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domingo, 17 de febrero de 2013

El acompañante de la Dama Solitaria




El acompañante de la Dama Solitaria.
Aquel hombre era un asesino, y uno podía intuirlo con solo mirar su forma de moverse, descoordinada la cabeza con el resto del cuerpo y, a su vez, los ojos con la cabeza. Parecía estar pensado en un millar de cosas a la vez, y su rutina solía ser cambiante, o al menos eso les parecía a sus vecinos. Otra evidencia de su profesión ocurrió un día en que le aplastó la cabeza a pedradas a un hombre en medio de la calle, con muchos testigos a su alrededor que más tarde no habrían de tener el valor necesario para acusarlo de su crimen.
Su nombre era Roy, y lo llamaban Matarratas; Roy Matarratas. Y en realidad no era asesino, como la gente pensaba, ya que los asesinos tienen por misión matar a alguien y cobrar por ello; a Roy Matarratas tanto le daba matar a alguien como dar una paliza, torturar, saquear o intimidar, o incluso entrar en una batalla como soldado;  cualquier cosa que se pudiera conseguir con violencia y por la que se pagara. Era pues un mercenario, y habría de pasar a la historia como uno de los mejores y más famosos de su época.
Ya desde muy joven demostró tener vocación para su oficio, pues creció siendo un niño huérfano y sin hogar que se ganaba la comida a base de puñetazos y puñaladas. Nunca fue especialmente corpulento ni fuerte, mas bien incluso tiraba a pequeño debido a su mala alimentación y a su infeliz infancia, pero eso poco importaba a la hora de adornar las calles con las tripas de algún otro huérfano, de tal forma que antes de llegar a los trece años hasta el muchachote más grande y bruto le tenía miedo a Roy Matarratas. Aunque en realidad en aquellos tiempos era conocido como Roy Arrancatripas; lo de Matarratas vino después, cuando comenzaron a contratarlo para matar ratas humanas en los callejones y en las tabernas, a la edad de quince o dieciséis años. Era especialmente querido por su rapidez a la hora de dar cuchilladas y por su habilidad para desaparecer del lugar del crimen, motivo por el cual le ofrecieron otros muchos trabajos en otras ciudades.          
Cuando llegó a adulto se convirtió en un forajido bastante temido y conocido. Terminó por ser más alto de lo que aparentaba que iba a ser cuando era joven, y también mucho más rico, aunque en realidad era de un nivel medio en ambas cosas. Y rara vez abandonaba las cloacas en las que estaba acostumbrado a vivir y a ganarse el pan, estuviese en la ciudad en la que estuviese. Le gustaba lucir con orgullo lo matarratas que era, y lo prefería antes que cualquier otro título u honor nobiliario.
 Por este motivo nunca ganó nada en toda su vida que no fuese el miedo de los otros; ni tierras, ni títulos ni riquezas. Tenía suficiente con ser temido, era su forma simple de pensar. Y es que por simple hasta el nombre tenía: Roy, un nombre sin gracia, huella de que se lo había puesto alguna matrona de algún orfanato cualquiera antes de abandonarlo por las calles en cuanto tuvo fuerzas para caminar por sí mismo. De hecho, ni recordaba estar en ningún orfanato, aunque en realidad sí lo había estado; su recuerdo más viejo era de cuando tendría unos tres años y mendigaba junto con otros tres niños mayores que él, dos niños y una niña,  que lo llamaban Roy, seguramente porque los habían echado del mismo orfanato. Más tarde esos niños también lo abandonarían por algún motivo que no recordaba, y lo hicieron sentirse muy culpable por ello, pues siendo un niño tan joven aún como era, supuso que había hecho algo malo para que se enfadaran y se fueran. En especial lamentaba que se hubiese ido la niña, que siempre había cuidado de él y siempre había sido cariñosa.  Con el pasar de los años, perdería esta capacidad para sentir culpa por algo y conseguiría transformarlo en indiferencia.  

Todo esto fue lo que dio origen a un hombre tan despiadado y cruel como lo era él. En una ocasión tuvo que aprender a leer, pues comenzó a recibir correspondencia de parte de un desconocido que actuaba a través de esclavos, sin dar la cara ni el nombre. Consiguió hacerlo en una semana y poco, secuestrando a un escribano y pegándole, y trasnochando mucho. El escribano alabó su inteligencia y sugirió que sería buena idea presentarlo a la corte. Roy se lo tomó como una amenaza y lo tiró por un puente, matándolo.
Esto, con el paso de los años, le permitiría mantener correspondencia con una prostituta con la que se sentía identificado y a la que quería mucho. Ambos viajaban con frecuencia de ciudad en ciudad debido a sus oficios, así que cada vez que se mudaban, avisaban al otro por carta con la esperanza de que pudieran volver a encontrarse. Y así lo hacían siempre que podían, llegando a desarrollar una despreocupada relación amorosa, emocionante por el hecho de que quizás, a los pocos días, ya no volverían a verse nunca más o hasta muchos meses después. El nombre de la puta era Becca, y era la única persona que lo seguía llamando por su nombre de pila.
Un día recibió una carta de ella, pero esta era diferente a las demás; no lo ponía al tanto sobre las novedades de su vida, no le contaba sus alegrías, sus pesares, sus sueños o sus ganas de que volvieran a follar, sino que le pedía un favor; al parecer, necesitaba que matara a un cliente suyo que la maltrataba en la cama. Al dueño del burdel no le importaba que le pegaran siempre y cuando no dejaran muchas marcas, así que su única esperanza era él.
Roy Matarratas no lo dudó y, tras enfundarse en su maltrecha armadura, mató al dueño de un caballo que pasaba por una calle muy oscura a una hora demasiado imprudente y salió al galope hacia la ciudad que Becca le había indicado que estaba. Llegó al cabo de dos días de infatigable viaje, dejó al caballo en el establo, preguntó por la dirección que Becca le había indicado y que pertenecía al hombre que al cabo de media hora yacía agonizando en medio de la calle con la polla y los huevos en la boca. Después de aquello, Roy se habría de reunir con su amada y hacer con ella las cosas que los amantes siempre hacen, aunque quizás con más exceso de sexo que la mayoría, dada la fiereza emocional de ambos.   
Así era Roy Matarratas y así actuaba, y por todo ello un día recibió una visita de un soldado todo de negro que traía una carta toda negra con un sello pegado que todo el mundo en todas partes conocía muy bien.
-No me esperaba que la Dama Solitaria fuera a necesitar alguna vez de mis servicios.-dijo Roy al verla.
Escribió a Becca y partió a lomos de su nuevo caballo, y, al cabo de medio mes, llegó a la Fortaleza Negra, toda ella muy grande y parecida a como si la sacaran de algún cuento de terror, con una mujer igualmente tenebrosa viviendo en su cima.

