gramo de golpe, me siento en la llama y con muchas ganas de fiesta y me voy corriendo a la primera discoteca con la que me encuentro y empiezo a bailar con desconocidas y me lío con una que me pide una raya y me voy al baño con ella y se la concedo y ella me la chupa y me deja darle por culo y luego le pregunto por follarme también a su amiga y ella dice no sé qué y yo le digo que es muy guapa y que es la chica perfecta ella sigue esnifando y luego me dice que yo también y se ríe y yo me rayo y por alguna extraña razón pienso en mi novia y entonces me rayo más que nunca en toda la noche y siento un tic raro en el brazo izquierdo y es entonces cuando recuerdo lo que mi madre dijera sobre los tiburones así que me pongo en movimiento y salgo de allí pitando y entonces un tipo choca contra mí y me enfado y le doy dos hostias y en cero coma aparece el portero y nos echa a los dos afuera y nos damos de hostias y yo no siento los golpes así que le doy a ese gilipollas una buena paliza hasta que aparecen sus amigos y nos separan y entonces vuelvo a pensar en mi novia y la llamo pero ella no me coge y el tic del brazo se vuelve más intenso y vuelvo a recordar lo que dijo mi madre y entonces miro la hora en el móvil y me doy cuenta de que tan solo son las cuatro de la mañana y es entonces cuando, con las palabras de mi madre en mi cabeza, me doy cuenta de que estoy perfectamente quieto, sólo y sin nada que hacer o nadie con quien estar, y es entonces cuando me doy cuenta de que voy a morir. Caigo al suelo con el corazón rompiéndome la caja torácica y me doy cuenta de que mi madre tenía razón, que siempre tengo que estar en movimiento; pero no soy el único. Todos deberían estar siempre en movimiento, nunca se debe parar. Siempre hay que estar haciendo algo que no sea morirse, de lo contrario, uno se muere.
domingo, 2 de junio de 2013
Escritores odiosos para gente estúpida.
La gente, y más concretamente la gente estúpida, tiene una gigantesca necesidad por sentirse parte de un grupo; el miedo a ser diferente y por lo tanto a tener que valerse por uno mismo, ya bien sea en un ámbito práctico o en uno meramente intelectual, les provoca un pavor tan grande que ni ellos mismos son conscientes de lo grande que es. Acatan las normas que la mayoría de gente les dice que deben acatar.
En la música, en el cine, literatura, etc, esto es muy frecuente: a la gente estúpida no es que le guste lo que están viendo, leyendo o oyendo; lo que les gusta es esa sensación de que están haciendo algo socialmente aceptado y que son apreciados por una gran mayoria gracias a eso. A lo mejor desprecian a ese determinado grupo de música o a ese escritor, pero poco les importa; no piensan en ellos mismos, sino en lo que los demás piensen de ellos.
Y en el mundo de la literatura esto no es la excepción; libros sin ningún tipo de calidad, fabricados únicamente para ser destinados a un determinado sector de la sociedad que, por lo regular, es especialmente estúpido (ya que de otra forma no apreciarían susodichos libros), y que recomendarán los libros al resto de la comunidad estúpida, propiciando que se vendan en masa.
En concreto, voy a hablar de tres sagas literarias que, a mi juicio, son soberanamente estúpidas y que van encaminadas a un público que peca de lo mismo. Ambas comparten muchos rasgos; las tres están escritas con un lenguaje tan cargado de tópicos y de expresiones predecibles que leerlas resulta de lo más sencillo del mundo; no necesitas ni pensar en lo que estás leyendo, con abrir los ojos, mirar el papel y dejarte llevar obtienes la misma experiencia. ¿Que no has prestado atención y el último párrafo es como si no lo hubieras leído? No pasa nada, porque en realidad no te has perdido nada que valga la pena. Y así, hasta el idiota con menos neuronas en el cerebro es capaz de leerse de un plumazo un ladrillaco de ochocientas páginas y sentirse tan inteligente. Alguién que sea mínimamente aficionado a la lectura, dificilmente puede encontrar estos libros de su gusto.
Otro rasgo propio de estas tres sagas que muy prontamente pienso enumerar, son los personajes tipo Mary Sue/Gary Stu. Estas denominaciones, para los que no las conozcais, es la que se le da a aquellos personajes que, en realidad, son el alter ego de su autor. Así pues, las Mary Sue o los Gary Stu están tan idealizados y son tan perfectos que resultan nauseabundos y, lo que es peor, la trama suele ajustarse de tal forma que haga ver lo geniales y bellos que son. Normalmente, los que escriben a personajes que son Mary Sue/Gary Stu suelen ser adolescentes que publican fanfics intentando evadirse de la realidad creando a sus alter egos literarios.
Y en fin, sin más dilaciones, estas son las tres sagas literarias odiosas para gente estúpida:
El Nombre del Viento.
Esta inacabada trilogía, que en realidad se llama "Crónicas del asesino de reyes", pero que es mejor conocida por todo el mundo como "El Nombre del viento", es quizás la menos mala de las tres que voy a enumerar. Más que nada porque va enfocada a un público friki y éstos, al tener aficiones que a veces requiere de cierto grado cultural, son, digámoslo, los menos estúpidos de entre los lectores estúpidos (aunque estúpidos de igual modo). Esta obra es, o lo intenta ser, una obra de fantasía épica, aunque en realidad la épica se le va toda de un plumazo con solo leer la sinopsis de la solapa, y lo cierto es que fantasía también tiene poca y, la poca que tiene, resulta pedorra. Incluso videojuegos como el Warcraft tienen mucho más trasfondo literario; no os espereís una saga con la desbordante imaginación de "El Señor de los Anillos", lleno de lugares y razas con su historia y su mitología; ni tampoco os espereis una elaborada reconstruicción política de cómo es el mundo, tal como lo es "Juego de Tronos". En las más de dos mil páginas que va de saga, se visitan seis lugares (una ciudad, una universidad, un pueblo, otra ciudad, un bosque, otro pueblo), ninguno de los cuales es realmente interesante a excepción de los dos primeros; se conocen a un par de razas de hombres, todas aburridas y superficiales; se aprende un extraño tipo de magia (la llaman "simpatía"), que en realidad pretende emular a algún tipo de pseudo-ciencia, con resultados tan pedantes que te quedas con esa sensación de "¿y a mí qué?"; y finalmente, tiene a un Gary Stu de protagonista y a una feminne fatale, y a un profesor chiflado que al principio causa gracia pero que luego se vuelve tan aburrido como el resto de personajes (los cuales, a excepción de estos tres, están únicamente de adorno). Lo más odioso de la saga seguramente sea el protagonista, un Gary Stu llevado al límite; es un pelirrojo guapo de ojos verdes con un nombre muy raro ("kvothe, que se pronuncia cuouz"), listo a más no poder, capaz de tocar música celestial, hábil en todo lo que hace, capaz de engañar a todos con sus habilidades para la actuación, una enciclopedia andante de prácticamente todo, un Don Juan... y bueno, no sigo. Es como si el autor, Patrick Rothfuss, se creara un personaje de rol; escogiera el color de pelo, de ojos, la raza, y luego, de ser un mendingo andrajoso de nivel 1, lo va subiendo de nivel a lo largo de las miles y miles de páginas (y ese es basicamente todo el argumento de la obra, fuera bromas).
No os espereis que el autor haya elaborado un mundo mágico e increíble completamente salido de su imaginación; toda la obra se puede resumir con el día a día de la vida de un friki adicto a los videojuegos de rol. Porque, en realidad, ese es al tipo de lectores a los que va enfocada la saga y, valiéndose de una prosa asquerosamente sencilla, llena de tópicos que hacen veloz su lectura pero que resulte tremendamente insípida e insulsa, consigue crear una obra sobrevalorada para los frikis por el simple motivo de que se parece a la clase de libros que a ellos les gustaría escribir.
La Saga Crepúsculo.
¿Cómo podía faltar? Esa saga que lleva la estupidez hasta límites tales que, incluso, el más paleto de entre los paletos y que en su vida ha cogido un puto libro, es capaz de darse cuenta de lo estúpida que es. Vampiros gays, hombres lobos sacados de una telenovela venezolana, una protagonista que dice unas chorradas tan grandes que te dan ganas de pegarle, personajes secundarios y subtramas que no pintan nada, y unos villanos... espera, ¿dónde están los villanos? Es para niñas adolescentes atontadas lo que "El Nombre del Viento" para frikis soñadores.
Creo que de Crepúsculo ya se ha dicho todo y más; de hecho, lo que está de moda ahora ya no es idolatrarla, sino odiarla. Si no odias Crepúsculo, hasta el más tonto del pueblo te considerará un idiota ( y con razón), incluso aunque no se haya leído la saga en cuestión ni visto las películas. Si quieres parecer intelectual, solo tienes que criticar Crepúsculo delante de tus amigos (lo cual es muy sencillo, cualquiera es capaz de darse cuenta de lo mala que es), y quedarás como un campeón.
50 Sombras de Grey.
La primera vez que vi este primer libro de una saga, recuerdo que en su portada ponía algo así como "la polémica obra de la que habla todo el mundo". Y al leer esto, uno piensa: ¿polémica por qué? ¿habla de la guerra de irak? ¿trata sobre el maltrato de género? ¿es una crítica al sistema político vigente? ¿hay sexo gay? ¿hay sexo gay y violencia sádica?
Pues no, es otra estúpida historia de amor de esas que estamos ya cansados de ver miles y miles de veces en el cine, aburrida, empalagosa, insípida y a la que le sobran muchas páginas. Si dicen de ella que es polémica es porque hay sexo sadomasoquista (y para ser una novela erótica, tampoco es que sea la gran cosa). Novelas eróticas hay a patadas y todas mucho más explícitas y calentorras que esta novelucha. La única diferencia es que ésta va enfocada a un público muy concreto: esas amas de casa mal folladas que no han vuelto a coger un libro desde la secundaria y que, al compartir con su vecina del sexto piso sus angustias sexuales, le aconsejó leerse este libro en donde podrá satisfacer sus necesidades reprimidas. Al igual que El Nombre del Viento y Crepúsculo, viene con su ración de Mary Sue y Gary Stu. De hecho, son tan obvios que hasta me da pereza hablar de ellos: un protagonista rico, guapo, que toca el piano, tiene la polla para jugar al golf con ella, en la cama dice cosas como "oh sí nena" (¿de verdad la gente se lee estas cosas?), y, en definitiva, es el hombre que a la autora le gustaria tener (quien le diera...), y que, como no puede, pues crea a la protagonista, su alter ego, su Mary Sue, para vivir por ella lo que no puede vivir en la realidad. A un ama de casa mínimamente inteligente, que de vez en cuando lea algo más que las revistas del corazón y de decoración hogareña, dificilmente le podrán gustar estos libros, por muy mal follada que esté.
Y estas son para mí las tres sagas odiosas para gente estúpida. Que conste que, cuando digo que son para gente estúpida, no es que todo aquel que lea alguna de estas tres sagas lo sea necesariamente; lo que digo es que, claramente, ese es al tipo de público al que pretenden atraer, con independencia de que luego alguien culto e inteligente llegue a leerlas y que incluso puedan llegar a gustarle por a saber qué motivo.
En la música, en el cine, literatura, etc, esto es muy frecuente: a la gente estúpida no es que le guste lo que están viendo, leyendo o oyendo; lo que les gusta es esa sensación de que están haciendo algo socialmente aceptado y que son apreciados por una gran mayoria gracias a eso. A lo mejor desprecian a ese determinado grupo de música o a ese escritor, pero poco les importa; no piensan en ellos mismos, sino en lo que los demás piensen de ellos.
Y en el mundo de la literatura esto no es la excepción; libros sin ningún tipo de calidad, fabricados únicamente para ser destinados a un determinado sector de la sociedad que, por lo regular, es especialmente estúpido (ya que de otra forma no apreciarían susodichos libros), y que recomendarán los libros al resto de la comunidad estúpida, propiciando que se vendan en masa.
En concreto, voy a hablar de tres sagas literarias que, a mi juicio, son soberanamente estúpidas y que van encaminadas a un público que peca de lo mismo. Ambas comparten muchos rasgos; las tres están escritas con un lenguaje tan cargado de tópicos y de expresiones predecibles que leerlas resulta de lo más sencillo del mundo; no necesitas ni pensar en lo que estás leyendo, con abrir los ojos, mirar el papel y dejarte llevar obtienes la misma experiencia. ¿Que no has prestado atención y el último párrafo es como si no lo hubieras leído? No pasa nada, porque en realidad no te has perdido nada que valga la pena. Y así, hasta el idiota con menos neuronas en el cerebro es capaz de leerse de un plumazo un ladrillaco de ochocientas páginas y sentirse tan inteligente. Alguién que sea mínimamente aficionado a la lectura, dificilmente puede encontrar estos libros de su gusto.
Otro rasgo propio de estas tres sagas que muy prontamente pienso enumerar, son los personajes tipo Mary Sue/Gary Stu. Estas denominaciones, para los que no las conozcais, es la que se le da a aquellos personajes que, en realidad, son el alter ego de su autor. Así pues, las Mary Sue o los Gary Stu están tan idealizados y son tan perfectos que resultan nauseabundos y, lo que es peor, la trama suele ajustarse de tal forma que haga ver lo geniales y bellos que son. Normalmente, los que escriben a personajes que son Mary Sue/Gary Stu suelen ser adolescentes que publican fanfics intentando evadirse de la realidad creando a sus alter egos literarios.
Y en fin, sin más dilaciones, estas son las tres sagas literarias odiosas para gente estúpida:
El Nombre del Viento.
Esta inacabada trilogía, que en realidad se llama "Crónicas del asesino de reyes", pero que es mejor conocida por todo el mundo como "El Nombre del viento", es quizás la menos mala de las tres que voy a enumerar. Más que nada porque va enfocada a un público friki y éstos, al tener aficiones que a veces requiere de cierto grado cultural, son, digámoslo, los menos estúpidos de entre los lectores estúpidos (aunque estúpidos de igual modo). Esta obra es, o lo intenta ser, una obra de fantasía épica, aunque en realidad la épica se le va toda de un plumazo con solo leer la sinopsis de la solapa, y lo cierto es que fantasía también tiene poca y, la poca que tiene, resulta pedorra. Incluso videojuegos como el Warcraft tienen mucho más trasfondo literario; no os espereís una saga con la desbordante imaginación de "El Señor de los Anillos", lleno de lugares y razas con su historia y su mitología; ni tampoco os espereis una elaborada reconstruicción política de cómo es el mundo, tal como lo es "Juego de Tronos". En las más de dos mil páginas que va de saga, se visitan seis lugares (una ciudad, una universidad, un pueblo, otra ciudad, un bosque, otro pueblo), ninguno de los cuales es realmente interesante a excepción de los dos primeros; se conocen a un par de razas de hombres, todas aburridas y superficiales; se aprende un extraño tipo de magia (la llaman "simpatía"), que en realidad pretende emular a algún tipo de pseudo-ciencia, con resultados tan pedantes que te quedas con esa sensación de "¿y a mí qué?"; y finalmente, tiene a un Gary Stu de protagonista y a una feminne fatale, y a un profesor chiflado que al principio causa gracia pero que luego se vuelve tan aburrido como el resto de personajes (los cuales, a excepción de estos tres, están únicamente de adorno). Lo más odioso de la saga seguramente sea el protagonista, un Gary Stu llevado al límite; es un pelirrojo guapo de ojos verdes con un nombre muy raro ("kvothe, que se pronuncia cuouz"), listo a más no poder, capaz de tocar música celestial, hábil en todo lo que hace, capaz de engañar a todos con sus habilidades para la actuación, una enciclopedia andante de prácticamente todo, un Don Juan... y bueno, no sigo. Es como si el autor, Patrick Rothfuss, se creara un personaje de rol; escogiera el color de pelo, de ojos, la raza, y luego, de ser un mendingo andrajoso de nivel 1, lo va subiendo de nivel a lo largo de las miles y miles de páginas (y ese es basicamente todo el argumento de la obra, fuera bromas).
No os espereis que el autor haya elaborado un mundo mágico e increíble completamente salido de su imaginación; toda la obra se puede resumir con el día a día de la vida de un friki adicto a los videojuegos de rol. Porque, en realidad, ese es al tipo de lectores a los que va enfocada la saga y, valiéndose de una prosa asquerosamente sencilla, llena de tópicos que hacen veloz su lectura pero que resulte tremendamente insípida e insulsa, consigue crear una obra sobrevalorada para los frikis por el simple motivo de que se parece a la clase de libros que a ellos les gustaría escribir.
La Saga Crepúsculo.
¿Cómo podía faltar? Esa saga que lleva la estupidez hasta límites tales que, incluso, el más paleto de entre los paletos y que en su vida ha cogido un puto libro, es capaz de darse cuenta de lo estúpida que es. Vampiros gays, hombres lobos sacados de una telenovela venezolana, una protagonista que dice unas chorradas tan grandes que te dan ganas de pegarle, personajes secundarios y subtramas que no pintan nada, y unos villanos... espera, ¿dónde están los villanos? Es para niñas adolescentes atontadas lo que "El Nombre del Viento" para frikis soñadores.
Creo que de Crepúsculo ya se ha dicho todo y más; de hecho, lo que está de moda ahora ya no es idolatrarla, sino odiarla. Si no odias Crepúsculo, hasta el más tonto del pueblo te considerará un idiota ( y con razón), incluso aunque no se haya leído la saga en cuestión ni visto las películas. Si quieres parecer intelectual, solo tienes que criticar Crepúsculo delante de tus amigos (lo cual es muy sencillo, cualquiera es capaz de darse cuenta de lo mala que es), y quedarás como un campeón.
50 Sombras de Grey.
La primera vez que vi este primer libro de una saga, recuerdo que en su portada ponía algo así como "la polémica obra de la que habla todo el mundo". Y al leer esto, uno piensa: ¿polémica por qué? ¿habla de la guerra de irak? ¿trata sobre el maltrato de género? ¿es una crítica al sistema político vigente? ¿hay sexo gay? ¿hay sexo gay y violencia sádica?
Pues no, es otra estúpida historia de amor de esas que estamos ya cansados de ver miles y miles de veces en el cine, aburrida, empalagosa, insípida y a la que le sobran muchas páginas. Si dicen de ella que es polémica es porque hay sexo sadomasoquista (y para ser una novela erótica, tampoco es que sea la gran cosa). Novelas eróticas hay a patadas y todas mucho más explícitas y calentorras que esta novelucha. La única diferencia es que ésta va enfocada a un público muy concreto: esas amas de casa mal folladas que no han vuelto a coger un libro desde la secundaria y que, al compartir con su vecina del sexto piso sus angustias sexuales, le aconsejó leerse este libro en donde podrá satisfacer sus necesidades reprimidas. Al igual que El Nombre del Viento y Crepúsculo, viene con su ración de Mary Sue y Gary Stu. De hecho, son tan obvios que hasta me da pereza hablar de ellos: un protagonista rico, guapo, que toca el piano, tiene la polla para jugar al golf con ella, en la cama dice cosas como "oh sí nena" (¿de verdad la gente se lee estas cosas?), y, en definitiva, es el hombre que a la autora le gustaria tener (quien le diera...), y que, como no puede, pues crea a la protagonista, su alter ego, su Mary Sue, para vivir por ella lo que no puede vivir en la realidad. A un ama de casa mínimamente inteligente, que de vez en cuando lea algo más que las revistas del corazón y de decoración hogareña, dificilmente le podrán gustar estos libros, por muy mal follada que esté.
Y estas son para mí las tres sagas odiosas para gente estúpida. Que conste que, cuando digo que son para gente estúpida, no es que todo aquel que lea alguna de estas tres sagas lo sea necesariamente; lo que digo es que, claramente, ese es al tipo de público al que pretenden atraer, con independencia de que luego alguien culto e inteligente llegue a leerlas y que incluso puedan llegar a gustarle por a saber qué motivo.
domingo, 12 de mayo de 2013
Escritores pedorros a los que odiamos.
Usualmente, cuando eres escritor o aspirante a escritor, y te sientas delante del ordenador o de la máquina de escribir o de un cuaderno en blanco con toda la intención de contar una historia, siempre sueles enfrentarte al mismo dilema: "¿Qué carajo escribo?".
Y ciertamente, es algo muy paradójico ya que, antes siquiera de sentarte a intentar escribir algo, seguramente hayas tenido, por unos casuales momentos de inspiración, buenas ideas e incluso hayas ideado todo un desarrollo de la trama, caracterización de los personajes, estilo narrativo, etc. Sin embargo, cuando sientes que tu mente ya está saturada de ideas y de datos que han salido de tu iluminada inspiración y te dices a tí mismo "caray chacho, va siendo hora de sentarte a escribir y hacer algo útil con el tiempo que has invertido soñando e imaginando", resulta que no sabes por dónde empezar. Miras la hoja en blanco, piensas, la vuelves a mirar, vuelves a pensar, escribes una frase pero al momento de escribirla ya no sabes cómo escribir la siguiente... sientes que la idea de tu gran historia está ahí, en tu mente, pero no sabes cómo transcribirla al papel. No sabes cómo llegar hasta ella.
Y esto, mis queridos y buenos amiguitos, es lo que diferencia a un buen escritor, uno con talento, de uno mediocre: en la forma en que se las apaña para llegar a esa idea que han ideado, para abrirse camino palabra a palabra, frase a frase, párrafo a párrafo, hasta alcanzar al fin el núcleo de su historia, el motivo por el cual han querido contarle algo al mundo en lugar de... no se, de hacer churros.
Porque buenas ideas podemos tenerlas todos, pero, ¿talento para saber contarlas? Eso ya es algo un poco más exclusivo. Los pintores tienen una gran inteligencia espacial para poder reflejar en el lienzo cualquier cosa que imaginen, los músicos tienen gran inteligencia para saber cómo combinar notas musicales y tocar una melodía, y, por ende, los escritores tienen una gran inteligencia para profundizar en sus ideas y saber transmitirlas. Saben llegar al meollo del asunto y, una vez llegan a él, saben contártelo de tal forma que no pienses que estás hablando con un adolescente pasado de marihuana.
Aunque, claro, no todos los que se llaman a sí mismos escritores poseen dicho tipo de inteligencia, ni siquiera aquellos de mayor éxito. ¿Cuántas veces, queridos y bienamados lectores, mientras leéis un best-seller, detenéis un momento la lectura y, con una expresión de completo aburrimientos, os preguntáis a vosotros mismos?: "¿por qué en este capítulo de veinte páginas todo cuanto hace el inspector Harrington es prepararse un café, y todo lo interesante del capítulo es que al final recibe una carta misteriosa... de la cual no volvemos a saber nada hasta cuarenta páginas después?". La más que probable respuesta sea que el escritor, enfrentándose a ese mismo dilema que especifiqué al principio ("¿qué carajo escribo?"), no tuviera ni la más remota idea de cómo llegar al meollo del asunto (el recibimiento de la carta), y haya decidido escribir y escribir y escribir y escribir y escribir y escribir y escribir un montonazo de cosas que no vienen a cuento hasta que, milagrosamente, "válgame el amor del amor hermoso, ¡ya lo tengo!", y entonces se le ocurre lo de la carta misteriosa, que es un cliché perfecto para dar lugar a una trama. Es decir, el escritor por cuya obra pagaste veinte eurazos es un tremendo pedorro sin talento. Si ese tan pedorro individuo tuviese un mínimo de habilidad como pensador y transmisor de pensamientos, se habría saltado la muy inútil escena de quince páginas en donde el inspector Harrintong se prepara un café con tostadas y huevos revueltos, todo ello una excusa para poder rellenar páginas y páginas, y habría encontrado una forma mucho más inteligente de llegar al meollo del asunto, es decir, de llegar a la idea que quiere contar con su historia. Eso es lo que significa ser un buen escritor.
Y ejemplos como éste existen a manos llenas en la realidad; escritores que publican libros enormes, voluminosos y pesados como bloques de cemente, y cuyo contenido realmente no sólo es que resulte escaso, sino que, ademas, es banal, superficial, sin ningún tipo de profundidad que haga que cuando termines de leerlo pienses "vaya, ahora veo el mundo con otros ojos". Lo más que llegas a experimentar con esos libros es algunas horas de entretenimiento y un montón de esfuerzo ocular desperdiciado.
Kent Follet (ese escritor cuyos libros pueden romper baldosas si se te caen al suelo), Dan Brown (ese escritor cuyos libros están, o parecen estar, muy bien documentados pero que, cuando te paras a pensar, te das cuenta de que sus tramas no son sólo pedantemente hollywodienses, sino que además carecen de coherencia), Stephen King (el escritor al que todo el mundo adora), Stephenie Meyer (la escritora a la que NADIE adora), Patrick Rothfuss (el escritor de "El Nombre del Viento" y su más que decepcionante y pedorra secuela), Thomas Harris (ese escritor cuyas películas son mejores que las obras en las que se basan), Suzanne Collins (la escritora de "Los Juegos del Hambre", esos estúpidos libros adolescente cuyos fans intentarán convencerte de que son libros cargados con contenido social, político y dramático, pero que hasta el más idiota es capaz de darse cuenta de que es otra estúpida historia romanticoempalagosona) y un largo etcétera de escritores que escriben y escriben y no cuentan gran cosa, o al menos nada que justifique la enorme extensión de sus obras.
El propio Stephen King tiene reconocido en múltiples ocasiones que, cada mañana, se sienta delante del ordenador y se limita a escribir durante horas, miles de palabras por día, como una rutina. En vez de decir "hoy voy a lavar el coche y a sacar al perro" dice "hoy voy a escribir diez mil palabras sobre... no se, un chico que escribe en un blog y recibe la respuesta de un usuario que en realidad... es un fantasma". Un escritor de verdadero talento no haría eso, no consideraría el arte de contar historias como una simple rutina. Un escritor de verdad, después de haber dedicado horas reflexionando sobre un determinado tema o idea o sentimiento, buscaría la forma de expresarlo de tal forma que emplee las palabras justas y necesarias; ni una coma, ni un adjetivo, ni una sílaba de más o de menos; limitarse a expresar eso que quiere expresar al mundo de la mejor forma que se le ocurra, rebanándose los sesos para ellos, tachando y borrando y sudando sangre hasta encontrar la forma de llegar al meollo del asunto.
Esos escritores, muchas veces, después de horas y horas de introspección y de darse cabezazos contra las paredes, tan sólo llegan a escribir una página o menos en un día; pero poco importa, ya que esa página tendrá una verdadera calidad literaria que las tropecientas páginas de muchos best-sellers no son capaces de igualar. Puede darse el caso de que un escritor haya profundizado tanto en el tema de su libro y le haya dedicado tanto tiempo que las palabras le salen solas y en un día escribe medio libro, cierto; pero poco importa eso, la cuestión no es el tiempo en que se haga, sino el cómo. Escribir por el simple hecho de escribir, de forma rutinaria, por rellenar un libro destinado a valer una cifra de dos dígitos y que será un best-seller seguro gracias al nombre que viene impreso en su portada, no es una buena forma.
Estos mismos escritores mediocres que no profundizan hasta el hartazgo en el tema del que tratan sus obras, suelen recurrir a todos los tópicos propios del género al que pertenece el libro y que saben que van a gustar a un mayor número de lectores. "¿Para qué ser creativo si ya me conozco de memoria los elementos que van a agradar a todos y van a vender más?", es lo que seguramente digan. El resultado de su "creatividad" son libros auténticamente pedantes, pedorros por repetir los esquemas que ya estamos más que hartos de leer. ¿Nunca os ha pasado que, leyendo un libro, tenéis la impresión como de que eso ya lo habéis leído, que no os es nuevo, que es lo típico en un libro de su género? Esa sensación es la peor que se puede experimentar no sólo en la literatura, sino en cualquier forma de arte: la certeza de que lo que hay ante tí no es original. Es una sensación tan vomitiva que, muchas veces, no solo dejas de leer el libro en cuestión, sino que te niegas a volver a leer nada de ese autor. Te das cuenta de que es un escritor mediocre.
Lo mejor que se puede decir de los escritores mediocres es que, en su mediocridad, consiguen hacer que los escritores de verdad brillen con más intensidad y, además, en cierto sentido son malos aprendices de estos últimos, lo cual puede brindar a los lectores menos expertos un acercamiento a las creaciones de los pioneros en la literatura. Leyendo a Stephen King puedes decidir leer a Lovecraft o a Poe, por ejemplo.
En definitiva, el arte de escribir no es como el arte de fabricar palitos de pescado en una industria; no es cuestión de saber lo que a la gente le gusta y repetir y repetir, y fabricar X cantidad de páginas al día por el simple hecho de no saber qué escribir. Es un proceso creativo que requiere de una profundidad que pocas personas logran alcanzar. Por algún motivo, muchos de los mejores escritores son aquellos con una personalidad introvertida, fuertemente anclados en su propia mente y que, en ocasiones, incluso llegan a padecer algún tipo de trastorno o problema mental; porque ese es precisamente el talento que los diferencia de un empresario de la industria de los palitos de pescado.
Y ciertamente, es algo muy paradójico ya que, antes siquiera de sentarte a intentar escribir algo, seguramente hayas tenido, por unos casuales momentos de inspiración, buenas ideas e incluso hayas ideado todo un desarrollo de la trama, caracterización de los personajes, estilo narrativo, etc. Sin embargo, cuando sientes que tu mente ya está saturada de ideas y de datos que han salido de tu iluminada inspiración y te dices a tí mismo "caray chacho, va siendo hora de sentarte a escribir y hacer algo útil con el tiempo que has invertido soñando e imaginando", resulta que no sabes por dónde empezar. Miras la hoja en blanco, piensas, la vuelves a mirar, vuelves a pensar, escribes una frase pero al momento de escribirla ya no sabes cómo escribir la siguiente... sientes que la idea de tu gran historia está ahí, en tu mente, pero no sabes cómo transcribirla al papel. No sabes cómo llegar hasta ella.
Y esto, mis queridos y buenos amiguitos, es lo que diferencia a un buen escritor, uno con talento, de uno mediocre: en la forma en que se las apaña para llegar a esa idea que han ideado, para abrirse camino palabra a palabra, frase a frase, párrafo a párrafo, hasta alcanzar al fin el núcleo de su historia, el motivo por el cual han querido contarle algo al mundo en lugar de... no se, de hacer churros.
Porque buenas ideas podemos tenerlas todos, pero, ¿talento para saber contarlas? Eso ya es algo un poco más exclusivo. Los pintores tienen una gran inteligencia espacial para poder reflejar en el lienzo cualquier cosa que imaginen, los músicos tienen gran inteligencia para saber cómo combinar notas musicales y tocar una melodía, y, por ende, los escritores tienen una gran inteligencia para profundizar en sus ideas y saber transmitirlas. Saben llegar al meollo del asunto y, una vez llegan a él, saben contártelo de tal forma que no pienses que estás hablando con un adolescente pasado de marihuana.