La llamaban la Dama Solitaria, y no sin ningún motivo, pues lo cierto es que siempre estuvo muy sola, y lo habría de estar hasta el fin de sus días.
La fortaleza en la que vivía era una mole alta y enorme, siempre acosada por lluvias y vientos, toda oscura como su nombre indicaba y llena de soldados muy bien entrenados, herencia de los difuntos padres de la dama. Ya desde muy joven, la señora de la Fortaleza Negra se volvió una mujer dura y solitaria, poco habituada a relacionarse con la gente o a ser agradable con los demás. Como resultado de esta personalidad fría y aislada, la Dama Solitaria nunca llegó a aceptar  ningún compromiso con nadie, y la poca simpatía que alguna vez pudo mostrar había muerto junto con sus padres, que la abandonaron siendo ella muy joven e inmadura como para asimilar las muchas responsabilidades que le legaron. Nadie podía ofrecerle consejo ni conversación, pues su única compañía eran los duros soldados que nada sabían sobre administrar una fortaleza, solo sobre guerrear, de modo que si alguno se dignaba a hacerle caso, pronto desistía de su empeño, pues ella nunca correspondía al diálogo. Solía contestar de forma breve, muchas veces ni siquiera abría la boca y se limitaba a hacer gestos con la cabeza, y evitaba mirar a nadie a la cara, como si tuviera miedo de los hombres que la rodeaban.  A la vista de esta timidez que la carcomía cuando se trataba de dirigirse a sus súbditos, los soldados la excusaban con frecuencia a sus aposentos.
Esto a ella le gustaba, pues no quería estar en compañía de los demás, pero no resultó ninguna ayuda; al contrario, la volvió más ajena a las personas y al mundo entero. Sus aposentos se convirtieron en su mundo, y su única afición era leer, tocar el arpa o jugar con muñecas. Y así, durante años y hasta el fin de sus días, habría de permanecer atrapada en la soledad de ella misma, sin más actividad que su propio cuidado, de no ser por una cosa que cambió su vida.
Le gustaba mucho jugar con muñecas; era lo que siempre hacía con su madre y le traía buenos recuerdos. Este hábito lo habría de conservar durante toda su vida, a pesar de ser una mujer adulta; los libros que leía solían influenciar en gran medida en el argumento de sus juegos.
-Parece que te tenemos acorralada, señora de la torre.-le dijo en una ocasión un muñeco de madera a una de trapo que estaba atada a una de las patas de la cama. -Deberías dar las gracias por seguir con vida.
-Eres muy chistoso. Cuando estés dormido en tu tienda entraré y te pediré que me cuentes un chiste, y comprobaré si eres tan ingenioso cuando estás solo.-dijo la muñeca de trapo a la que llamaban la señora de la torre.
Los muñecos de madera se rieron de ella y la menospreciaron, y al caer la noche, es decir, cuando la Dama Solitaria corrió las cortinas, la muñeca de trapo se quedó sola con dos guardias. Y entonces se sacó de la manga una pequeña ganzúa, que en realidad era un pequeño alfiler, y comenzó a desatarse las cadenas que la mantenían atada a la cama, que en realidad eran sábanas. Y cuando estuvo libre, se levantó del suelo dando grandes saltos y acrobacias, y le partió el cráneo a un guardia de una patada, y luego le arrancó un brazo al otro y mientras gemía en el suelo lo remató con su propia arma que le arrebató de sus temblorosas manos. Y sigilosa como solo sus sedosas piernas podían serlo, entró en una tienda que su fiable memoria sabía que era la del muñeco chistoso, y que en realidad era una sábana encima de una silla. Había allí tres hombres, todos dormidos para su regocijo, así que, aprovechándose de esto, mató a dos de ellos y le arrancó los ojos al muñeco chistoso. Este, despierto y agonizando, se levantó y comenzó a tambalearse por la tienda, dando golpes de ciego a su atacante nocturno. Y la muñeca de trapo se rió entonces.
-Pues si que es cierto que eres chistoso.-le dijo al hombre que no paraba de tropezar, golpear el aire, llorar sangre y mearse encima.
A esto jugaba la Dama Solitaria cuando tenía doce años.
En la gran biblioteca de la fortaleza, los libros más frecuentes eran los de batallas épicas y amor; pero a la dama estos no le gustaban, pues no los entendía. El otro gran género de moda en la época eran las novelas de carácter divino, místico y metafísico; pero estos los entendía aún menos, pues nunca había asistido a ningún templo ni apenas sabía rezar.
De forma que su género favorito no podía ser otro que el de antihéroes. Sus historias favoritas pasaron a ser las de asesinos a sueldo, ladrones, pícaros, embaucadores, traidores y embusteros. Llegaron a apasionarles estos personajes, y en todo momento estaba imaginándose cómo sería la vida de uno. En parte quizás porque se sentía identificada con ellos, puesto que también eran repudiados por la sociedad y escapaban de lo que era normal y aceptado por todos. Para ella los antihéroes eran gente especial, distintos, y dado su gran desprecio por la gente normal, no era de extrañar que terminase apreciando a los que eran más como ella.