Aunque, claro, no todos los que se llaman a sí mismos escritores poseen dicho tipo de inteligencia, ni siquiera aquellos de mayor éxito. ¿Cuántas veces, queridos y bienamados lectores, mientras leéis un best-seller, detenéis un momento la lectura y, con una expresión de completo aburrimientos, os preguntáis a vosotros mismos?: "¿por qué en este capítulo de veinte páginas todo cuanto hace el inspector Harrington es prepararse un café, y todo lo interesante del capítulo es que al final recibe una carta misteriosa... de la cual no volvemos a saber nada hasta cuarenta páginas después?". La más que probable respuesta sea que el escritor, enfrentándose a ese mismo dilema que especifiqué al principio ("¿qué carajo escribo?"), no tuviera ni la más remota idea de cómo llegar al meollo del asunto (el recibimiento de la carta), y haya decidido escribir y escribir y escribir y escribir y escribir y escribir y escribir un montonazo de cosas que no vienen a cuento hasta que, milagrosamente, "válgame el amor del amor hermoso, ¡ya lo tengo!", y entonces se le ocurre lo de la carta misteriosa, que es un cliché perfecto para dar lugar a una trama. Es decir, el escritor por cuya obra pagaste veinte eurazos es un tremendo pedorro sin talento. Si ese tan pedorro individuo tuviese un mínimo de habilidad como pensador y transmisor de pensamientos, se habría saltado la muy inútil escena de quince páginas en donde el inspector Harrintong se prepara un café con tostadas y huevos revueltos, todo ello una excusa para poder rellenar páginas y páginas, y habría encontrado una forma mucho más inteligente de llegar al meollo del asunto, es decir, de llegar a la idea que quiere contar con su historia. Eso es lo que significa ser un buen escritor.
Y ejemplos como éste existen a manos llenas en la realidad; escritores que publican libros enormes, voluminosos y pesados como bloques de cemente, y cuyo contenido realmente no sólo es que resulte escaso, sino que, ademas, es banal, superficial, sin ningún tipo de profundidad que haga que cuando termines de leerlo pienses "vaya, ahora veo el mundo con otros ojos". Lo más que llegas a experimentar con esos libros es algunas horas de entretenimiento y un montón de esfuerzo ocular desperdiciado.
Kent Follet (ese escritor cuyos libros pueden romper baldosas si se te caen al suelo), Dan Brown (ese escritor cuyos libros están, o parecen estar, muy bien documentados pero que, cuando te paras a pensar, te das cuenta de que sus tramas no son sólo pedantemente hollywodienses, sino que además carecen de coherencia), Stephen King (el escritor al que todo el mundo adora), Stephenie Meyer (la escritora a la que NADIE adora), Patrick Rothfuss (el escritor de "El Nombre del Viento" y su más que decepcionante y pedorra secuela), Thomas Harris (ese escritor cuyas películas son mejores que las obras en las que se basan), Suzanne Collins (la escritora de "Los Juegos del Hambre", esos estúpidos libros adolescente cuyos fans intentarán convencerte de que son libros cargados con contenido social, político y dramático, pero que hasta el más idiota es capaz de darse cuenta de que es otra estúpida historia romanticoempalagosona) y un largo etcétera de escritores que escriben y escriben y no cuentan gran cosa, o al menos nada que justifique la enorme extensión de sus obras.
El propio Stephen King tiene reconocido en múltiples ocasiones que, cada mañana, se sienta delante del ordenador y se limita a escribir durante horas, miles de palabras por día, como una rutina. En vez de decir "hoy voy a lavar el coche y a sacar al perro" dice "hoy voy a escribir diez mil palabras sobre... no se, un chico que escribe en un blog y recibe la respuesta de un usuario que en realidad... es un fantasma". Un escritor de verdadero talento no haría eso, no consideraría el arte de contar historias como una simple rutina. Un escritor de verdad, después de haber dedicado horas reflexionando sobre un determinado tema o idea o sentimiento, buscaría la forma de expresarlo de tal forma que emplee las palabras justas y necesarias; ni una coma, ni un adjetivo, ni una sílaba de más o de menos; limitarse a expresar eso que quiere expresar al mundo de la mejor forma que se le ocurra, rebanándose los sesos para ellos, tachando y borrando y sudando sangre hasta encontrar la forma de llegar al meollo del asunto.
Esos escritores, muchas veces, después de horas y horas de introspección y de darse cabezazos contra las paredes, tan sólo llegan a escribir una página o menos en un día; pero poco importa, ya que esa página tendrá una verdadera calidad literaria que las tropecientas páginas de muchos best-sellers no son capaces de igualar. Puede darse el caso de que un escritor haya profundizado tanto en el tema de su libro y le haya dedicado tanto tiempo que las palabras le salen solas y en un día escribe medio libro, cierto; pero poco importa eso, la cuestión no es el tiempo en que se haga, sino el cómo. Escribir por el simple hecho de escribir, de forma rutinaria, por rellenar un libro destinado a valer una cifra de dos dígitos y que será un best-seller seguro gracias al nombre que viene impreso en su portada, no es una buena forma.
Estos mismos escritores mediocres que no profundizan hasta el hartazgo en el tema del que tratan sus obras, suelen recurrir a todos los tópicos propios del género al que pertenece el libro y que saben que van a gustar a un mayor número de lectores. "¿Para qué ser creativo si ya me conozco de memoria los elementos que van a agradar a todos y van a vender más?", es lo que seguramente digan. El resultado de su "creatividad" son libros auténticamente pedantes, pedorros por repetir los esquemas que ya estamos más que hartos de leer. ¿Nunca os ha pasado que, leyendo un libro, tenéis la impresión como de que eso ya lo habéis leído, que no os es nuevo, que es lo típico en un libro de su género? Esa sensación es la peor que se puede experimentar no sólo en la literatura, sino en cualquier forma de arte: la certeza de que lo que hay ante tí no es original. Es una sensación tan vomitiva que, muchas veces, no solo dejas de leer el libro en cuestión, sino que te niegas a volver a leer nada de ese autor. Te das cuenta de que es un escritor mediocre.
Lo mejor que se puede decir de los escritores mediocres es que, en su mediocridad, consiguen hacer que los escritores de verdad brillen con más intensidad y, además, en cierto sentido son malos aprendices de estos últimos, lo cual puede brindar a los lectores menos expertos un acercamiento a las creaciones de los pioneros en la literatura. Leyendo a Stephen King puedes decidir leer a Lovecraft o a Poe, por ejemplo.
En definitiva, el arte de escribir no es como el arte de fabricar palitos de pescado en una industria; no es cuestión de saber lo que a la gente le gusta y repetir y repetir, y fabricar X cantidad de páginas al día por el simple hecho de no saber qué escribir. Es un proceso creativo que requiere de una profundidad que pocas personas logran alcanzar. Por algún motivo, muchos de los mejores escritores son aquellos con una personalidad introvertida, fuertemente anclados en su propia mente y que, en ocasiones, incluso llegan a padecer algún tipo de trastorno o problema mental; porque ese es precisamente el talento que los diferencia de un empresario de la industria de los palitos de pescado.
domingo, 17 de febrero de 2013
El acompañante de la Dama Solitaria
El acompañante de la Dama Solitaria.
Aquel hombre era un asesino, y uno podía intuirlo con solo mirar su forma de moverse, descoordinada la cabeza con el resto del cuerpo y, a su vez, los ojos con la cabeza. Parecía estar pensado en un millar de cosas a la vez, y su rutina solía ser cambiante, o al menos eso les parecía a sus vecinos. Otra evidencia de su profesión ocurrió un día en que le aplastó la cabeza a pedradas a un hombre en medio de la calle, con muchos testigos a su alrededor que más tarde no habrían de tener el valor necesario para acusarlo de su crimen.
Su nombre era Roy, y lo llamaban Matarratas; Roy Matarratas. Y en realidad no era asesino, como la gente pensaba, ya que los asesinos tienen por misión matar a alguien y cobrar por ello; a Roy Matarratas tanto le daba matar a alguien como dar una paliza, torturar, saquear o intimidar, o incluso entrar en una batalla como soldado; cualquier cosa que se pudiera conseguir con violencia y por la que se pagara. Era pues un mercenario, y habría de pasar a la historia como uno de los mejores y más famosos de su época.
Ya desde muy joven demostró tener vocación para su oficio, pues creció siendo un niño huérfano y sin hogar que se ganaba la comida a base de puñetazos y puñaladas. Nunca fue especialmente corpulento ni fuerte, mas bien incluso tiraba a pequeño debido a su mala alimentación y a su infeliz infancia, pero eso poco importaba a la hora de adornar las calles con las tripas de algún otro huérfano, de tal forma que antes de llegar a los trece años hasta el muchachote más grande y bruto le tenía miedo a Roy Matarratas. Aunque en realidad en aquellos tiempos era conocido como Roy Arrancatripas; lo de Matarratas vino después, cuando comenzaron a contratarlo para matar ratas humanas en los callejones y en las tabernas, a la edad de quince o dieciséis años. Era especialmente querido por su rapidez a la hora de dar cuchilladas y por su habilidad para desaparecer del lugar del crimen, motivo por el cual le ofrecieron otros muchos trabajos en otras ciudades.
Cuando llegó a adulto se convirtió en un forajido bastante temido y conocido. Terminó por ser más alto de lo que aparentaba que iba a ser cuando era joven, y también mucho más rico, aunque en realidad era de un nivel medio en ambas cosas. Y rara vez abandonaba las cloacas en las que estaba acostumbrado a vivir y a ganarse el pan, estuviese en la ciudad en la que estuviese. Le gustaba lucir con orgullo lo matarratas que era, y lo prefería antes que cualquier otro título u honor nobiliario.
Por este motivo nunca ganó nada en toda su vida que no fuese el miedo de los otros; ni tierras, ni títulos ni riquezas. Tenía suficiente con ser temido, era su forma simple de pensar. Y es que por simple hasta el nombre tenía: Roy, un nombre sin gracia, huella de que se lo había puesto alguna matrona de algún orfanato cualquiera antes de abandonarlo por las calles en cuanto tuvo fuerzas para caminar por sí mismo. De hecho, ni recordaba estar en ningún orfanato, aunque en realidad sí lo había estado; su recuerdo más viejo era de cuando tendría unos tres años y mendigaba junto con otros tres niños mayores que él, dos niños y una niña, que lo llamaban Roy, seguramente porque los habían echado del mismo orfanato. Más tarde esos niños también lo abandonarían por algún motivo que no recordaba, y lo hicieron sentirse muy culpable por ello, pues siendo un niño tan joven aún como era, supuso que había hecho algo malo para que se enfadaran y se fueran. En especial lamentaba que se hubiese ido la niña, que siempre había cuidado de él y siempre había sido cariñosa. Con el pasar de los años, perdería esta capacidad para sentir culpa por algo y conseguiría transformarlo en indiferencia.
Todo esto fue lo que dio origen a un hombre tan despiadado y cruel como lo era él. En una ocasión tuvo que aprender a leer, pues comenzó a recibir correspondencia de parte de un desconocido que actuaba a través de esclavos, sin dar la cara ni el nombre. Consiguió hacerlo en una semana y poco, secuestrando a un escribano y pegándole, y trasnochando mucho. El escribano alabó su inteligencia y sugirió que sería buena idea presentarlo a la corte. Roy se lo tomó como una amenaza y lo tiró por un puente, matándolo.
Esto, con el paso de los años, le permitiría mantener correspondencia con una prostituta con la que se sentía identificado y a la que quería mucho. Ambos viajaban con frecuencia de ciudad en ciudad debido a sus oficios, así que cada vez que se mudaban, avisaban al otro por carta con la esperanza de que pudieran volver a encontrarse. Y así lo hacían siempre que podían, llegando a desarrollar una despreocupada relación amorosa, emocionante por el hecho de que quizás, a los pocos días, ya no volverían a verse nunca más o hasta muchos meses después. El nombre de la puta era Becca, y era la única persona que lo seguía llamando por su nombre de pila.
Un día recibió una carta de ella, pero esta era diferente a las demás; no lo ponía al tanto sobre las novedades de su vida, no le contaba sus alegrías, sus pesares, sus sueños o sus ganas de que volvieran a follar, sino que le pedía un favor; al parecer, necesitaba que matara a un cliente suyo que la maltrataba en la cama. Al dueño del burdel no le importaba que le pegaran siempre y cuando no dejaran muchas marcas, así que su única esperanza era él.
Roy Matarratas no lo dudó y, tras enfundarse en su maltrecha armadura, mató al dueño de un caballo que pasaba por una calle muy oscura a una hora demasiado imprudente y salió al galope hacia la ciudad que Becca le había indicado que estaba. Llegó al cabo de dos días de infatigable viaje, dejó al caballo en el establo, preguntó por la dirección que Becca le había indicado y que pertenecía al hombre que al cabo de media hora yacía agonizando en medio de la calle con la polla y los huevos en la boca. Después de aquello, Roy se habría de reunir con su amada y hacer con ella las cosas que los amantes siempre hacen, aunque quizás con más exceso de sexo que la mayoría, dada la fiereza emocional de ambos.
Así era Roy Matarratas y así actuaba, y por todo ello un día recibió una visita de un soldado todo de negro que traía una carta toda negra con un sello pegado que todo el mundo en todas partes conocía muy bien.
-No me esperaba que la Dama Solitaria fuera a necesitar alguna vez de mis servicios.-dijo Roy al verla.
Escribió a Becca y partió a lomos de su nuevo caballo, y, al cabo de medio mes, llegó a la Fortaleza Negra, toda ella muy grande y parecida a como si la sacaran de algún cuento de terror, con una mujer igualmente tenebrosa viviendo en su cima.
La llamaban la Dama Solitaria, y no sin ningún motivo, pues lo cierto es que siempre estuvo muy sola, y lo habría de estar hasta el fin de sus días.
La fortaleza en la que vivía era una mole alta y enorme, siempre acosada por lluvias y vientos, toda oscura como su nombre indicaba y llena de soldados muy bien entrenados, herencia de los difuntos padres de la dama. Ya desde muy joven, la señora de la Fortaleza Negra se volvió una mujer dura y solitaria, poco habituada a relacionarse con la gente o a ser agradable con los demás. Como resultado de esta personalidad fría y aislada, la Dama Solitaria nunca llegó a aceptar ningún compromiso con nadie, y la poca simpatía que alguna vez pudo mostrar había muerto junto con sus padres, que la abandonaron siendo ella muy joven e inmadura como para asimilar las muchas responsabilidades que le legaron. Nadie podía ofrecerle consejo ni conversación, pues su única compañía eran los duros soldados que nada sabían sobre administrar una fortaleza, solo sobre guerrear, de modo que si alguno se dignaba a hacerle caso, pronto desistía de su empeño, pues ella nunca correspondía al diálogo. Solía contestar de forma breve, muchas veces ni siquiera abría la boca y se limitaba a hacer gestos con la cabeza, y evitaba mirar a nadie a la cara, como si tuviera miedo de los hombres que la rodeaban. A la vista de esta timidez que la carcomía cuando se trataba de dirigirse a sus súbditos, los soldados la excusaban con frecuencia a sus aposentos.
Esto a ella le gustaba, pues no quería estar en compañía de los demás, pero no resultó ninguna ayuda; al contrario, la volvió más ajena a las personas y al mundo entero. Sus aposentos se convirtieron en su mundo, y su única afición era leer, tocar el arpa o jugar con muñecas. Y así, durante años y hasta el fin de sus días, habría de permanecer atrapada en la soledad de ella misma, sin más actividad que su propio cuidado, de no ser por una cosa que cambió su vida.