Fue por esto que decidió abandonar su confinamiento en la Fortaleza Negra y viajar a lo largo de todo el mundo en busca  de los peores forajidos que se pudiesen encontrar. Cuando daba con alguno, se lo llevaba a vivir con ella a la Fortaleza Negra, se relacionaba con él con toda sinceridad y, si a su criterio era un auténtico antihéroe, lo dejaba formar parte de su ejército; si por el contrario no lo era, lo torturaba ella misma y luego lo dejaba morir.  Pronto ya todo el mundo había oído hablar de la Dama Solitaria, y pronto también ella terminó por oír hablar de Roy Matarratas.
La relación entre los dos llegó a convertirse en un romance muy perverso y apasionado. En un primer contacto, Roy se mostró distante aunque atraído físicamente por la belleza de la dama. A ella no le gustó su olor, así que ordenó que lo bañaran y lo vistieran decentemente. De ahí en adelante, la Dama Solitaria lo convirtió en su huésped y se empeño en convivir con él y compartir la misma habitación.
A pesar de ello, y aunque obedecía en todo lo que la dama le pedía y siempre le ofrecía conversación, Roy nunca quiso ponerle una mano encima. Aunque disfrutaba de su compañía como nunca antes lo había hecho con otra persona, pues ambos compartían el mismo gusto por la violencia y la maldad, no la veía como una mujer con un agujero entre las piernas por donde se podían hundir cosas. Más bien la encontraba perversamente infantil e incapaz de hacer algo que no fuese dañar a los demás. Como ella misma había confesado muchas veces, no entendía las historias de amor.
Un día en que Roy se estaba tomando un vaso de vino en los aposentos que compartía con la dama, ella decidió ponerse a jugar con sus muñecos por primera vez desde que se habían conocido. Roy nunca había visto esta faceta de la dama, y la observó jugando con sus muñecas, sin saber si sentir curiosidad o extrañeza.
Por lo que Roy pudo deducir, los muñecos eran el padre y la madre de la dama. La madre le estaba sirviendo vino al padre en una pequeña taza de té proporcional al tamaño del muñeco; él se la tomaba, tras lo cual caía al suelo retorciéndose y derramando su contenido. Entonces dejó de moverse y se quedó quieto, muerto, y la madre comenzó a reírse, triunfante por el éxito de su conspiración; un éxito muy breve, pues el padre no tardó en reincorporarse y ponerse en pie. “Traición”, dijo, y llamó a sus pequeños guardias de madera, que se la llevaron entre peticiones y lloros de piedad, y le cortaron la cabeza.
Pero en realidad fue la dama quien se la cortó a su madre de trapo, pues la diminuta espada de madera no podía hacer lo que sus temblorosas y furiosas manos sí pudieron. Y finalmente también tiró de un manotazo al muñeco que era su padre, pues el veneno había sido lento, pero no por ello inocuo. Y así, la pequeña Ann, señora de la Fortaleza Negra, se convirtió en la Dama Solitaria, igual que Roy era un matarratas.
Después de aquello, ambos se acostaron e hicieron lo más parecido al amor que dos personas como ellos podían hacer. Roy llegó a amarla, tanto como se amaba a sí mismo, lo cual no era poco. Y durante varios meses, ambos permanecieron en compañía uno del otro, sintiendo que sus vidas estaban plenas por ello y que ya no necesitaban nada más.
    Todo esto cambió con el paso de los meses, cuando Becca, al tanto de donde se encontraba Roy y extrañada por la falta de correspondencia, decidió visitar la Fortaleza Negra. Se lo encontró en brazos de la Dama Solitaria, limpio y aseado y, por primera vez en toda su vida, feliz.
Si esto la agradó o la enfureció nunca se habría de saber; sin embargo, a la Dama Solitaria no le alegró en lo más mínimo, ni tampoco a Roy, pues resucitaba el pasado infeliz de ambos con su sola presencia.
-Mátala.-dijo la dama cuando estuvo al tanto de quien era la prostituta.
Y fue entonces cuando Roy se sorprendió de las palabras que salieron por su propia boca.
-No puedo; sería un ingrato.
Pero no había justificación posible para aquello, no al menos para la Dama Solitaria. Nada tenía que ver con celos o con envidia, pues la dama sabía que ya ninguna mujer volvería a hacer a Roy sentirse tan feliz como lo hacía ella. Era porque sencillamente un antihéroe no sentiría piedad por nadie.
Roy sabía esto, y sabía también que, si no accedía a matar a aquella mujer que había llegado a querer tanto, ambos morirían. Lo sintió muchísimo por ella cuando le cercenó la garganta de un navajazo, y mucho trabajo le había de costar contener las lágrimas. Pero fue así como finalmente la Dama Solitaria encontró la muerte.
Roy y Becca consiguieron huir de la Fortaleza Negra antes de que los soldados advirtieran el crimen que habían cometido. 

Sólo cuatro personas lo habían llamado Roy: dos niños y una niña huérfanos que lo cuidaron cuando era un bebé, y luego Becca, que lo cuidó cuando fue un matarratas. Los otros lo habían abandonado, pero Becca nunca lo había hecho, a pesar de todo, y probablemente, nunca lo haría. Nunca lo dejaría solo, al menos no hasta que la muerte sobreviniese a ambos.
    Tras muchas peripecias, consiguieron escapar a una ciudad lejana, y más pronto que tarde, la noticia de la muerte de la señora de la Fortaleza Negra llegó a ellos y a infinidad de ciudades más.
Sin embargo, y más pronto que tarde, la prometida muerte llegó a Becca de una enfermedad, haciendo que abandonase a Roy, para su desdicha. Con el pasar del tiempo, éste también murió de un flechazo durante una batalla mientras peleaba borracho.
Y aún a pesar de ello, la historia de amor de Roy Matarratas y la Dama Solitaria no terminaría ahí; después de la muerte, en lo más profundo del infierno, Roy volvería a hacerle compañía, y la observaría jugar con sus muñecas mientras el fuego de la maldad los consumía a ambos.     

Bienvenido a la villa de tu último día.

Bienvenido a la villa de tu último día.

La llamaban la Villa Final, o la Villa Última, o también la Villa de tu último día, y no sin ningún motivo, pues ciertamente era un sitio en donde solo entraba la gente que debía morir. Era una sala o cuartel subterráneo, de proporciones desconocidas al carecer de testigos o de vistas exteriores, y cuyo único acceso era a través de una puerta roja a la que se llegaba a través de un largo pasillo oscuro que a su vez servía de contacto con su villa vecina, la llamada Villa de Concentración.
Era este un sitio muy opuesto a la Villa Final, lleno de mucha gente de diversas razas y etnias, que vivían reprimidas entre sus paredes y sometidas completamente a la voluntad de unos hombres de bata blanca y armas en mano, todos ellos científicos y médicos, como no tardaría en descubrir la primera generación de personas que habitaron ese sitio.
    Para poder dar cavidad a los varios miles de personas que allí vivían, la villa tenía las proporciones de una pequeña ciudad subterránea, y sus habitantes eran todos hombres y mujeres sin familia ni amigos ni hijos, ni identidad ni pasado; ni siquiera recuerdos. Cuando accedían a la Villa de Concentración, se les inducía a un tratamiento por el cual tenían una amnesia constante e irreparable, y se despertaban al día siguiente en sus solitarias celdas, sintiendo como si toda su vida pasada hubiese sido el resultado de un sueño muy distante e imposible de recordar.

Así pues, la villa se trataba de unas instalaciones en donde se encerraba a personas para diversos objetivos, principalmente objetivos científicos. Se realizaban allí numerosos experimentos psiconeurológicos y sociales de muy dudosa ética. Para los habitantes de la villa, fuera cuales fuesen los motivos para los que los estaban usando, nunca llegó a importarles mucho, pues al margen de que habían sido llevados allí en contra de su voluntad, nunca recibían malos tratos ni se los forzaba a sufrir daños físicos. Los científicos se limitaban a llevarlos a grandes laboratorios que allí tenían y realizaban determinados experimentos y pruebas, pero nada que transgrediera su integridad física. En ocasiones, si alguien se negaba a obedecer sus indicaciones, los forzaban mediante descargas eléctricas; era aquella la única muestra de violencia por parte de los represores. Fuera de aquello, la vida podía llegar a ser cómoda y digna en la Villa de Concentración.
La gente solo tenía que salir de sus celdas para aprovisionarse de todo aquello que necesitasen: había grandes comedores en donde se servían cuatro platos al día, lavanderías para los dos pares del mismo uniforme rojo que todos llevaban, baños y duchas en cada celda, e incluso había numerosos centros sociales para que la gente pudiera reunirse y realizar determinadas actividades de ocio y cultura. La villa era una pequeña recreación de cómo podía llegar a ser una sociedad civilizada; a cambio de prestarse como cobayas humanas, tenían a disposición todo lo necesario para llevar una vida satisfactoria y confortable. Tanto era así que mucha gente de la primera generación llegó a plantearse que quizás no estuviesen allí en contra de su voluntad; quizás habían accedido a aquella cómoda y plena vida con la excepción de que les borrasen la memoria y experimentasen con ellos, y ahora ya no tenían forma de recordar susodicho trato.

Uno de estos hombres de la primera generación, un tal Héctor Valverde, compartía en gran medida aquella idea optimista y disfrutaba de su confortable vida en la villa. Iba muy a menudo a los centros sociales y tocaba el piano todos los días, para regocijo de los que lo escuchaban. Sabía hacerlo de forma instintiva, por lo que dedujo que en el pasado había sido músico; pronto se rodeó de amistades que también mostraban aptitudes para tocar instrumentos musicales, y juntos se habían puesto de acuerdo para componer una orquesta y crear el himno oficial de la villa. Ya tenían planeado tocarla para el próximo campeonato de fútbol sala que tuviera lugar. Todo giraba al compás del conformismo y de la paz en la Villa de Concentración.

Un día tan feliz como otro cualquiera, mismamente en cada tablón de anuncios de los muchos centros sociales, aparecieron unos papeles con nombres y fechas escritos en ellos. En la cabecera de cada papel ponía: “Lista de los que vais a morir”, y a continuación venían los nombres de una serie de individuos, menos de cincuenta, acompañados de determinadas fechas.
Al principio, nadie se tomó en serio lo que en esa lista ponía, e incluso la mayoría pensó que sería alguna broma puesta ahí por alguien. Muchos fueron a preguntar a los guardias de la villa sobre su significado, a lo que se limitaron a responderles, con una sonrisa mórbida ensanchándoles el rostro: “es un traslado de villa”. Pero los habitantes de la Villa de Concentración no hicieron caso y siguieron todos con sus rutinas. El único que parecía algo preocupado era un tal Gustavo, el primero de la lista, cuya fecha de fallecimiento era el 6 de Junio, dentro de un mes.

El tiempo pasó y el día llegó, y nada pareció ocurrir. A la hora de la comida, Gustavo se presentó ojeroso, pálido y cubierto de sudor, y confesó haber pasado muy mala noche al sentir algo muy extraño en el estómago. Al atardecer aparecieron los guardias de la villa, que iban ataviados con un uniforme distinto al de color azul que usaban habitualmente; ahora era de un rojo fosforescente, e iban acompañados por los hombres de bata blanca. “Es la hora, Gustavo”, dijo uno de ellos, y se lo llevaron a través de una puerta metálica que daba a un largo pasillo oscuro que a su vez contactaba con otra puerta de color rojo sangre.
Nunca más se volvió a saber nada más de Gustavo. En sus últimas palabras antes de desaparecer por la puerta roja, se lo oyó quejarse entre gemidos de “aquello que reptaba por su barriga”.    
Después de ese suceso, la paz ya nunca volvió a reinar en la Villa de Concentración. Por suerte para Héctor, ni sus amigos ni su amante figuraban en la lista de los que se iban a la otra villa, ni tampoco él. Para los que sí lo estaban, los días anteriores a sus fallecimientos estuvieron marcados por continuos ataques de angustia, alborotos y suicidios. Alguna gente aparecía ahorcada en sus propias celdas o ahogadas en el agua del retrete; otros armaban escándalos embarazosos en los centros sociales, y algunos lloraban y suplicaban a los guardias por sus vidas. Se llegaba a un momento en que todos coincidían en el mismo punto: aquella sensación de que algo reptaba desde su estómago por todo el cuerpo, como un organismo vivo que los consumiese por dentro. Héctor, por su parte, lo único que quería era que aquella lista fuese retirada y el tema quedase olvidado para siempre.
Y así ocurrió una vez todos fueron trasladados a la Villa Final, tal y como comenzaron a llamarla. La lista fue retirada y todos pudieron volver a su rutina, fingiendo que nada había ocurrido. Fue en esta época cuando Héctor tuvo su primer hijo con su amante, al que llamó Héctor Junior. Finalizó el himno oficial de la villa, y durante un tiempo, todo el mundo se olvidó de la Villa Final.
Un día, sin embargo, volvió aparecer una nueva lista. Otros cincuenta nombres figuraban en ella, todos con sus fechas del día en que iban a morir. Y para gran pesar de Héctor, el primero de ellos era uno de sus mejores amigos; un violinista reservado y de mucho talento que formaba parte de la orquesta.
En esta nueva tanda de viajes a la Villa Final, los científicos incorporaron un nuevo elemento. En cada centro social instalaron una máquina de la cual se podían extraer todo tipo de drogas con solo presionar un botón. Pastillas para sentirse más eufórico, para dormir, para relajarse, para estar más enérgico, para ser feliz sin ninguna razón. Solo aquellos que estuviesen en la lista podían acceder a la máquina y coger las drogas que quisieran.
Por lo que Héctor pudo averiguar, la mayoría de personas cogían pastillas para sentirse eufórico o alegres en un intento por vencer los miedos previos a la muerte. Pero no siempre funcionaban; una mujer, aun a pesar de haber consumidos muchas de aquellas drogas, no consiguió superar la angustia de la muerte y, por el exceso de energía que le produjeron las drogas, se arrancó los cabellos de la cabeza a tirones mientras gemía en el suelo.  
Su amigo el violinista, después de ver esto, prefirió consumir aquellas pastillas que lo relajasen y mantuviesen tranquilo. “Quiero morir tocando algo decente con el violín”, se limitó a decir. El día de su traslado llegó como otro cualquiera, y cuando Héctor, a sabiendas de que aquel hombre no tenía ningún otro amigo, se interesó por su salud y se ofreció a ayudarlo en todo lo posible, el hombre solo dijo: “Acompáñame tú a la puerta. Que no sean los guardias quienes me lleven a la fuerza para morir”. Así Héctor lo hizo, y tal como el hombre había prometido, tocó una sinfonía final con su violín mientras atravesaba el pasillo oscuro que conducía a la distante puerta roja.
Héctor lloró mucho más de lo que el violinista lo había hecho en las semanas previas a su muerte, observando como el hombre desaparecía a través de la puerta roja. Lo había estado consolando mucho, sin obtener muchas respuesta por parte de él, y ahora sentía que necesitaba ser consolado por otros.
Muchas personas, quizás en busca del mismo consuelo ante el desafortunado destino que debían afrontar, comenzaron a sacar suposiciones sobre lo que era realmente la Villa Final. Unos cuanto individuos muy respetados comenzaron a hablar sobre que quizás no era la muerte lo que los aguardara tras aquellas puertas, sino una nueva vida mucho mejor o mucho peor en función a como se comportara cada persona en la Villa de Concentración. “Si nos quisieran matar, podrían hacerlo aquí mismo sin necesidad de trasladarnos a ningún otro lado. Esto tiene que ser una prueba, y lo que verdaderamente nos aguarda en la Villa Final depende únicamente de cómo nos comportemos ahora”, solían decir.
Pronto, todos se convencieron a sí mismos de que aquello tenía que ser lo más lógico; que la muerte no les podía llegar sin ninguna razón. Héctor, sin embargo, nunca dejaría de temer a la Villa Final y a la puerta roja que ya desde la lejanía se podía distinguir que tenía formas extrañas talladas en ella. 
“Héctor Valverde, 18 de septiembre”. La tercera lista que fue colocada en los tablones de anuncios de los centros sociales comenzó así. Al principio,  Héctor pensó que era imposible que, después de su buen comportamiento elaborando el himno oficial de la villa y obedeciendo en todo momento a los hombres de bata blanca, lo seleccionaran para irse a la Villa Final.
Para cuando hubo comprendido la terrible verdad que encerraban aquellas palabras, una angustia terrible lo asoló. Estaban a día 16, lo que significaba que solo le quedaban dos días de vida. No quiso decirle nada a su amante ni a su hijo, y decidió encerrarse en su pequeña celda sin más compañía que varias pastillas para dormirse. Sin embargo, estas no hicieron efecto, y la única sensación que lo asolaba era el miedo a cuando tuviese la sensación de que algo reptaba por dentro de su organismo. Era como si su mente procesase millones de pensamientos por segundo y su cuerpo estuviese produciendo infinidad de reacciones químicas en todo momento, como una fábrica que estuviera activa las veinticuatro horas del día. Y el corazón bombeaba de una forma desagradablemente palpitante, y el estómago rugía cargado de ácido corrosivo, y el cerebro parecía un horno de alta presión; y el tiempo se convirtió en una densa y sobrecogedora atmósfera en donde costaba trabajo respirar. Héctor no pudo soportar aquello más tiempo, y cuando llegó el último día de su vida, el suicidio era la única y más paradójicas de las ideas que le nublaban la mente.
Pero no lo hizo, y fue así como llegó el día de su traslado. Sus amigos se reunieron en el centro social y tocaron algo en su honor, y antes de que los guardias vestidos con uniformes rojo fosforescente vinieran a buscarlo, se despidió de su mujer y de su hijo y se armó de valor para enfrentarse a la Villa Final.
A medida que iba cruzando el pasillo oscuro, podía distinguir mejor las figuras talladas en la enorme puerta roja que tantas veces se le había aparecido en sus pesadillas. Cada vez que se acercaba más, comprendía que no eran formas para nada agradables; y también advirtió que cada vez el ambiente se ponía más oscuro y el rojo de los uniformes de los guardias se hacía más brillante y siniestro. Llegó a la puerta de la Villa Final, y en efecto, las formas que allí habían eran tan horrendas y monstruosas que se tuvo que doblar por la cintura para vomitar el desayuno; incluso, de tanto que le impactaron, cuando miró a los guardias creyó que ellos también tenían forma de demonios terroríficos. En la parte superior de la puerta, escrito en latín, según le dijeron los guardias, ponía: “Bienvenido a la Villa de tu último día”.