Le gustaba mucho jugar con muñecas; era lo que siempre hacía con su madre y le traía buenos recuerdos. Este hábito lo habría de conservar durante toda su vida, a pesar de ser una mujer adulta; los libros que leía solían influenciar en gran medida en el argumento de sus juegos.
-Parece que te tenemos acorralada, señora de la torre.-le dijo en una ocasión un muñeco de madera a una de trapo que estaba atada a una de las patas de la cama. -Deberías dar las gracias por seguir con vida.
-Eres muy chistoso. Cuando estés dormido en tu tienda entraré y te pediré que me cuentes un chiste, y comprobaré si eres tan ingenioso cuando estás solo.-dijo la muñeca de trapo a la que llamaban la señora de la torre.
Los muñecos de madera se rieron de ella y la menospreciaron, y al caer la noche, es decir, cuando la Dama Solitaria corrió las cortinas, la muñeca de trapo se quedó sola con dos guardias. Y entonces se sacó de la manga una pequeña ganzúa, que en realidad era un pequeño alfiler, y comenzó a desatarse las cadenas que la mantenían atada a la cama, que en realidad eran sábanas. Y cuando estuvo libre, se levantó del suelo dando grandes saltos y acrobacias, y le partió el cráneo a un guardia de una patada, y luego le arrancó un brazo al otro y mientras gemía en el suelo lo remató con su propia arma que le arrebató de sus temblorosas manos. Y sigilosa como solo sus sedosas piernas podían serlo, entró en una tienda que su fiable memoria sabía que era la del muñeco chistoso, y que en realidad era una sábana encima de una silla. Había allí tres hombres, todos dormidos para su regocijo, así que, aprovechándose de esto, mató a dos de ellos y le arrancó los ojos al muñeco chistoso. Este, despierto y agonizando, se levantó y comenzó a tambalearse por la tienda, dando golpes de ciego a su atacante nocturno. Y la muñeca de trapo se rió entonces.
-Pues si que es cierto que eres chistoso.-le dijo al hombre que no paraba de tropezar, golpear el aire, llorar sangre y mearse encima.
A esto jugaba la Dama Solitaria cuando tenía doce años.
En la gran biblioteca de la fortaleza, los libros más frecuentes eran los de batallas épicas y amor; pero a la dama estos no le gustaban, pues no los entendía. El otro gran género de moda en la época eran las novelas de carácter divino, místico y metafísico; pero estos los entendía aún menos, pues nunca había asistido a ningún templo ni apenas sabía rezar.
De forma que su género favorito no podía ser otro que el de antihéroes. Sus historias favoritas pasaron a ser las de asesinos a sueldo, ladrones, pícaros, embaucadores, traidores y embusteros. Llegaron a apasionarles estos personajes, y en todo momento estaba imaginándose cómo sería la vida de uno. En parte quizás porque se sentía identificada con ellos, puesto que también eran repudiados por la sociedad y escapaban de lo que era normal y aceptado por todos. Para ella los antihéroes eran gente especial, distintos, y dado su gran desprecio por la gente normal, no era de extrañar que terminase apreciando a los que eran más como ella.
Su nombre era Roy, y lo llamaban Matarratas; Roy Matarratas. Y en realidad no era asesino, como la gente pensaba, ya que los asesinos tienen por misión matar a alguien y cobrar por ello; a Roy Matarratas tanto le daba matar a alguien como dar una paliza, torturar, saquear o intimidar, o incluso entrar en una batalla como soldado; cualquier cosa que se pudiera conseguir con violencia y por la que se pagara. Era pues un mercenario, y habría de pasar a la historia como uno de los mejores y más famosos de su época.
Ya desde muy joven demostró tener vocación para su oficio, pues creció siendo un niño huérfano y sin hogar que se ganaba la comida a base de puñetazos y puñaladas. Nunca fue especialmente corpulento ni fuerte, mas bien incluso tiraba a pequeño debido a su mala alimentación y a su infeliz infancia, pero eso poco importaba a la hora de adornar las calles con las tripas de algún otro huérfano, de tal forma que antes de llegar a los trece años hasta el muchachote más grande y bruto le tenía miedo a Roy Matarratas. Aunque en realidad en aquellos tiempos era conocido como Roy Arrancatripas; lo de Matarratas vino después, cuando comenzaron a contratarlo para matar ratas humanas en los callejones y en las tabernas, a la edad de quince o dieciséis años. Era especialmente querido por su rapidez a la hora de dar cuchilladas y por su habilidad para desaparecer del lugar del crimen, motivo por el cual le ofrecieron otros muchos trabajos en otras ciudades.
Cuando llegó a adulto se convirtió en un forajido bastante temido y conocido. Terminó por ser más alto de lo que aparentaba que iba a ser cuando era joven, y también mucho más rico, aunque en realidad era de un nivel medio en ambas cosas. Y rara vez abandonaba las cloacas en las que estaba acostumbrado a vivir y a ganarse el pan, estuviese en la ciudad en la que estuviese. Le gustaba lucir con orgullo lo matarratas que era, y lo prefería antes que cualquier otro título u honor nobiliario.
Por este motivo nunca ganó nada en toda su vida que no fuese el miedo de los otros; ni tierras, ni títulos ni riquezas. Tenía suficiente con ser temido, era su forma simple de pensar. Y es que por simple hasta el nombre tenía: Roy, un nombre sin gracia, huella de que se lo había puesto alguna matrona de algún orfanato cualquiera antes de abandonarlo por las calles en cuanto tuvo fuerzas para caminar por sí mismo. De hecho, ni recordaba estar en ningún orfanato, aunque en realidad sí lo había estado; su recuerdo más viejo era de cuando tendría unos tres años y mendigaba junto con otros tres niños mayores que él, dos niños y una niña, que lo llamaban Roy, seguramente porque los habían echado del mismo orfanato. Más tarde esos niños también lo abandonarían por algún motivo que no recordaba, y lo hicieron sentirse muy culpable por ello, pues siendo un niño tan joven aún como era, supuso que había hecho algo malo para que se enfadaran y se fueran. En especial lamentaba que se hubiese ido la niña, que siempre había cuidado de él y siempre había sido cariñosa. Con el pasar de los años, perdería esta capacidad para sentir culpa por algo y conseguiría transformarlo en indiferencia.
Todo esto fue lo que dio origen a un hombre tan despiadado y cruel como lo era él. En una ocasión tuvo que aprender a leer, pues comenzó a recibir correspondencia de parte de un desconocido que actuaba a través de esclavos, sin dar la cara ni el nombre. Consiguió hacerlo en una semana y poco, secuestrando a un escribano y pegándole, y trasnochando mucho. El escribano alabó su inteligencia y sugirió que sería buena idea presentarlo a la corte. Roy se lo tomó como una amenaza y lo tiró por un puente, matándolo.
Esto, con el paso de los años, le permitiría mantener correspondencia con una prostituta con la que se sentía identificado y a la que quería mucho. Ambos viajaban con frecuencia de ciudad en ciudad debido a sus oficios, así que cada vez que se mudaban, avisaban al otro por carta con la esperanza de que pudieran volver a encontrarse. Y así lo hacían siempre que podían, llegando a desarrollar una despreocupada relación amorosa, emocionante por el hecho de que quizás, a los pocos días, ya no volverían a verse nunca más o hasta muchos meses después. El nombre de la puta era Becca, y era la única persona que lo seguía llamando por su nombre de pila.
Un día recibió una carta de ella, pero esta era diferente a las demás; no lo ponía al tanto sobre las novedades de su vida, no le contaba sus alegrías, sus pesares, sus sueños o sus ganas de que volvieran a follar, sino que le pedía un favor; al parecer, necesitaba que matara a un cliente suyo que la maltrataba en la cama. Al dueño del burdel no le importaba que le pegaran siempre y cuando no dejaran muchas marcas, así que su única esperanza era él.
Roy Matarratas no lo dudó y, tras enfundarse en su maltrecha armadura, mató al dueño de un caballo que pasaba por una calle muy oscura a una hora demasiado imprudente y salió al galope hacia la ciudad que Becca le había indicado que estaba. Llegó al cabo de dos días de infatigable viaje, dejó al caballo en el establo, preguntó por la dirección que Becca le había indicado y que pertenecía al hombre que al cabo de media hora yacía agonizando en medio de la calle con la polla y los huevos en la boca. Después de aquello, Roy se habría de reunir con su amada y hacer con ella las cosas que los amantes siempre hacen, aunque quizás con más exceso de sexo que la mayoría, dada la fiereza emocional de ambos.
Así era Roy Matarratas y así actuaba, y por todo ello un día recibió una visita de un soldado todo de negro que traía una carta toda negra con un sello pegado que todo el mundo en todas partes conocía muy bien.
-No me esperaba que la Dama Solitaria fuera a necesitar alguna vez de mis servicios.-dijo Roy al verla.
Escribió a Becca y partió a lomos de su nuevo caballo, y, al cabo de medio mes, llegó a la Fortaleza Negra, toda ella muy grande y parecida a como si la sacaran de algún cuento de terror, con una mujer igualmente tenebrosa viviendo en su cima.
La llamaban la Dama Solitaria, y no sin ningún motivo, pues lo cierto es que siempre estuvo muy sola, y lo habría de estar hasta el fin de sus días.
La fortaleza en la que vivía era una mole alta y enorme, siempre acosada por lluvias y vientos, toda oscura como su nombre indicaba y llena de soldados muy bien entrenados, herencia de los difuntos padres de la dama. Ya desde muy joven, la señora de la Fortaleza Negra se volvió una mujer dura y solitaria, poco habituada a relacionarse con la gente o a ser agradable con los demás. Como resultado de esta personalidad fría y aislada, la Dama Solitaria nunca llegó a aceptar ningún compromiso con nadie, y la poca simpatía que alguna vez pudo mostrar había muerto junto con sus padres, que la abandonaron siendo ella muy joven e inmadura como para asimilar las muchas responsabilidades que le legaron. Nadie podía ofrecerle consejo ni conversación, pues su única compañía eran los duros soldados que nada sabían sobre administrar una fortaleza, solo sobre guerrear, de modo que si alguno se dignaba a hacerle caso, pronto desistía de su empeño, pues ella nunca correspondía al diálogo. Solía contestar de forma breve, muchas veces ni siquiera abría la boca y se limitaba a hacer gestos con la cabeza, y evitaba mirar a nadie a la cara, como si tuviera miedo de los hombres que la rodeaban. A la vista de esta timidez que la carcomía cuando se trataba de dirigirse a sus súbditos, los soldados la excusaban con frecuencia a sus aposentos.
Esto a ella le gustaba, pues no quería estar en compañía de los demás, pero no resultó ninguna ayuda; al contrario, la volvió más ajena a las personas y al mundo entero. Sus aposentos se convirtieron en su mundo, y su única afición era leer, tocar el arpa o jugar con muñecas. Y así, durante años y hasta el fin de sus días, habría de permanecer atrapada en la soledad de ella misma, sin más actividad que su propio cuidado, de no ser por una cosa que cambió su vida.
Le gustaba mucho jugar con muñecas; era lo que siempre hacía con su madre y le traía buenos recuerdos. Este hábito lo habría de conservar durante toda su vida, a pesar de ser una mujer adulta; los libros que leía solían influenciar en gran medida en el argumento de sus juegos.
-Parece que te tenemos acorralada, señora de la torre.-le dijo en una ocasión un muñeco de madera a una de trapo que estaba atada a una de las patas de la cama. -Deberías dar las gracias por seguir con vida.
-Eres muy chistoso. Cuando estés dormido en tu tienda entraré y te pediré que me cuentes un chiste, y comprobaré si eres tan ingenioso cuando estás solo.-dijo la muñeca de trapo a la que llamaban la señora de la torre.
Los muñecos de madera se rieron de ella y la menospreciaron, y al caer la noche, es decir, cuando la Dama Solitaria corrió las cortinas, la muñeca de trapo se quedó sola con dos guardias. Y entonces se sacó de la manga una pequeña ganzúa, que en realidad era un pequeño alfiler, y comenzó a desatarse las cadenas que la mantenían atada a la cama, que en realidad eran sábanas. Y cuando estuvo libre, se levantó del suelo dando grandes saltos y acrobacias, y le partió el cráneo a un guardia de una patada, y luego le arrancó un brazo al otro y mientras gemía en el suelo lo remató con su propia arma que le arrebató de sus temblorosas manos. Y sigilosa como solo sus sedosas piernas podían serlo, entró en una tienda que su fiable memoria sabía que era la del muñeco chistoso, y que en realidad era una sábana encima de una silla. Había allí tres hombres, todos dormidos para su regocijo, así que, aprovechándose de esto, mató a dos de ellos y le arrancó los ojos al muñeco chistoso. Este, despierto y agonizando, se levantó y comenzó a tambalearse por la tienda, dando golpes de ciego a su atacante nocturno. Y la muñeca de trapo se rió entonces.
-Pues si que es cierto que eres chistoso.-le dijo al hombre que no paraba de tropezar, golpear el aire, llorar sangre y mearse encima.
A esto jugaba la Dama Solitaria cuando tenía doce años.
En la gran biblioteca de la fortaleza, los libros más frecuentes eran los de batallas épicas y amor; pero a la dama estos no le gustaban, pues no los entendía. El otro gran género de moda en la época eran las novelas de carácter divino, místico y metafísico; pero estos los entendía aún menos, pues nunca había asistido a ningún templo ni apenas sabía rezar.
De forma que su género favorito no podía ser otro que el de antihéroes. Sus historias favoritas pasaron a ser las de asesinos a sueldo, ladrones, pícaros, embaucadores, traidores y embusteros. Llegaron a apasionarles estos personajes, y en todo momento estaba imaginándose cómo sería la vida de uno. En parte quizás porque se sentía identificada con ellos, puesto que también eran repudiados por la sociedad y escapaban de lo que era normal y aceptado por todos. Para ella los antihéroes eran gente especial, distintos, y dado su gran desprecio por la gente normal, no era de extrañar que terminase apreciando a los que eran más como ella.
Fue por esto que decidió abandonar su confinamiento en la Fortaleza Negra y viajar a lo largo de todo el mundo en busca de los peores forajidos que se pudiesen encontrar. Cuando daba con alguno, se lo llevaba a vivir con ella a la Fortaleza Negra, se relacionaba con él con toda sinceridad y, si a su criterio era un auténtico antihéroe, lo dejaba formar parte de su ejército; si por el contrario no lo era, lo torturaba ella misma y luego lo dejaba morir. Pronto ya todo el mundo había oído hablar de la Dama Solitaria, y pronto también ella terminó por oír hablar de Roy Matarratas.
La relación entre los dos llegó a convertirse en un romance muy perverso y apasionado. En un primer contacto, Roy se mostró distante aunque atraído físicamente por la belleza de la dama. A ella no le gustó su olor, así que ordenó que lo bañaran y lo vistieran decentemente. De ahí en adelante, la Dama Solitaria lo convirtió en su huésped y se empeño en convivir con él y compartir la misma habitación.
A pesar de ello, y aunque obedecía en todo lo que la dama le pedía y siempre le ofrecía conversación, Roy nunca quiso ponerle una mano encima. Aunque disfrutaba de su compañía como nunca antes lo había hecho con otra persona, pues ambos compartían el mismo gusto por la violencia y la maldad, no la veía como una mujer con un agujero entre las piernas por donde se podían hundir cosas. Más bien la encontraba perversamente infantil e incapaz de hacer algo que no fuese dañar a los demás. Como ella misma había confesado muchas veces, no entendía las historias de amor.