Lo obligaron a entrar, y al principio, la repentina luz que había dentro lo cegó y dejó atónito. Pero cuando recuperó la vista comprendió dónde estaba; lo habían llevado fuera, al exterior, lejos de la villa. Estaba como en unas oficinas llenas de gente que lo miraban sonriendo, y al principio no supo quienes eran, pero entonces recuperó la memoria que le había sido arrebatada cuando llegó a la villa y reconoció a sus padres, a sus tíos, a su verdadera esposa y a todos sus amigos. Estaban todos allí, aplaudiéndole y dándole palmaditas en el hombro mientras le gritaban con euforia: “ya casi lo has conseguido”. Y supo entonces Héctor que debía salir fuera y volver a su vida de antes, y olvidarse de la Villa Final para siempre.
Esto sin duda sería lo que a los habitantes de la Villa de concentración les hubiese gustado creer que le sucedió a Héctor, pero no por ello fue lo que realmente ocurrió. Lo cierto es que la Villa Final albergaba los más crueles horrores que podía pasar por la mente humana. Allí era donde tenían lugar los auténticos y más importantes experimentos a los que se dedicaban los científicos de la villa. Los más indescriptibles horrores y mutilaciones lo acosarían hasta que finalmente moriría de dolor.
Esto era lo que pensaban los más pesimistas habitantes de la villa, pero tampoco es la realidad.    
Lo que hay al otro lado de la puerta roja nunca llegó a saberse, e incluso, muchos años después de que la villa quedara inhabitada y abandonada por sus fundadores, los hombres que intentaron acceder a su interior nunca más volvieron a salir.
Héctor Valverde se limitó a abrir aquella puerta roja a la que tanto miedo le tenía, armándose de todo su coraje para ello y olvidándose de la criatura que reptaba por su interior, que descubrió que en realidad no era otra cosa que miedo, como cuando pensó que los guardias rojos eran demonios.
Nadie lo forzó a entrar. Y finalmente, la puerta se abrió y Héctor al fin llegó al objetivo por el cual había sido reclutado todo aquel tiempo en la Villa de su último día.

¿Adónde van los barcos errantes?


¿Adónde van los barcos errantes?
Todos adoraban a la capitana del barco, pues era una mujer con una enorme empatía, más incluso que la mayoría de mujeres. No mostraba inconvenientes en mostrar todo su cariño a los tripulantes, llorando por ellos siempre que padecían alguna tragedia, en muchas ocasiones lloraba más de lo que ellos mismos hacían. Y es que si la tripulación del Ultimate necesitaba a un capitán de estas características, era porque su camino estaba plagado de penurias por todas partes.
Se decía que aquel barco sufría de una peste terrible, tanto que no se le era permitido fondear en ningún puerto, por lo que estaba condenado a vagar sin rumbo por los mares hasta que la peste se los llevase a todos. Consistía en un trasatlántico bastante grande, que había albergado a una ingente cantidad de personas en un principio, aunque ahora solo tenía a unas pocas docenas. Y su capitana los amaba a todos, a cada familia y a cada marinero que quedaban con vida, e incluso seguía amando en la oscura noche y al amparo de una vela a aquellos que ya se habían ido.
Otro motivo por el que los tripulantes la adoraban era porque había prometido un destino mejor para todos.
-Conozco una isla en donde podremos desembarcar.-les había prometido.
-Pero, mi capitana, ¿acaso no moriremos de todas formas consumidos por la peste, estemos o no en tierra?-preguntó un marinero.
La capitana negó con la cabeza, conteniendo las lágrimas, como hacía de costumbre.
-He visto ya antes esta peste cuando trabajaba en Singapur. Es de difícil cura, pero en la isla a la que nos dirigimos encontraremos la salvación. Allí podremos hacer frente a la peste y vivir para siempre.-afirmó con convicción.
Aquello llenó de ánimo a la tripulación, aún a pesar de ser una promesa muy vana. En los días que siguieron, todos los tripulantes que quedaban se congregaron en la cubierta del barco, en torno a la capitana, y la escucharon hablar sobre aquella isla.
-Allí el clima es tropical, agradable. Hay tantos bananeros y palmeras, que podríamos vivir todos comiendo solamente plátanos y cocos por el resto de nuestras vidas.-afirmó con una sonrisa, haciendo que todos sonriesen a su vez.-Pero también hay animales; no animales salvajes, sino ganado que allí dejaron unos granjeros antes de irse, extenso todavía. Hay ríos y lagos por todas partes, para que puedan jugar los niños, e incluso un viejo poblado abandonado con hospital y biblioteca. Todo nos irá bien cuando lleguemos allí, os lo prometo.
A partir de entonces, cada día, a las nueve de la noche, todos los tripulantes se reunían de nuevo en torno a la capitana para oírla hablar sobre la isla. Ella cada día les contaba una cosa nueva, cada cual más maravillosa y esperanzadora que la anterior, y los tripulantes cada día la amaban más, hasta el extremo de que, ayudándose unos a otros, arrancaron madera de los camerinos abandonados y erigieron una estatua en su honor justo en la proa del barco. Ella se emocionó tanto, que decidió que, cuando llegasen a la isla, aquel día fuese considerado un festejo.
Sin embargo, la peste no tuvo clemencia de nadie. Como un demonio oscuro, se paseaba por el barco y escogía al azar a quien llevarse y a quien dejar. Y estaba bien claro que no tenía pensado dejar a nadie con vida. Las muertes continuaron a pesar de las promesas y de las esperanzas.
Lo peor de todo eran sus síntomas; la muerte tardaba mucho en llegar, y durante ese largo tiempo, la agonía era insoportable. La piel se pudría encima de la carne, y muchos órganos se llegaban a vomitar por la boca, envueltos en sangre negra y apestando a descomposición.
Pasaron meses desde que la capitana hiciera su promesa y, aunque los tripulantes la seguían amando, el escepticismo comenzó a apoderarse de ellos.
-¿En que momento se nos pudo pasar por la cabeza que existe una isla mágica en donde se solucionarán todos nuestros problemas?-dijo un día Ned, uno de los oficiales de abordo que seguía con vida, un soldado tenaz.
-No hables así, aún te va a escuchar la capitana.
-¿Y que va a hacerme? ¿Va a matarme? ¿Va a hacerme sufrir?
-No hables así de ella. Sabes que es muy buena, si te oyese se sentiría triste y decepcionada. ¿No querrás que pase eso, verdad?
Ned escupió al suelo y negó con la cabeza.
-Olvídate de la capitana y olvídate de esa isla de mierda. Si quieres hacer algo útil, mira a la peste de frente y enséñale que no le tienes miedo. Morirás, cierto, pero lo harás siendo fuerte, mandándolo todo a la mierda, y la fortaleza es lo que más necesitamos ahora, no soñar con polleces sobre una isla maravillosa.
Al día siguiente, alguien le había prendido fuego a la estatua de la capitana. Mientras todos iban corriendo a apagar el incendio, llorando y gritando, Ned se metió en el camerino de la capitana, la cual estaba profundamente dormida debido a unos somníferos que Ned había puesto en su bebida.
A la mañana siguiente, el cadáver de la capitana apareció flotando a la deriva, con una tajada de oreja a oreja. Todos quisieron recuperar su cadáver, pero el barco ya estaba muy lejos y no era posible. Varios marineros se tiraron al mar para traerla de vuelta, pero nunca más se supo de ellos.
-Ned ha matado a la capitana.-fue lo que comenzaron a decir entre ellos los tripulantes.
Ned no negó la acusación.
-Adelante, intentad matarme si sois capaces. Me enfrentaré a todos vosotros y cuando os haya vencido, seré más fuerte.
Aquella noche, todos quisieron apresarlo, y casi todos murieron, pues Ned se había desecho previamente de todas las armas del barco salvo las que él tenía. Algunos tripulantes se rindieron a su autoridad, prometiendo obediencia. La peste era la única enemiga que le quedaba al tenaz Ned.
-Estoy listo. Ven cuando quieras.-le gritó con fuerza.
Y estuvo toda la noche aguardando la respuesta, paseando de proa a popa con sus armas en la mano, completamente ebrio de fiereza.
Sin embargo, no fue con la peste con lo que se encontraron a la mañana siguiente; lejos, en el horizonte, se podía discernir lo que, sin lugar a dudas, era una isla. Y Ned, lleno de ira y escepticismo, negándose a asimilar sus propios sentimientos, cogió el timón del barco y viró en sentido contrario.

Amores y prejuicios.