Un día en que Roy se estaba tomando un vaso de vino en los aposentos que compartía con la dama, ella decidió ponerse a jugar con sus muñecos por primera vez desde que se habían conocido. Roy nunca había visto esta faceta de la dama, y la observó jugando con sus muñecas, sin saber si sentir curiosidad o extrañeza.
Por lo que Roy pudo deducir, los muñecos eran el padre y la madre de la dama. La madre le estaba sirviendo vino al padre en una pequeña taza de té proporcional al tamaño del muñeco; él se la tomaba, tras lo cual caía al suelo retorciéndose y derramando su contenido. Entonces dejó de moverse y se quedó quieto, muerto, y la madre comenzó a reírse, triunfante por el éxito de su conspiración; un éxito muy breve, pues el padre no tardó en reincorporarse y ponerse en pie. “Traición”, dijo, y llamó a sus pequeños guardias de madera, que se la llevaron entre peticiones y lloros de piedad, y le cortaron la cabeza.
Pero en realidad fue la dama quien se la cortó a su madre de trapo, pues la diminuta espada de madera no podía hacer lo que sus temblorosas y furiosas manos sí pudieron. Y finalmente también tiró de un manotazo al muñeco que era su padre, pues el veneno había sido lento, pero no por ello inocuo. Y así, la pequeña Ann, señora de la Fortaleza Negra, se convirtió en la Dama Solitaria, igual que Roy era un matarratas.
Después de aquello, ambos se acostaron e hicieron lo más parecido al amor que dos personas como ellos podían hacer. Roy llegó a amarla, tanto como se amaba a sí mismo, lo cual no era poco. Y durante varios meses, ambos permanecieron en compañía uno del otro, sintiendo que sus vidas estaban plenas por ello y que ya no necesitaban nada más.
Todo esto cambió con el paso de los meses, cuando Becca, al tanto de donde se encontraba Roy y extrañada por la falta de correspondencia, decidió visitar la Fortaleza Negra. Se lo encontró en brazos de la Dama Solitaria, limpio y aseado y, por primera vez en toda su vida, feliz.
Si esto la agradó o la enfureció nunca se habría de saber; sin embargo, a la Dama Solitaria no le alegró en lo más mínimo, ni tampoco a Roy, pues resucitaba el pasado infeliz de ambos con su sola presencia.
-Mátala.-dijo la dama cuando estuvo al tanto de quien era la prostituta.
Y fue entonces cuando Roy se sorprendió de las palabras que salieron por su propia boca.
-No puedo; sería un ingrato.
Pero no había justificación posible para aquello, no al menos para la Dama Solitaria. Nada tenía que ver con celos o con envidia, pues la dama sabía que ya ninguna mujer volvería a hacer a Roy sentirse tan feliz como lo hacía ella. Era porque sencillamente un antihéroe no sentiría piedad por nadie.
Roy sabía esto, y sabía también que, si no accedía a matar a aquella mujer que había llegado a querer tanto, ambos morirían. Lo sintió muchísimo por ella cuando le cercenó la garganta de un navajazo, y mucho trabajo le había de costar contener las lágrimas. Pero fue así como finalmente la Dama Solitaria encontró la muerte.
Roy y Becca consiguieron huir de la Fortaleza Negra antes de que los soldados advirtieran el crimen que habían cometido.
Sólo cuatro personas lo habían llamado Roy: dos niños y una niña huérfanos que lo cuidaron cuando era un bebé, y luego Becca, que lo cuidó cuando fue un matarratas. Los otros lo habían abandonado, pero Becca nunca lo había hecho, a pesar de todo, y probablemente, nunca lo haría. Nunca lo dejaría solo, al menos no hasta que la muerte sobreviniese a ambos.
Tras muchas peripecias, consiguieron escapar a una ciudad lejana, y más pronto que tarde, la noticia de la muerte de la señora de la Fortaleza Negra llegó a ellos y a infinidad de ciudades más.
Sin embargo, y más pronto que tarde, la prometida muerte llegó a Becca de una enfermedad, haciendo que abandonase a Roy, para su desdicha. Con el pasar del tiempo, éste también murió de un flechazo durante una batalla mientras peleaba borracho.
Y aún a pesar de ello, la historia de amor de Roy Matarratas y la Dama Solitaria no terminaría ahí; después de la muerte, en lo más profundo del infierno, Roy volvería a hacerle compañía, y la observaría jugar con sus muñecas mientras el fuego de la maldad los consumía a ambos.
Tras muchas peripecias, consiguieron escapar a una ciudad lejana, y más pronto que tarde, la noticia de la muerte de la señora de la Fortaleza Negra llegó a ellos y a infinidad de ciudades más.
Sin embargo, y más pronto que tarde, la prometida muerte llegó a Becca de una enfermedad, haciendo que abandonase a Roy, para su desdicha. Con el pasar del tiempo, éste también murió de un flechazo durante una batalla mientras peleaba borracho.
Y aún a pesar de ello, la historia de amor de Roy Matarratas y la Dama Solitaria no terminaría ahí; después de la muerte, en lo más profundo del infierno, Roy volvería a hacerle compañía, y la observaría jugar con sus muñecas mientras el fuego de la maldad los consumía a ambos.
Bienvenido a la villa de tu último día.
Bienvenido a la villa de tu último día.
La llamaban la Villa Final, o la Villa Última, o también la Villa de tu último día, y no sin ningún motivo, pues ciertamente era un sitio en donde solo entraba la gente que debía morir. Era una sala o cuartel subterráneo, de proporciones desconocidas al carecer de testigos o de vistas exteriores, y cuyo único acceso era a través de una puerta roja a la que se llegaba a través de un largo pasillo oscuro que a su vez servía de contacto con su villa vecina, la llamada Villa de Concentración.
Era este un sitio muy opuesto a la Villa Final, lleno de mucha gente de diversas razas y etnias, que vivían reprimidas entre sus paredes y sometidas completamente a la voluntad de unos hombres de bata blanca y armas en mano, todos ellos científicos y médicos, como no tardaría en descubrir la primera generación de personas que habitaron ese sitio.
Para poder dar cavidad a los varios miles de personas que allí vivían, la villa tenía las proporciones de una pequeña ciudad subterránea, y sus habitantes eran todos hombres y mujeres sin familia ni amigos ni hijos, ni identidad ni pasado; ni siquiera recuerdos. Cuando accedían a la Villa de Concentración, se les inducía a un tratamiento por el cual tenían una amnesia constante e irreparable, y se despertaban al día siguiente en sus solitarias celdas, sintiendo como si toda su vida pasada hubiese sido el resultado de un sueño muy distante e imposible de recordar.
Así pues, la villa se trataba de unas instalaciones en donde se encerraba a personas para diversos objetivos, principalmente objetivos científicos. Se realizaban allí numerosos experimentos psiconeurológicos y sociales de muy dudosa ética. Para los habitantes de la villa, fuera cuales fuesen los motivos para los que los estaban usando, nunca llegó a importarles mucho, pues al margen de que habían sido llevados allí en contra de su voluntad, nunca recibían malos tratos ni se los forzaba a sufrir daños físicos. Los científicos se limitaban a llevarlos a grandes laboratorios que allí tenían y realizaban determinados experimentos y pruebas, pero nada que transgrediera su integridad física. En ocasiones, si alguien se negaba a obedecer sus indicaciones, los forzaban mediante descargas eléctricas; era aquella la única muestra de violencia por parte de los represores. Fuera de aquello, la vida podía llegar a ser cómoda y digna en la Villa de Concentración.
La gente solo tenía que salir de sus celdas para aprovisionarse de todo aquello que necesitasen: había grandes comedores en donde se servían cuatro platos al día, lavanderías para los dos pares del mismo uniforme rojo que todos llevaban, baños y duchas en cada celda, e incluso había numerosos centros sociales para que la gente pudiera reunirse y realizar determinadas actividades de ocio y cultura. La villa era una pequeña recreación de cómo podía llegar a ser una sociedad civilizada; a cambio de prestarse como cobayas humanas, tenían a disposición todo lo necesario para llevar una vida satisfactoria y confortable. Tanto era así que mucha gente de la primera generación llegó a plantearse que quizás no estuviesen allí en contra de su voluntad; quizás habían accedido a aquella cómoda y plena vida con la excepción de que les borrasen la memoria y experimentasen con ellos, y ahora ya no tenían forma de recordar susodicho trato.
Uno de estos hombres de la primera generación, un tal Héctor Valverde, compartía en gran medida aquella idea optimista y disfrutaba de su confortable vida en la villa. Iba muy a menudo a los centros sociales y tocaba el piano todos los días, para regocijo de los que lo escuchaban. Sabía hacerlo de forma instintiva, por lo que dedujo que en el pasado había sido músico; pronto se rodeó de amistades que también mostraban aptitudes para tocar instrumentos musicales, y juntos se habían puesto de acuerdo para componer una orquesta y crear el himno oficial de la villa. Ya tenían planeado tocarla para el próximo campeonato de fútbol sala que tuviera lugar. Todo giraba al compás del conformismo y de la paz en la Villa de Concentración.
Un día tan feliz como otro cualquiera, mismamente en cada tablón de anuncios de los muchos centros sociales, aparecieron unos papeles con nombres y fechas escritos en ellos. En la cabecera de cada papel ponía: “Lista de los que vais a morir”, y a continuación venían los nombres de una serie de individuos, menos de cincuenta, acompañados de determinadas fechas.
Al principio, nadie se tomó en serio lo que en esa lista ponía, e incluso la mayoría pensó que sería alguna broma puesta ahí por alguien. Muchos fueron a preguntar a los guardias de la villa sobre su significado, a lo que se limitaron a responderles, con una sonrisa mórbida ensanchándoles el rostro: “es un traslado de villa”. Pero los habitantes de la Villa de Concentración no hicieron caso y siguieron todos con sus rutinas. El único que parecía algo preocupado era un tal Gustavo, el primero de la lista, cuya fecha de fallecimiento era el 6 de Junio, dentro de un mes.
El tiempo pasó y el día llegó, y nada pareció ocurrir. A la hora de la comida, Gustavo se presentó ojeroso, pálido y cubierto de sudor, y confesó haber pasado muy mala noche al sentir algo muy extraño en el estómago. Al atardecer aparecieron los guardias de la villa, que iban ataviados con un uniforme distinto al de color azul que usaban habitualmente; ahora era de un rojo fosforescente, e iban acompañados por los hombres de bata blanca. “Es la hora, Gustavo”, dijo uno de ellos, y se lo llevaron a través de una puerta metálica que daba a un largo pasillo oscuro que a su vez contactaba con otra puerta de color rojo sangre.
Nunca más se volvió a saber nada más de Gustavo. En sus últimas palabras antes de desaparecer por la puerta roja, se lo oyó quejarse entre gemidos de “aquello que reptaba por su barriga”.
Después de ese suceso, la paz ya nunca volvió a reinar en la Villa de Concentración. Por suerte para Héctor, ni sus amigos ni su amante figuraban en la lista de los que se iban a la otra villa, ni tampoco él. Para los que sí lo estaban, los días anteriores a sus fallecimientos estuvieron marcados por continuos ataques de angustia, alborotos y suicidios. Alguna gente aparecía ahorcada en sus propias celdas o ahogadas en el agua del retrete; otros armaban escándalos embarazosos en los centros sociales, y algunos lloraban y suplicaban a los guardias por sus vidas. Se llegaba a un momento en que todos coincidían en el mismo punto: aquella sensación de que algo reptaba desde su estómago por todo el cuerpo, como un organismo vivo que los consumiese por dentro. Héctor, por su parte, lo único que quería era que aquella lista fuese retirada y el tema quedase olvidado para siempre.
Y así ocurrió una vez todos fueron trasladados a la Villa Final, tal y como comenzaron a llamarla. La lista fue retirada y todos pudieron volver a su rutina, fingiendo que nada había ocurrido. Fue en esta época cuando Héctor tuvo su primer hijo con su amante, al que llamó Héctor Junior. Finalizó el himno oficial de la villa, y durante un tiempo, todo el mundo se olvidó de la Villa Final.
Un día, sin embargo, volvió aparecer una nueva lista. Otros cincuenta nombres figuraban en ella, todos con sus fechas del día en que iban a morir. Y para gran pesar de Héctor, el primero de ellos era uno de sus mejores amigos; un violinista reservado y de mucho talento que formaba parte de la orquesta.
En esta nueva tanda de viajes a la Villa Final, los científicos incorporaron un nuevo elemento. En cada centro social instalaron una máquina de la cual se podían extraer todo tipo de drogas con solo presionar un botón. Pastillas para sentirse más eufórico, para dormir, para relajarse, para estar más enérgico, para ser feliz sin ninguna razón. Solo aquellos que estuviesen en la lista podían acceder a la máquina y coger las drogas que quisieran.
Por lo que Héctor pudo averiguar, la mayoría de personas cogían pastillas para sentirse eufórico o alegres en un intento por vencer los miedos previos a la muerte. Pero no siempre funcionaban; una mujer, aun a pesar de haber consumidos muchas de aquellas drogas, no consiguió superar la angustia de la muerte y, por el exceso de energía que le produjeron las drogas, se arrancó los cabellos de la cabeza a tirones mientras gemía en el suelo.
Su amigo el violinista, después de ver esto, prefirió consumir aquellas pastillas que lo relajasen y mantuviesen tranquilo. “Quiero morir tocando algo decente con el violín”, se limitó a decir. El día de su traslado llegó como otro cualquiera, y cuando Héctor, a sabiendas de que aquel hombre no tenía ningún otro amigo, se interesó por su salud y se ofreció a ayudarlo en todo lo posible, el hombre solo dijo: “Acompáñame tú a la puerta. Que no sean los guardias quienes me lleven a la fuerza para morir”. Así Héctor lo hizo, y tal como el hombre había prometido, tocó una sinfonía final con su violín mientras atravesaba el pasillo oscuro que conducía a la distante puerta roja.
Héctor lloró mucho más de lo que el violinista lo había hecho en las semanas previas a su muerte, observando como el hombre desaparecía a través de la puerta roja. Lo había estado consolando mucho, sin obtener muchas respuesta por parte de él, y ahora sentía que necesitaba ser consolado por otros.
Muchas personas, quizás en busca del mismo consuelo ante el desafortunado destino que debían afrontar, comenzaron a sacar suposiciones sobre lo que era realmente la Villa Final. Unos cuanto individuos muy respetados comenzaron a hablar sobre que quizás no era la muerte lo que los aguardara tras aquellas puertas, sino una nueva vida mucho mejor o mucho peor en función a como se comportara cada persona en la Villa de Concentración. “Si nos quisieran matar, podrían hacerlo aquí mismo sin necesidad de trasladarnos a ningún otro lado. Esto tiene que ser una prueba, y lo que verdaderamente nos aguarda en la Villa Final depende únicamente de cómo nos comportemos ahora”, solían decir.
Pronto, todos se convencieron a sí mismos de que aquello tenía que ser lo más lógico; que la muerte no les podía llegar sin ninguna razón. Héctor, sin embargo, nunca dejaría de temer a la Villa Final y a la puerta roja que ya desde la lejanía se podía distinguir que tenía formas extrañas talladas en ella.
“Héctor Valverde, 18 de septiembre”. La tercera lista que fue colocada en los tablones de anuncios de los centros sociales comenzó así. Al principio, Héctor pensó que era imposible que, después de su buen comportamiento elaborando el himno oficial de la villa y obedeciendo en todo momento a los hombres de bata blanca, lo seleccionaran para irse a la Villa Final.
Para cuando hubo comprendido la terrible verdad que encerraban aquellas palabras, una angustia terrible lo asoló. Estaban a día 16, lo que significaba que solo le quedaban dos días de vida. No quiso decirle nada a su amante ni a su hijo, y decidió encerrarse en su pequeña celda sin más compañía que varias pastillas para dormirse. Sin embargo, estas no hicieron efecto, y la única sensación que lo asolaba era el miedo a cuando tuviese la sensación de que algo reptaba por dentro de su organismo. Era como si su mente procesase millones de pensamientos por segundo y su cuerpo estuviese produciendo infinidad de reacciones químicas en todo momento, como una fábrica que estuviera activa las veinticuatro horas del día. Y el corazón bombeaba de una forma desagradablemente palpitante, y el estómago rugía cargado de ácido corrosivo, y el cerebro parecía un horno de alta presión; y el tiempo se convirtió en una densa y sobrecogedora atmósfera en donde costaba trabajo respirar. Héctor no pudo soportar aquello más tiempo, y cuando llegó el último día de su vida, el suicidio era la única y más paradójicas de las ideas que le nublaban la mente.
Pero no lo hizo, y fue así como llegó el día de su traslado. Sus amigos se reunieron en el centro social y tocaron algo en su honor, y antes de que los guardias vestidos con uniformes rojo fosforescente vinieran a buscarlo, se despidió de su mujer y de su hijo y se armó de valor para enfrentarse a la Villa Final.
A medida que iba cruzando el pasillo oscuro, podía distinguir mejor las figuras talladas en la enorme puerta roja que tantas veces se le había aparecido en sus pesadillas. Cada vez que se acercaba más, comprendía que no eran formas para nada agradables; y también advirtió que cada vez el ambiente se ponía más oscuro y el rojo de los uniformes de los guardias se hacía más brillante y siniestro. Llegó a la puerta de la Villa Final, y en efecto, las formas que allí habían eran tan horrendas y monstruosas que se tuvo que doblar por la cintura para vomitar el desayuno; incluso, de tanto que le impactaron, cuando miró a los guardias creyó que ellos también tenían forma de demonios terroríficos. En la parte superior de la puerta, escrito en latín, según le dijeron los guardias, ponía: “Bienvenido a la Villa de tu último día”.
Lo obligaron a entrar, y al principio, la repentina luz que había dentro lo cegó y dejó atónito. Pero cuando recuperó la vista comprendió dónde estaba; lo habían llevado fuera, al exterior, lejos de la villa. Estaba como en unas oficinas llenas de gente que lo miraban sonriendo, y al principio no supo quienes eran, pero entonces recuperó la memoria que le había sido arrebatada cuando llegó a la villa y reconoció a sus padres, a sus tíos, a su verdadera esposa y a todos sus amigos. Estaban todos allí, aplaudiéndole y dándole palmaditas en el hombro mientras le gritaban con euforia: “ya casi lo has conseguido”. Y supo entonces Héctor que debía salir fuera y volver a su vida de antes, y olvidarse de la Villa Final para siempre.
Esto sin duda sería lo que a los habitantes de la Villa de concentración les hubiese gustado creer que le sucedió a Héctor, pero no por ello fue lo que realmente ocurrió. Lo cierto es que la Villa Final albergaba los más crueles horrores que podía pasar por la mente humana. Allí era donde tenían lugar los auténticos y más importantes experimentos a los que se dedicaban los científicos de la villa. Los más indescriptibles horrores y mutilaciones lo acosarían hasta que finalmente moriría de dolor.
Esto era lo que pensaban los más pesimistas habitantes de la villa, pero tampoco es la realidad.
Lo que hay al otro lado de la puerta roja nunca llegó a saberse, e incluso, muchos años después de que la villa quedara inhabitada y abandonada por sus fundadores, los hombres que intentaron acceder a su interior nunca más volvieron a salir.
Héctor Valverde se limitó a abrir aquella puerta roja a la que tanto miedo le tenía, armándose de todo su coraje para ello y olvidándose de la criatura que reptaba por su interior, que descubrió que en realidad no era otra cosa que miedo, como cuando pensó que los guardias rojos eran demonios.
Nadie lo forzó a entrar. Y finalmente, la puerta se abrió y Héctor al fin llegó al objetivo por el cual había sido reclutado todo aquel tiempo en la Villa de su último día.
Era este un sitio muy opuesto a la Villa Final, lleno de mucha gente de diversas razas y etnias, que vivían reprimidas entre sus paredes y sometidas completamente a la voluntad de unos hombres de bata blanca y armas en mano, todos ellos científicos y médicos, como no tardaría en descubrir la primera generación de personas que habitaron ese sitio.
Para poder dar cavidad a los varios miles de personas que allí vivían, la villa tenía las proporciones de una pequeña ciudad subterránea, y sus habitantes eran todos hombres y mujeres sin familia ni amigos ni hijos, ni identidad ni pasado; ni siquiera recuerdos. Cuando accedían a la Villa de Concentración, se les inducía a un tratamiento por el cual tenían una amnesia constante e irreparable, y se despertaban al día siguiente en sus solitarias celdas, sintiendo como si toda su vida pasada hubiese sido el resultado de un sueño muy distante e imposible de recordar.
Así pues, la villa se trataba de unas instalaciones en donde se encerraba a personas para diversos objetivos, principalmente objetivos científicos. Se realizaban allí numerosos experimentos psiconeurológicos y sociales de muy dudosa ética. Para los habitantes de la villa, fuera cuales fuesen los motivos para los que los estaban usando, nunca llegó a importarles mucho, pues al margen de que habían sido llevados allí en contra de su voluntad, nunca recibían malos tratos ni se los forzaba a sufrir daños físicos. Los científicos se limitaban a llevarlos a grandes laboratorios que allí tenían y realizaban determinados experimentos y pruebas, pero nada que transgrediera su integridad física. En ocasiones, si alguien se negaba a obedecer sus indicaciones, los forzaban mediante descargas eléctricas; era aquella la única muestra de violencia por parte de los represores. Fuera de aquello, la vida podía llegar a ser cómoda y digna en la Villa de Concentración.
La gente solo tenía que salir de sus celdas para aprovisionarse de todo aquello que necesitasen: había grandes comedores en donde se servían cuatro platos al día, lavanderías para los dos pares del mismo uniforme rojo que todos llevaban, baños y duchas en cada celda, e incluso había numerosos centros sociales para que la gente pudiera reunirse y realizar determinadas actividades de ocio y cultura. La villa era una pequeña recreación de cómo podía llegar a ser una sociedad civilizada; a cambio de prestarse como cobayas humanas, tenían a disposición todo lo necesario para llevar una vida satisfactoria y confortable. Tanto era así que mucha gente de la primera generación llegó a plantearse que quizás no estuviesen allí en contra de su voluntad; quizás habían accedido a aquella cómoda y plena vida con la excepción de que les borrasen la memoria y experimentasen con ellos, y ahora ya no tenían forma de recordar susodicho trato.
Uno de estos hombres de la primera generación, un tal Héctor Valverde, compartía en gran medida aquella idea optimista y disfrutaba de su confortable vida en la villa. Iba muy a menudo a los centros sociales y tocaba el piano todos los días, para regocijo de los que lo escuchaban. Sabía hacerlo de forma instintiva, por lo que dedujo que en el pasado había sido músico; pronto se rodeó de amistades que también mostraban aptitudes para tocar instrumentos musicales, y juntos se habían puesto de acuerdo para componer una orquesta y crear el himno oficial de la villa. Ya tenían planeado tocarla para el próximo campeonato de fútbol sala que tuviera lugar. Todo giraba al compás del conformismo y de la paz en la Villa de Concentración.
Un día tan feliz como otro cualquiera, mismamente en cada tablón de anuncios de los muchos centros sociales, aparecieron unos papeles con nombres y fechas escritos en ellos. En la cabecera de cada papel ponía: “Lista de los que vais a morir”, y a continuación venían los nombres de una serie de individuos, menos de cincuenta, acompañados de determinadas fechas.
Al principio, nadie se tomó en serio lo que en esa lista ponía, e incluso la mayoría pensó que sería alguna broma puesta ahí por alguien. Muchos fueron a preguntar a los guardias de la villa sobre su significado, a lo que se limitaron a responderles, con una sonrisa mórbida ensanchándoles el rostro: “es un traslado de villa”. Pero los habitantes de la Villa de Concentración no hicieron caso y siguieron todos con sus rutinas. El único que parecía algo preocupado era un tal Gustavo, el primero de la lista, cuya fecha de fallecimiento era el 6 de Junio, dentro de un mes.
El tiempo pasó y el día llegó, y nada pareció ocurrir. A la hora de la comida, Gustavo se presentó ojeroso, pálido y cubierto de sudor, y confesó haber pasado muy mala noche al sentir algo muy extraño en el estómago. Al atardecer aparecieron los guardias de la villa, que iban ataviados con un uniforme distinto al de color azul que usaban habitualmente; ahora era de un rojo fosforescente, e iban acompañados por los hombres de bata blanca. “Es la hora, Gustavo”, dijo uno de ellos, y se lo llevaron a través de una puerta metálica que daba a un largo pasillo oscuro que a su vez contactaba con otra puerta de color rojo sangre.
Nunca más se volvió a saber nada más de Gustavo. En sus últimas palabras antes de desaparecer por la puerta roja, se lo oyó quejarse entre gemidos de “aquello que reptaba por su barriga”.
Después de ese suceso, la paz ya nunca volvió a reinar en la Villa de Concentración. Por suerte para Héctor, ni sus amigos ni su amante figuraban en la lista de los que se iban a la otra villa, ni tampoco él. Para los que sí lo estaban, los días anteriores a sus fallecimientos estuvieron marcados por continuos ataques de angustia, alborotos y suicidios. Alguna gente aparecía ahorcada en sus propias celdas o ahogadas en el agua del retrete; otros armaban escándalos embarazosos en los centros sociales, y algunos lloraban y suplicaban a los guardias por sus vidas. Se llegaba a un momento en que todos coincidían en el mismo punto: aquella sensación de que algo reptaba desde su estómago por todo el cuerpo, como un organismo vivo que los consumiese por dentro. Héctor, por su parte, lo único que quería era que aquella lista fuese retirada y el tema quedase olvidado para siempre.
Y así ocurrió una vez todos fueron trasladados a la Villa Final, tal y como comenzaron a llamarla. La lista fue retirada y todos pudieron volver a su rutina, fingiendo que nada había ocurrido. Fue en esta época cuando Héctor tuvo su primer hijo con su amante, al que llamó Héctor Junior. Finalizó el himno oficial de la villa, y durante un tiempo, todo el mundo se olvidó de la Villa Final.
Un día, sin embargo, volvió aparecer una nueva lista. Otros cincuenta nombres figuraban en ella, todos con sus fechas del día en que iban a morir. Y para gran pesar de Héctor, el primero de ellos era uno de sus mejores amigos; un violinista reservado y de mucho talento que formaba parte de la orquesta.
En esta nueva tanda de viajes a la Villa Final, los científicos incorporaron un nuevo elemento. En cada centro social instalaron una máquina de la cual se podían extraer todo tipo de drogas con solo presionar un botón. Pastillas para sentirse más eufórico, para dormir, para relajarse, para estar más enérgico, para ser feliz sin ninguna razón. Solo aquellos que estuviesen en la lista podían acceder a la máquina y coger las drogas que quisieran.
Por lo que Héctor pudo averiguar, la mayoría de personas cogían pastillas para sentirse eufórico o alegres en un intento por vencer los miedos previos a la muerte. Pero no siempre funcionaban; una mujer, aun a pesar de haber consumidos muchas de aquellas drogas, no consiguió superar la angustia de la muerte y, por el exceso de energía que le produjeron las drogas, se arrancó los cabellos de la cabeza a tirones mientras gemía en el suelo.
Su amigo el violinista, después de ver esto, prefirió consumir aquellas pastillas que lo relajasen y mantuviesen tranquilo. “Quiero morir tocando algo decente con el violín”, se limitó a decir. El día de su traslado llegó como otro cualquiera, y cuando Héctor, a sabiendas de que aquel hombre no tenía ningún otro amigo, se interesó por su salud y se ofreció a ayudarlo en todo lo posible, el hombre solo dijo: “Acompáñame tú a la puerta. Que no sean los guardias quienes me lleven a la fuerza para morir”. Así Héctor lo hizo, y tal como el hombre había prometido, tocó una sinfonía final con su violín mientras atravesaba el pasillo oscuro que conducía a la distante puerta roja.
Héctor lloró mucho más de lo que el violinista lo había hecho en las semanas previas a su muerte, observando como el hombre desaparecía a través de la puerta roja. Lo había estado consolando mucho, sin obtener muchas respuesta por parte de él, y ahora sentía que necesitaba ser consolado por otros.
Muchas personas, quizás en busca del mismo consuelo ante el desafortunado destino que debían afrontar, comenzaron a sacar suposiciones sobre lo que era realmente la Villa Final. Unos cuanto individuos muy respetados comenzaron a hablar sobre que quizás no era la muerte lo que los aguardara tras aquellas puertas, sino una nueva vida mucho mejor o mucho peor en función a como se comportara cada persona en la Villa de Concentración. “Si nos quisieran matar, podrían hacerlo aquí mismo sin necesidad de trasladarnos a ningún otro lado. Esto tiene que ser una prueba, y lo que verdaderamente nos aguarda en la Villa Final depende únicamente de cómo nos comportemos ahora”, solían decir.
Pronto, todos se convencieron a sí mismos de que aquello tenía que ser lo más lógico; que la muerte no les podía llegar sin ninguna razón. Héctor, sin embargo, nunca dejaría de temer a la Villa Final y a la puerta roja que ya desde la lejanía se podía distinguir que tenía formas extrañas talladas en ella.
“Héctor Valverde, 18 de septiembre”. La tercera lista que fue colocada en los tablones de anuncios de los centros sociales comenzó así. Al principio, Héctor pensó que era imposible que, después de su buen comportamiento elaborando el himno oficial de la villa y obedeciendo en todo momento a los hombres de bata blanca, lo seleccionaran para irse a la Villa Final.
Para cuando hubo comprendido la terrible verdad que encerraban aquellas palabras, una angustia terrible lo asoló. Estaban a día 16, lo que significaba que solo le quedaban dos días de vida. No quiso decirle nada a su amante ni a su hijo, y decidió encerrarse en su pequeña celda sin más compañía que varias pastillas para dormirse. Sin embargo, estas no hicieron efecto, y la única sensación que lo asolaba era el miedo a cuando tuviese la sensación de que algo reptaba por dentro de su organismo. Era como si su mente procesase millones de pensamientos por segundo y su cuerpo estuviese produciendo infinidad de reacciones químicas en todo momento, como una fábrica que estuviera activa las veinticuatro horas del día. Y el corazón bombeaba de una forma desagradablemente palpitante, y el estómago rugía cargado de ácido corrosivo, y el cerebro parecía un horno de alta presión; y el tiempo se convirtió en una densa y sobrecogedora atmósfera en donde costaba trabajo respirar. Héctor no pudo soportar aquello más tiempo, y cuando llegó el último día de su vida, el suicidio era la única y más paradójicas de las ideas que le nublaban la mente.