Amores y prejuicios
El protagonista de esta historia se trata de un muchachito sumamente preocupado por su orientación sexual. Su pavor por ese tema es tan grande que llega hasta el extremo de odiar a cualquier persona que se siente atraída por alguien de su mismo sexo. El amor y los prejuicios lo hicieron perder la cordura.
Tenía veintidos años antes de eso y se dedicaba a escribir comics junto con un amigo suyo que resultó ser homosexual. Lo supo el día en que, estando los dos desnudos en el vestuario del gimnasio de la ciudad, su amigo le propuso hacerle una felación; él consintió al pensar que debía de ser una muy ocurrente broma, pero cuando su amigo le cogió el pene y se lo introdujo en la boca, su amistad terminó junto con la gracia del chiste.
Después de aquello, decidió buscarse a un nuevo dibujante para su comic; para evitar que se repitiera el incidente de antes, se aseguró de que fuera mujer. Y así fue como conoció a Ramona, la mujer que, con el paso del tiempo, se convertiría en la protagonista de sus sueños.
No era especialmente agraciada ni simpática, pero el protagonistas de esta historia tampoco lo era, motivo por el cual comenzó a sentirse interesado en ella. Al principio su relación fue de lo más formal, pero la creatividad que requería de ellos la elaboración del comic terminó por unirlos y convertirlos en buenos amigos. No faltaron los intentos por parte del protagonista de esta historia por sugerirle a ella, siempre de forma muy sutil, mantener relaciones sexuales. Sin embargo, la tal Ramona no parecía interesada en lo más mínimo.
Pasaron los meses y ya hacía mucho tiempo que el protagonista había desistido en su intento por seducir a su compañera de trabajo; ella, como respuesta a esto, comenzó a abrirse más a él y a realizarle confesiones personales. Fue así como el protagonista descubrió que ella había estado muy pocas veces con un hombre, y que en ninguna de ellas obtuvo placer. Su órgano sexual era completamente frígido al contacto con el de los hombres, y aquello llenó al protagonista de angustia, pues eso sugería que ella debía de ser homosexual. Sin embargo, un día en que le contó, de forma muy sutil, si sus temores eran ciertos, ella lo negó rotundamente.
-No, no creo. Me daría asco estar con una mujer, je, je, je.-dijo.
El tiempo siguió pasando y, tras mucho trabajo, consiguieron finalmente terminar juntos el comic. La noche en que al fin le dieron el último retoque se ilusionaron tanto con el resultado que fueron de fiesta y terminaron emborrachándose. El protagonista, astuto en lo relativo al sexo como solo un hombre excitado puede serlo, se las apañó para, al fin y con mucho deseo, llevarla a la cama para mantener relaciones sexuales.
-Dios… cuanto tiempo deseando esto.-le iba diciendo mientras la desvestía y le daba besos por todo el cuerpo.-Mmmm… siii, que gustito da. Dios, eres preciosa, oh si, mmm, si, como me gustas.
Entonces, mientras le pasaba la lengua por el ombligo sin prestar atención a su entrepierna, le agarró las bragas y tiró de ellas. Lo que allí quedó revelado era algo que el protagonista desearía no haber revelado nunca.
-Oh no, oh no, oh no. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?-decía mientras gemía en el suelo y se tiraba de los pelos con mucha fuerza, y mientras procuraba apartar la vista lo máximo posible del enorme pene que había entre las piernas de su compañera de trabajo.-Esto es una mentira. ¡Una mentira! ¡Mentiraaa!

Pasaron cinco años desde que el protagonista fuera internado en un manicomio. Allí era feliz y vivía con sus muy heterosexuales compañeros, alejado de aquellos monstruos tanto psicológicos como físicos que acechaban en el exterior. A veces mantenía relaciones sexuales con una amiga suya que allí había y que decía odiar los clítoris.
-Ojala hubiera nacido con pene.-bromeó un día en que estaban liándose a escondidas.
-¡No!-fue la respuesta del protagonista.-¡No digas eso! ¡Eso es mentira! ¡Mentira! ¡Aaaaaah!

sábado, 2 de febrero de 2013

Minirrelatos pajeros.



EL DUENDE.
 El otro día me estaba tirando un tremendo truño en el baño, cuando de pronto fui abducido por extraterrestres
Allí, en el centro de la nave, desnudo de cintura para abajo y con la mierda todavía asomando por mi ano, observé como los extraterrestres estudiaban mis reacciones para poder analizar el comportamiento humano. Me tiraron piedras, me quemaron el bello púbico, me mojaron con agua helada y me sedujeron con el holograma de una mujer desnuda
Me tenían encerrado en una celda aislada para que no pudiera escapar, mientras ellos practicaban extraños ritos satánicos en otra sala de la nave.
Un día, mientras me masturbaba, me puse tan nervioso que, sin querer, me torcí el pene. Los médicos me llevaron a la enfermería pensando que sería algo grave, lo cual me brindó la oportunidad de aturdirlos con un par de golpes de kárate y buscar la huida.
Sin embargo, me perdí y fui a parar a la sala de ritos religiosos, donde estaban todos los extraterrestres adorando a la estatua de un duende satánico.
Dicho rito consistía en tomar docenas de cápsulas alucinógenas, lo que me dio la oportunidad de alcanzar la figura del duende sin que nadie se enterara y huir con ella. Los extraterrestres, al darse cuenta de esto, intentaron matarme, pero yo usé al duende como rehén y conseguí que me indicaran la salida de la nave. Me tiré al vacío y caí en un lago. Había vuelto a casa.
Sin embargo, al volver a mi habitación, observé que el duende no era un simple duende. Tenía la facultad de revelarle el futuro a todo aquel que consumiese drogas cerca de él.
Un día, mientras me fumaba un porro de maría en un parque junto a la estatua del duende, caí al suelo rodeado por un holocausto de revelaciones, viendo, en cuestión de segundos, todo mi futuro pasar ante mis ojos. Tal información hizo que la luz de mi alma se apagase y que mi mente cayese en la demencia, a pesar de haber vislumbrado un futuro próspero y magnificente. ¿Sabes a que se debió dicha reacción, al margen del hecho de que estaba fumado?

EL CIELO.
 El otro día estaba manteniendo relaciones sexuales, cuando de pronto caí en la cuenta de que lo estaba haciendo con un hombre y me morí de un infarto 
Me desperté en el cielo, para mi gran pesar y desazón, y me sorprendí de que el cielo no fuera como creía; era una enorme isla de dulces, con soldados de turrón duro y prostitutas echas con bombones. Allí todo era dulce, bondadoso y sencillo.
Decidí disfrutar de mi buena ventura y, como haría toda persona inteligente al encontrarse en una isla de dulces, me senté en un rincón aparte y me masturbé en solitario. Incluso mi eyaculación era chocolate blanco
Entonces apareció un chicle de menta, alegando ser el dueño de la isla y, sin darme tiempo siquiera a limpiarme la mano, me encadenó a una cuerda de regaliz y me llevó a las minas de galletas
Allí trabajé día y noche, hasta que las manos me sudaban zumo de piña y por la nariz me salía helado de vainilla.
Caí en un trance existencial y fui arrojado a una fosa común, dado por muerto.
En el cielo, cuando mueres, vas parar al infierno. Sin embargo, yo no había muerto. Debía encontrar la forma de volver a casa.
Como todos me daban por muerto, me infiltré en el palacio del chicle de menta y entré en su habitación, donde lo sorprendí masturbándose con una piruleta. Todos conocen la rivalidad que existe entre los chicles y las piruletas; su intento de confraternizar en los chupas con corazón de chicle no es más que una tapadera para ocultar la tremenda rivalidad que hay entre ambos.
De forma que decidí hacerle chantaje con revelarles a todos su extraña vida personal si no me decía la forma de huir del cielo.
Y así lo hizo.
Me reveló un enorme retrete a través del cual se accedía al mundo de los vivos. Me metí dentro, sumergiéndome en un agua llena de excrementos y cayendo al vacío.
Volví a mi cuerpo, sobre la camilla del hospital y, tras plantearme numerosas cuestiones existenciales y filosóficas, comprendí que en realidad no había ido al cielo. ¿Sabes a donde fui?