Pero no lo hizo, y fue así como llegó el día de su traslado. Sus amigos se reunieron en el centro social y tocaron algo en su honor, y antes de que los guardias vestidos con uniformes rojo fosforescente vinieran a buscarlo, se despidió de su mujer y de su hijo y se armó de valor para enfrentarse a la Villa Final.
A medida que iba cruzando el pasillo oscuro, podía distinguir mejor las figuras talladas en la enorme puerta roja que tantas veces se le había aparecido en sus pesadillas. Cada vez que se acercaba más, comprendía que no eran formas para nada agradables; y también advirtió que cada vez el ambiente se ponía más oscuro y el rojo de los uniformes de los guardias se hacía más brillante y siniestro. Llegó a la puerta de la Villa Final, y en efecto, las formas que allí habían eran tan horrendas y monstruosas que se tuvo que doblar por la cintura para vomitar el desayuno; incluso, de tanto que le impactaron, cuando miró a los guardias creyó que ellos también tenían forma de demonios terroríficos. En la parte superior de la puerta, escrito en latín, según le dijeron los guardias, ponía: “Bienvenido a la Villa de tu último día”.
Lo obligaron a entrar, y al principio, la repentina luz que había dentro lo cegó y dejó atónito. Pero cuando recuperó la vista comprendió dónde estaba; lo habían llevado fuera, al exterior, lejos de la villa. Estaba como en unas oficinas llenas de gente que lo miraban sonriendo, y al principio no supo quienes eran, pero entonces recuperó la memoria que le había sido arrebatada cuando llegó a la villa y reconoció a sus padres, a sus tíos, a su verdadera esposa y a todos sus amigos. Estaban todos allí, aplaudiéndole y dándole palmaditas en el hombro mientras le gritaban con euforia: “ya casi lo has conseguido”. Y supo entonces Héctor que debía salir fuera y volver a su vida de antes, y olvidarse de la Villa Final para siempre.
Esto sin duda sería lo que a los habitantes de la Villa de concentración les hubiese gustado creer que le sucedió a Héctor, pero no por ello fue lo que realmente ocurrió. Lo cierto es que la Villa Final albergaba los más crueles horrores que podía pasar por la mente humana. Allí era donde tenían lugar los auténticos y más importantes experimentos a los que se dedicaban los científicos de la villa. Los más indescriptibles horrores y mutilaciones lo acosarían hasta que finalmente moriría de dolor.
Esto era lo que pensaban los más pesimistas habitantes de la villa, pero tampoco es la realidad.
Lo que hay al otro lado de la puerta roja nunca llegó a saberse, e incluso, muchos años después de que la villa quedara inhabitada y abandonada por sus fundadores, los hombres que intentaron acceder a su interior nunca más volvieron a salir.
Héctor Valverde se limitó a abrir aquella puerta roja a la que tanto miedo le tenía, armándose de todo su coraje para ello y olvidándose de la criatura que reptaba por su interior, que descubrió que en realidad no era otra cosa que miedo, como cuando pensó que los guardias rojos eran demonios.
Nadie lo forzó a entrar. Y finalmente, la puerta se abrió y Héctor al fin llegó al objetivo por el cual había sido reclutado todo aquel tiempo en la Villa de su último día.
¿Adónde van los barcos errantes?
¿Adónde van los barcos errantes?
Todos adoraban a la capitana del barco, pues era una mujer
con una enorme empatía, más incluso que la mayoría de mujeres. No
mostraba inconvenientes en mostrar todo su cariño a los tripulantes,
llorando por ellos siempre que padecían alguna tragedia, en muchas
ocasiones lloraba más de lo que ellos mismos hacían. Y es que si la
tripulación del Ultimate necesitaba a un capitán de estas características, era porque su camino estaba plagado de penurias por todas partes.Se decía que aquel barco sufría de una peste terrible, tanto que no se le era permitido fondear en ningún puerto, por lo que estaba condenado a vagar sin rumbo por los mares hasta que la peste se los llevase a todos. Consistía en un trasatlántico bastante grande, que había albergado a una ingente cantidad de personas en un principio, aunque ahora solo tenía a unas pocas docenas. Y su capitana los amaba a todos, a cada familia y a cada marinero que quedaban con vida, e incluso seguía amando en la oscura noche y al amparo de una vela a aquellos que ya se habían ido.
Otro motivo por el que los tripulantes la adoraban era porque había prometido un destino mejor para todos.
-Conozco una isla en donde podremos desembarcar.-les había prometido.
-Pero, mi capitana, ¿acaso no moriremos de todas formas consumidos por la peste, estemos o no en tierra?-preguntó un marinero.
La capitana negó con la cabeza, conteniendo las lágrimas, como hacía de costumbre.
-He visto ya antes esta peste cuando trabajaba en Singapur. Es de difícil cura, pero en la isla a la que nos dirigimos encontraremos la salvación. Allí podremos hacer frente a la peste y vivir para siempre.-afirmó con convicción.
Aquello llenó de ánimo a la tripulación, aún a pesar de ser una promesa muy vana. En los días que siguieron, todos los tripulantes que quedaban se congregaron en la cubierta del barco, en torno a la capitana, y la escucharon hablar sobre aquella isla.
-Allí el clima es tropical, agradable. Hay tantos bananeros y palmeras, que podríamos vivir todos comiendo solamente plátanos y cocos por el resto de nuestras vidas.-afirmó con una sonrisa, haciendo que todos sonriesen a su vez.-Pero también hay animales; no animales salvajes, sino ganado que allí dejaron unos granjeros antes de irse, extenso todavía. Hay ríos y lagos por todas partes, para que puedan jugar los niños, e incluso un viejo poblado abandonado con hospital y biblioteca. Todo nos irá bien cuando lleguemos allí, os lo prometo.
A partir de entonces, cada día, a las nueve de la noche, todos los tripulantes se reunían de nuevo en torno a la capitana para oírla hablar sobre la isla. Ella cada día les contaba una cosa nueva, cada cual más maravillosa y esperanzadora que la anterior, y los tripulantes cada día la amaban más, hasta el extremo de que, ayudándose unos a otros, arrancaron madera de los camerinos abandonados y erigieron una estatua en su honor justo en la proa del barco. Ella se emocionó tanto, que decidió que, cuando llegasen a la isla, aquel día fuese considerado un festejo.
Sin embargo, la peste no tuvo clemencia de nadie. Como un demonio oscuro, se paseaba por el barco y escogía al azar a quien llevarse y a quien dejar. Y estaba bien claro que no tenía pensado dejar a nadie con vida. Las muertes continuaron a pesar de las promesas y de las esperanzas.
Lo peor de todo eran sus síntomas; la muerte tardaba mucho en llegar, y durante ese largo tiempo, la agonía era insoportable. La piel se pudría encima de la carne, y muchos órganos se llegaban a vomitar por la boca, envueltos en sangre negra y apestando a descomposición.
Pasaron meses desde que la capitana hiciera su promesa y, aunque los tripulantes la seguían amando, el escepticismo comenzó a apoderarse de ellos.
-¿En que momento se nos pudo pasar por la cabeza que existe una isla mágica en donde se solucionarán todos nuestros problemas?-dijo un día Ned, uno de los oficiales de abordo que seguía con vida, un soldado tenaz.
-No hables así, aún te va a escuchar la capitana.
-¿Y que va a hacerme? ¿Va a matarme? ¿Va a hacerme sufrir?
-No hables así de ella. Sabes que es muy buena, si te oyese se sentiría triste y decepcionada. ¿No querrás que pase eso, verdad?
Ned escupió al suelo y negó con la cabeza.
-Olvídate de la capitana y olvídate de esa isla de mierda. Si quieres hacer algo útil, mira a la peste de frente y enséñale que no le tienes miedo. Morirás, cierto, pero lo harás siendo fuerte, mandándolo todo a la mierda, y la fortaleza es lo que más necesitamos ahora, no soñar con polleces sobre una isla maravillosa.
Al día siguiente, alguien le había prendido fuego a la estatua de la capitana. Mientras todos iban corriendo a apagar el incendio, llorando y gritando, Ned se metió en el camerino de la capitana, la cual estaba profundamente dormida debido a unos somníferos que Ned había puesto en su bebida.
A la mañana siguiente, el cadáver de la capitana apareció flotando a la deriva, con una tajada de oreja a oreja. Todos quisieron recuperar su cadáver, pero el barco ya estaba muy lejos y no era posible. Varios marineros se tiraron al mar para traerla de vuelta, pero nunca más se supo de ellos.
-Ned ha matado a la capitana.-fue lo que comenzaron a decir entre ellos los tripulantes.
Ned no negó la acusación.
-Adelante, intentad matarme si sois capaces. Me enfrentaré a todos vosotros y cuando os haya vencido, seré más fuerte.
Aquella noche, todos quisieron apresarlo, y casi todos murieron, pues Ned se había desecho previamente de todas las armas del barco salvo las que él tenía. Algunos tripulantes se rindieron a su autoridad, prometiendo obediencia. La peste era la única enemiga que le quedaba al tenaz Ned.
-Estoy listo. Ven cuando quieras.-le gritó con fuerza.
Y estuvo toda la noche aguardando la respuesta, paseando de proa a popa con sus armas en la mano, completamente ebrio de fiereza.
Sin embargo, no fue con la peste con lo que se encontraron a la mañana siguiente; lejos, en el horizonte, se podía discernir lo que, sin lugar a dudas, era una isla. Y Ned, lleno de ira y escepticismo, negándose a asimilar sus propios sentimientos, cogió el timón del barco y viró en sentido contrario.
Amores y prejuicios.
Amores y prejuicios
El protagonista de esta historia se trata de un muchachito sumamente preocupado por su orientación sexual. Su pavor por ese tema es tan grande que llega hasta el extremo de odiar a cualquier persona que se siente atraída por alguien de su mismo sexo. El amor y los prejuicios lo hicieron perder la cordura.
Tenía veintidos años antes de eso y se dedicaba a escribir comics junto con un amigo suyo que resultó ser homosexual. Lo supo el día en que, estando los dos desnudos en el vestuario del gimnasio de la ciudad, su amigo le propuso hacerle una felación; él consintió al pensar que debía de ser una muy ocurrente broma, pero cuando su amigo le cogió el pene y se lo introdujo en la boca, su amistad terminó junto con la gracia del chiste.
Después de aquello, decidió buscarse a un nuevo dibujante para su comic; para evitar que se repitiera el incidente de antes, se aseguró de que fuera mujer. Y así fue como conoció a Ramona, la mujer que, con el paso del tiempo, se convertiría en la protagonista de sus sueños.
No era especialmente agraciada ni simpática, pero el protagonistas de esta historia tampoco lo era, motivo por el cual comenzó a sentirse interesado en ella. Al principio su relación fue de lo más formal, pero la creatividad que requería de ellos la elaboración del comic terminó por unirlos y convertirlos en buenos amigos. No faltaron los intentos por parte del protagonista de esta historia por sugerirle a ella, siempre de forma muy sutil, mantener relaciones sexuales. Sin embargo, la tal Ramona no parecía interesada en lo más mínimo.
Pasaron los meses y ya hacía mucho tiempo que el protagonista había desistido en su intento por seducir a su compañera de trabajo; ella, como respuesta a esto, comenzó a abrirse más a él y a realizarle confesiones personales. Fue así como el protagonista descubrió que ella había estado muy pocas veces con un hombre, y que en ninguna de ellas obtuvo placer. Su órgano sexual era completamente frígido al contacto con el de los hombres, y aquello llenó al protagonista de angustia, pues eso sugería que ella debía de ser homosexual. Sin embargo, un día en que le contó, de forma muy sutil, si sus temores eran ciertos, ella lo negó rotundamente.
-No, no creo. Me daría asco estar con una mujer, je, je, je.-dijo.
El tiempo siguió pasando y, tras mucho trabajo, consiguieron finalmente terminar juntos el comic. La noche en que al fin le dieron el último retoque se ilusionaron tanto con el resultado que fueron de fiesta y terminaron emborrachándose. El protagonista, astuto en lo relativo al sexo como solo un hombre excitado puede serlo, se las apañó para, al fin y con mucho deseo, llevarla a la cama para mantener relaciones sexuales.
-Dios… cuanto tiempo deseando esto.-le iba diciendo mientras la desvestía y le daba besos por todo el cuerpo.-Mmmm… siii, que gustito da. Dios, eres preciosa, oh si, mmm, si, como me gustas.
Entonces, mientras le pasaba la lengua por el ombligo sin prestar atención a su entrepierna, le agarró las bragas y tiró de ellas. Lo que allí quedó revelado era algo que el protagonista desearía no haber revelado nunca.
-Oh no, oh no, oh no. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?-decía mientras gemía en el suelo y se tiraba de los pelos con mucha fuerza, y mientras procuraba apartar la vista lo máximo posible del enorme pene que había entre las piernas de su compañera de trabajo.-Esto es una mentira. ¡Una mentira! ¡Mentiraaa!
Pasaron cinco años desde que el protagonista fuera internado en un manicomio. Allí era feliz y vivía con sus muy heterosexuales compañeros, alejado de aquellos monstruos tanto psicológicos como físicos que acechaban en el exterior. A veces mantenía relaciones sexuales con una amiga suya que allí había y que decía odiar los clítoris.
-Ojala hubiera nacido con pene.-bromeó un día en que estaban liándose a escondidas.
-¡No!-fue la respuesta del protagonista.-¡No digas eso! ¡Eso es mentira! ¡Mentira! ¡Aaaaaah!
sábado, 2 de febrero de 2013
Minirrelatos pajeros.
EL DUENDE.
El otro día me estaba tirando un tremendo truño en el baño, cuando de pronto fui abducido por extraterrestres
Allí, en el centro de la nave, desnudo de cintura para abajo y con la mierda
todavía asomando por mi ano, observé como los extraterrestres estudiaban mis
reacciones para poder analizar el comportamiento humano. Me tiraron piedras, me
quemaron el bello púbico, me mojaron con agua helada y me sedujeron con el
holograma de una mujer desnuda
Me tenían encerrado en una celda aislada para que no pudiera escapar, mientras ellos practicaban extraños ritos satánicos en otra sala de la nave.
Un día, mientras me masturbaba, me puse tan nervioso que, sin querer, me torcí el pene. Los médicos me llevaron a la enfermería pensando que sería algo grave, lo cual me brindó la oportunidad de aturdirlos con un par de golpes de kárate y buscar la huida.
Sin embargo, me perdí y fui a parar a la sala de ritos religiosos, donde estaban todos los extraterrestres adorando a la estatua de un duende satánico.
Me tenían encerrado en una celda aislada para que no pudiera escapar, mientras ellos practicaban extraños ritos satánicos en otra sala de la nave.
Un día, mientras me masturbaba, me puse tan nervioso que, sin querer, me torcí el pene. Los médicos me llevaron a la enfermería pensando que sería algo grave, lo cual me brindó la oportunidad de aturdirlos con un par de golpes de kárate y buscar la huida.
Sin embargo, me perdí y fui a parar a la sala de ritos religiosos, donde estaban todos los extraterrestres adorando a la estatua de un duende satánico.
Dicho rito consistía en tomar docenas de cápsulas
alucinógenas, lo que me dio la oportunidad de alcanzar la figura del duende sin
que nadie se enterara y huir con ella. Los extraterrestres, al darse cuenta de
esto, intentaron matarme, pero yo usé al duende como rehén y conseguí que me
indicaran la salida de la nave. Me tiré al vacío y caí en un lago. Había vuelto
a casa.
Sin embargo, al volver a mi habitación, observé que el duende no era un simple duende. Tenía la facultad de revelarle el futuro a todo aquel que consumiese drogas cerca de él.