LA SOMBRA.
El otro día me estaba hurgando en el ano mientras me hacía preguntas filosóficas y existenciales, cuando de pronto sentí un tic en mi pierna izquierda y me propiné, involuntariamente, un rodillazo en el huevo izquierdo, teniendo como resultado alucinaciones con una ardilla hecha de queso y que podía hablar con una mujer desnuda que decía ser la respuesta al origen del universo, y con una sombra gigante que no estaba proyectada en el suelo, sino que era en 3D, y que, a su vez, proyectaba sobre el suelo la imagen de un hombre con cara de retrasado (una sombra que proyectaba a un hombre, una paradoja viva). 
Cuando recuperé la compostura, me di cuenta de que había viajado 18 años en el tiempo, presenciando mi propio nacimiento e inundándome la mente con preguntas existenciales.
Estuve observándome durante 18 años, en forma de sombra, viéndome de nuevo crecer y presenciando los momentos cumbres de mi vida, hasta llegar al momento en que me empecé a hurgarme en el ojete.
Finalmente, dejé de ser una sombra y volvía a ocupar mi cuerpo, volviendo al presente y, posteriormente, masturbándome en solitario mientras me olisqueaba el dedo.
Y cuando llegué al clímax, fui inundado por una sarta de revelaciones e iluminaciones que hicieron que quedara siete días y siete noches en coma, en un estado divino. Me desperté y, a pesar de llevar siete días durmiendo, solo me parecieron unos segundos.
Entonces comprendí que todas mis preguntas filosóficas y existenciales habían quedado respondidas, ¿sabes porque?

EL SUBCONSCIENTE
El otro día estaba viendo una película porno, cuando de pronto sufrí un derrame de semen y quedé inconsciente, adentrándome en el mundo de mi subconsciente. 
Allí descubrí que nuestro mundo no es real, y que solo mientras dormimos somos conscientes de ello, ya que nuestro subconsciente sabe que nada es real. En las profundidades más recónditas de nuestra mente yace la verdad sobre el mundo real, y para poder despertar, debemos encontrar esa verdad.
Así que me dispuse a buscar esa verdad oculta. Estuve lo que a mi me parecieron años, décadas buscándola, hasta que por fin caí en la cuenta de que se encontraba en el interior de la boca de un león adicto a los huevos.
Le enseñé las pelotas para atraerlo a una trampa que coloqué en el suelo y conseguí capturarlo y extraerle lo que tenía dentro.
Entonces me di cuenta de que la realidad no existía, que todo era el producto del subconsciente de una anchoa parlante y que nosotros solo éramos parte del sueño de dicha anchoa.
Me desperté y, tras asimilar esta terrible verdad, me puse a plantearme cuestiones filosóficas y existenciales a la par que me masturbaba en solitario.
A causa de todo ello, lo que yo creía que era la realidad comenzó a volverse ambiguo e incierto y, como una persona que es consciente de que sueña, comencé a modificar las leyes físicas de mi entorno y a crear neveras gigantes con formas de pene.
Acabé cayendo en la demencia, convirtiéndome en un asesino profesional de anchoas en un desesperado intento por convertir el sueño de la anchoa parlante en una pesadilla.
Al final desistí en mi empeño y acepté la "realidad", ¿sabes porque?

EL PERRO VERDE.
 El otro día me la estaba cascando, cuando de pronto una boca apareció en la palma de mi mano y comenzó a devorarme poco a poco, hasta acabar con mi existencia y haciéndome viajar a una dimensión paralela. Allí conocí a un hombre que se asombró mucho al verme y que me propuso que, si conseguía dar la vuelva al mundo en un segundo, me llevaría ante un espejo para que yo también pudiera asombrarme de mi aspecto. 
Me di cuenta de que en ese mundo, un segundo equivalía a un millón de años, y de que por cada año, a los seres de ese mundo les salía una cana verde.
Viajé durante siglos, siendo consciente de que, cuando mi cuerpo quedara repleto de canas, me moriría. Encontré trabajos en los que era menospreciado, países en los que me discriminaban y oprimían, personas que en lugar de brindarme amor intentaban domesticarme y manipularme a su antojo.
Cuando al fin conseguí dar la vuelta al mundo, era ya un viejo de un millón de años, solo y vagabundo.
Encontré al hombre que me prometió enseñarme un espejo, y me quedé anonadado al observarme en él: era un perro viejo y moribundo, esperando a que la muerte me abrazase y me arrancara de ese mundo cruel. Y así lo hizo. Me morí y volví a esta dimensión, sorprendiéndome de que solo pasara un segundo.
Todo esto hizo que mis cuestiones filosóficas y existenciales quedaran y que yo comenzara a masturbarme en solitario. ¿Sabes porque? Lo primero digo, no lo de masturbarme.

EL AMOR DE MI VIDA.
 El otro día me estaba sacando fotos desnudo, cuando de pronto vi el reflejo de una mujer en el espejo de mi habitación y, tras vestirme, fui corriendo detrás de ella. Entonces me encontré con un enano que intentó rebanarme las bolas. 
Haciendo uso de mis reflejos juveniles, le di una patada en la cara y lo lancé por los aires cuál pájaro alzando el vuelo. Fui corriendo hacia donde se encontraba y le sonsaqué toda la información que mis locuaces palabras pudieron profesar.
Resultó que la mujer que vi en el reflejo era la esclava del enano, el cual diluía los pesares de su desarraigada vida coleccionando huevos humanos.
Tras comprender que me encontraba profundamente enamorado de esa inocente damisela, le pregunté al enano donde podría encontrarla. Él me dijo que vivía en un contenedor de basura a las afueras de la ciudad.
Fui allí con toda la rapidez que mi pasión me permitía, llevando una decepción directamente proporcional a la fuerza de esta; el contenedor había sido embargado.
En esto que aparece una seta voladora mágica, me llevó volando a ras de las nubes y me condujo al reino de los pepinillos parlantes.
Allí el tiempo pasaba más deprisa, con lo cual debía encontrarla antes de convertirme en un viejo. Entonces oí su canto. Un hermoso sonido, similar al chirrido de una tostadora averiada. Fui corriendo hacia allí, cuando de pronto me di cuenta de que era el estómago de un bebé gigante con diarrea.
Sin embargo, por allí también se encontraba mi querida damisela, que era hermosa cuál culo de mandril sin limpiar.
Hicimos el amor a la luz de la luna, gimiendo ambos de placer igual que dos cochinillos cagando.
A la mañana siguiente, cuando me desperté, descubrí que el amor de mi vida, a pesar de haberme prometido amor y pasión duraderos, se había evaporado. De ella solo quedaba un humo denso y rosado que olía igual de bien que su aroma: a materia en descomposición.
Volví a casa y me hice preguntas filosóficas y existenciales. ¿Sabes porque se evaporó