Un día, mientras me fumaba un porro de maría en un parque junto a la estatua del duende, caí al suelo rodeado por un holocausto de revelaciones, viendo, en cuestión de segundos, todo mi futuro pasar ante mis ojos. Tal información hizo que la luz de mi alma se apagase y que mi mente cayese en la demencia, a pesar de haber vislumbrado un futuro próspero y magnificente. ¿Sabes a que se debió dicha reacción, al margen del hecho de que estaba fumado?
Sin embargo, al volver a mi habitación, observé que el duende no era un simple duende. Tenía la facultad de revelarle el futuro a todo aquel que consumiese drogas cerca de él.
Un día, mientras me fumaba un porro de maría en un parque junto a la estatua del duende, caí al suelo rodeado por un holocausto de revelaciones, viendo, en cuestión de segundos, todo mi futuro pasar ante mis ojos. Tal información hizo que la luz de mi alma se apagase y que mi mente cayese en la demencia, a pesar de haber vislumbrado un futuro próspero y magnificente. ¿Sabes a que se debió dicha reacción, al margen del hecho de que estaba fumado?
EL CIELO.
El otro día estaba manteniendo relaciones sexuales, cuando de pronto caí en la cuenta de que lo estaba haciendo con un hombre y me morí de un infarto
El otro día estaba manteniendo relaciones sexuales, cuando de pronto caí en la cuenta de que lo estaba haciendo con un hombre y me morí de un infarto
Me desperté en el cielo, para mi gran pesar y desazón, y me sorprendí de que el
cielo no fuera como creía; era una enorme isla de dulces, con soldados de
turrón duro y prostitutas echas con bombones. Allí todo era dulce, bondadoso y
sencillo.
Decidí disfrutar de mi buena ventura y, como haría toda persona inteligente al encontrarse en una isla de dulces, me senté en un rincón aparte y me masturbé en solitario. Incluso mi eyaculación era chocolate blanco
Entonces apareció un chicle de menta, alegando ser el dueño de la isla y, sin darme tiempo siquiera a limpiarme la mano, me encadenó a una cuerda de regaliz y me llevó a las minas de galletas
Allí trabajé día y noche, hasta que las manos me sudaban zumo de piña y por la nariz me salía helado de vainilla.
Caí en un trance existencial y fui arrojado a una fosa común, dado por muerto.
Decidí disfrutar de mi buena ventura y, como haría toda persona inteligente al encontrarse en una isla de dulces, me senté en un rincón aparte y me masturbé en solitario. Incluso mi eyaculación era chocolate blanco
Entonces apareció un chicle de menta, alegando ser el dueño de la isla y, sin darme tiempo siquiera a limpiarme la mano, me encadenó a una cuerda de regaliz y me llevó a las minas de galletas
Allí trabajé día y noche, hasta que las manos me sudaban zumo de piña y por la nariz me salía helado de vainilla.
Caí en un trance existencial y fui arrojado a una fosa común, dado por muerto.
En el cielo, cuando mueres, vas parar al infierno. Sin
embargo, yo no había muerto. Debía encontrar la forma de volver a casa.
Como todos me daban por muerto, me infiltré en el palacio del chicle de menta y entré en su habitación, donde lo sorprendí masturbándose con una piruleta. Todos conocen la rivalidad que existe entre los chicles y las piruletas; su intento de confraternizar en los chupas con corazón de chicle no es más que una tapadera para ocultar la tremenda rivalidad que hay entre ambos.
De forma que decidí hacerle chantaje con revelarles a todos su extraña vida personal si no me decía la forma de huir del cielo.
Y así lo hizo.
Me reveló un enorme retrete a través del cual se accedía al mundo de los vivos. Me metí dentro, sumergiéndome en un agua llena de excrementos y cayendo al vacío.
Volví a mi cuerpo, sobre la camilla del hospital y, tras plantearme numerosas cuestiones existenciales y filosóficas, comprendí que en realidad no había ido al cielo. ¿Sabes a donde fui?
Como todos me daban por muerto, me infiltré en el palacio del chicle de menta y entré en su habitación, donde lo sorprendí masturbándose con una piruleta. Todos conocen la rivalidad que existe entre los chicles y las piruletas; su intento de confraternizar en los chupas con corazón de chicle no es más que una tapadera para ocultar la tremenda rivalidad que hay entre ambos.
De forma que decidí hacerle chantaje con revelarles a todos su extraña vida personal si no me decía la forma de huir del cielo.
Y así lo hizo.
Me reveló un enorme retrete a través del cual se accedía al mundo de los vivos. Me metí dentro, sumergiéndome en un agua llena de excrementos y cayendo al vacío.
Volví a mi cuerpo, sobre la camilla del hospital y, tras plantearme numerosas cuestiones existenciales y filosóficas, comprendí que en realidad no había ido al cielo. ¿Sabes a donde fui?
LA SOMBRA.
El otro día me estaba hurgando en el ano mientras me hacía preguntas filosóficas y existenciales, cuando de pronto sentí un tic en mi pierna izquierda y me propiné, involuntariamente, un rodillazo en el huevo izquierdo, teniendo como resultado alucinaciones con una ardilla hecha de queso y que podía hablar con una mujer desnuda que decía ser la respuesta al origen del universo, y con una sombra gigante que no estaba proyectada en el suelo, sino que era en 3D, y que, a su vez, proyectaba sobre el suelo la imagen de un hombre con cara de retrasado (una sombra que proyectaba a un hombre, una paradoja viva).
El otro día me estaba hurgando en el ano mientras me hacía preguntas filosóficas y existenciales, cuando de pronto sentí un tic en mi pierna izquierda y me propiné, involuntariamente, un rodillazo en el huevo izquierdo, teniendo como resultado alucinaciones con una ardilla hecha de queso y que podía hablar con una mujer desnuda que decía ser la respuesta al origen del universo, y con una sombra gigante que no estaba proyectada en el suelo, sino que era en 3D, y que, a su vez, proyectaba sobre el suelo la imagen de un hombre con cara de retrasado (una sombra que proyectaba a un hombre, una paradoja viva).
Cuando recuperé la compostura, me di cuenta de que había viajado 18 años en el
tiempo, presenciando mi propio nacimiento e inundándome la mente con preguntas
existenciales.
Estuve observándome durante 18 años, en forma de sombra, viéndome de nuevo crecer y presenciando los momentos cumbres de mi vida, hasta llegar al momento en que me empecé a hurgarme en el ojete.
Estuve observándome durante 18 años, en forma de sombra, viéndome de nuevo crecer y presenciando los momentos cumbres de mi vida, hasta llegar al momento en que me empecé a hurgarme en el ojete.
Finalmente, dejé de ser una sombra y volvía a ocupar mi
cuerpo, volviendo al presente y, posteriormente, masturbándome en solitario mientras me olisqueaba el dedo.
Y cuando llegué al clímax, fui inundado por una sarta de revelaciones e iluminaciones que hicieron que quedara siete días y siete noches en coma, en un estado divino. Me desperté y, a pesar de llevar siete días durmiendo, solo me parecieron unos segundos.
Entonces comprendí que todas mis preguntas filosóficas y existenciales habían quedado respondidas, ¿sabes porque?
Y cuando llegué al clímax, fui inundado por una sarta de revelaciones e iluminaciones que hicieron que quedara siete días y siete noches en coma, en un estado divino. Me desperté y, a pesar de llevar siete días durmiendo, solo me parecieron unos segundos.
Entonces comprendí que todas mis preguntas filosóficas y existenciales habían quedado respondidas, ¿sabes porque?
EL SUBCONSCIENTE
El otro día estaba viendo una película porno, cuando de pronto sufrí un derrame de semen y quedé inconsciente, adentrándome en el mundo de mi subconsciente.
El otro día estaba viendo una película porno, cuando de pronto sufrí un derrame de semen y quedé inconsciente, adentrándome en el mundo de mi subconsciente.
Allí descubrí que nuestro mundo no es real, y que solo mientras dormimos somos
conscientes de ello, ya que nuestro subconsciente sabe que nada es real. En las
profundidades más recónditas de nuestra mente yace la verdad sobre el mundo
real, y para poder despertar, debemos encontrar esa verdad.
Así que me dispuse a buscar esa verdad oculta. Estuve lo que a mi me parecieron años, décadas buscándola, hasta que por fin caí en la cuenta de que se encontraba en el interior de la boca de un león adicto a los huevos.
Le enseñé las pelotas para atraerlo a una trampa que coloqué en el suelo y conseguí capturarlo y extraerle lo que tenía dentro.
Entonces me di cuenta de que la realidad no existía, que todo era el producto del subconsciente de una anchoa parlante y que nosotros solo éramos parte del sueño de dicha anchoa.
Así que me dispuse a buscar esa verdad oculta. Estuve lo que a mi me parecieron años, décadas buscándola, hasta que por fin caí en la cuenta de que se encontraba en el interior de la boca de un león adicto a los huevos.
Le enseñé las pelotas para atraerlo a una trampa que coloqué en el suelo y conseguí capturarlo y extraerle lo que tenía dentro.
Entonces me di cuenta de que la realidad no existía, que todo era el producto del subconsciente de una anchoa parlante y que nosotros solo éramos parte del sueño de dicha anchoa.
Me desperté y, tras asimilar esta terrible verdad, me puse a
plantearme cuestiones filosóficas y existenciales a la par que me masturbaba en
solitario.
A causa de todo ello, lo que yo creía que era la realidad comenzó a volverse ambiguo e incierto y, como una persona que es consciente de que sueña, comencé a modificar las leyes físicas de mi entorno y a crear neveras gigantes con formas de pene.
Acabé cayendo en la demencia, convirtiéndome en un asesino profesional de anchoas en un desesperado intento por convertir el sueño de la anchoa parlante en una pesadilla.
Al final desistí en mi empeño y acepté la "realidad", ¿sabes porque?
A causa de todo ello, lo que yo creía que era la realidad comenzó a volverse ambiguo e incierto y, como una persona que es consciente de que sueña, comencé a modificar las leyes físicas de mi entorno y a crear neveras gigantes con formas de pene.
Acabé cayendo en la demencia, convirtiéndome en un asesino profesional de anchoas en un desesperado intento por convertir el sueño de la anchoa parlante en una pesadilla.
Al final desistí en mi empeño y acepté la "realidad", ¿sabes porque?
EL PERRO VERDE.
El otro día me la estaba cascando, cuando de pronto una boca apareció en la palma de mi mano y comenzó a devorarme poco a poco, hasta acabar con mi existencia y haciéndome viajar a una dimensión paralela. Allí conocí a un hombre que se asombró mucho al verme y que me propuso que, si conseguía dar la vuelva al mundo en un segundo, me llevaría ante un espejo para que yo también pudiera asombrarme de mi aspecto.
El otro día me la estaba cascando, cuando de pronto una boca apareció en la palma de mi mano y comenzó a devorarme poco a poco, hasta acabar con mi existencia y haciéndome viajar a una dimensión paralela. Allí conocí a un hombre que se asombró mucho al verme y que me propuso que, si conseguía dar la vuelva al mundo en un segundo, me llevaría ante un espejo para que yo también pudiera asombrarme de mi aspecto.
Me di cuenta de que en ese mundo, un segundo equivalía a un millón de años, y
de que por cada año, a los seres de ese mundo les salía una cana verde.
Viajé durante siglos, siendo consciente de que, cuando mi cuerpo quedara repleto de canas, me moriría. Encontré trabajos en los que era menospreciado, países en los que me discriminaban y oprimían, personas que en lugar de brindarme amor intentaban domesticarme y manipularme a su antojo.
Cuando al fin conseguí dar la vuelta al mundo, era ya un viejo de un millón de años, solo y vagabundo.
Viajé durante siglos, siendo consciente de que, cuando mi cuerpo quedara repleto de canas, me moriría. Encontré trabajos en los que era menospreciado, países en los que me discriminaban y oprimían, personas que en lugar de brindarme amor intentaban domesticarme y manipularme a su antojo.
Cuando al fin conseguí dar la vuelta al mundo, era ya un viejo de un millón de años, solo y vagabundo.
Encontré al hombre que me prometió enseñarme un espejo, y me
quedé anonadado al observarme en él: era un perro viejo y moribundo, esperando
a que la muerte me abrazase y me arrancara de ese mundo cruel. Y así lo hizo.
Me morí y volví a esta dimensión, sorprendiéndome de que solo pasara un
segundo.
Todo esto hizo que mis cuestiones filosóficas y existenciales quedaran y que yo comenzara a masturbarme en solitario. ¿Sabes porque? Lo primero digo, no lo de masturbarme.
Todo esto hizo que mis cuestiones filosóficas y existenciales quedaran y que yo comenzara a masturbarme en solitario. ¿Sabes porque? Lo primero digo, no lo de masturbarme.
EL AMOR DE MI VIDA.
El otro día me estaba sacando fotos desnudo, cuando de pronto vi el reflejo de una mujer en el espejo de mi habitación y, tras vestirme, fui corriendo detrás de ella. Entonces me encontré con un enano que intentó rebanarme las bolas.
El otro día me estaba sacando fotos desnudo, cuando de pronto vi el reflejo de una mujer en el espejo de mi habitación y, tras vestirme, fui corriendo detrás de ella. Entonces me encontré con un enano que intentó rebanarme las bolas.
Haciendo uso de mis reflejos juveniles, le di una patada en la cara y lo
lancé por los aires cuál pájaro alzando el vuelo. Fui corriendo hacia donde se
encontraba y le sonsaqué toda la información que mis locuaces palabras pudieron
profesar.
Resultó que la mujer que vi en el reflejo era la esclava del enano, el cual diluía los pesares de su desarraigada vida coleccionando huevos humanos.
Tras comprender que me encontraba profundamente enamorado de esa inocente damisela, le pregunté al enano donde podría encontrarla. Él me dijo que vivía en un contenedor de basura a las afueras de la ciudad.
Fui allí con toda la rapidez que mi pasión me permitía, llevando una decepción directamente proporcional a la fuerza de esta; el contenedor había sido embargado.
En esto que aparece una seta voladora mágica, me llevó
volando a ras de las nubes y me condujo al reino de los pepinillos parlantes. Resultó que la mujer que vi en el reflejo era la esclava del enano, el cual diluía los pesares de su desarraigada vida coleccionando huevos humanos.
Tras comprender que me encontraba profundamente enamorado de esa inocente damisela, le pregunté al enano donde podría encontrarla. Él me dijo que vivía en un contenedor de basura a las afueras de la ciudad.
Fui allí con toda la rapidez que mi pasión me permitía, llevando una decepción directamente proporcional a la fuerza de esta; el contenedor había sido embargado.
Allí el tiempo pasaba más deprisa, con lo cual debía encontrarla antes de convertirme en un viejo. Entonces oí su canto. Un hermoso sonido, similar al chirrido de una tostadora averiada. Fui corriendo hacia allí, cuando de pronto me di cuenta de que era el estómago de un bebé gigante con diarrea.
Sin embargo, por allí también se encontraba mi querida damisela, que era hermosa cuál culo de mandril sin limpiar.
Hicimos el amor a la luz de la luna, gimiendo ambos de placer igual que dos cochinillos cagando.
A la mañana siguiente, cuando me desperté, descubrí que el amor de mi vida, a pesar de haberme prometido amor y pasión duraderos, se había evaporado. De ella solo quedaba un humo denso y rosado que olía igual de bien que su aroma: a materia en descomposición.
Volví a casa y me hice preguntas filosóficas y existenciales. ¿Sabes porque se evaporó
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