Vistas de página en total

domingo, 12 de mayo de 2013

Escritores pedorros a los que odiamos.

Usualmente, cuando eres escritor o aspirante a escritor, y te sientas delante del ordenador o de la máquina de escribir o de un cuaderno en blanco con toda la intención de contar una historia, siempre sueles enfrentarte al mismo dilema: "¿Qué carajo escribo?".
 Y ciertamente, es algo muy paradójico ya que, antes siquiera de sentarte a intentar escribir algo, seguramente hayas tenido, por unos casuales momentos de inspiración, buenas ideas e incluso hayas ideado todo un desarrollo de la trama, caracterización de los personajes, estilo narrativo, etc. Sin embargo, cuando sientes que tu mente ya está saturada de ideas y de datos que han salido de tu iluminada inspiración y te dices a tí mismo "caray chacho, va siendo hora de sentarte a escribir y hacer algo útil con el tiempo que has invertido soñando e imaginando", resulta que no sabes por dónde empezar. Miras la hoja en blanco, piensas, la vuelves a mirar, vuelves a pensar, escribes una frase pero al momento de escribirla ya no sabes cómo escribir la siguiente... sientes que la idea de tu gran historia está ahí, en tu mente, pero no sabes cómo transcribirla al papel. No sabes cómo llegar hasta ella.  
Y esto, mis queridos y buenos amiguitos, es lo que diferencia a un buen escritor, uno con talento, de uno mediocre: en la forma en que se las apaña para llegar a esa idea que han ideado, para abrirse camino palabra a palabra, frase a frase, párrafo a párrafo, hasta alcanzar al fin el núcleo de su historia, el motivo por el cual han querido contarle algo al mundo en lugar de... no se, de hacer churros.

 Porque buenas ideas podemos tenerlas todos, pero, ¿talento para saber contarlas? Eso ya es algo un poco más exclusivo. Los pintores tienen una gran inteligencia espacial para poder reflejar en el lienzo cualquier cosa que imaginen, los músicos tienen gran inteligencia para saber cómo combinar notas musicales y tocar una melodía, y, por ende, los escritores tienen una gran inteligencia para profundizar en sus ideas y saber transmitirlas. Saben llegar al meollo del asunto y, una vez llegan a él, saben contártelo de tal forma que no pienses que estás hablando con un adolescente pasado de marihuana.
Aunque, claro, no todos los que se llaman a sí mismos escritores poseen dicho tipo de inteligencia, ni siquiera aquellos de mayor éxito. ¿Cuántas veces, queridos y bienamados lectores, mientras leéis un best-seller, detenéis un momento la lectura y, con una expresión de completo aburrimientos, os preguntáis a vosotros mismos?: "¿por qué en este capítulo de veinte páginas todo cuanto hace el inspector Harrington es prepararse un café, y todo lo interesante del capítulo es que al final recibe una carta misteriosa... de la cual no volvemos a saber nada hasta cuarenta páginas después?". La más que probable respuesta sea que el escritor, enfrentándose a ese mismo dilema que especifiqué al principio ("¿qué carajo escribo?"), no tuviera ni la más remota idea de cómo llegar al meollo del asunto (el recibimiento de la carta), y haya decidido escribir y escribir y escribir y escribir y escribir y escribir y escribir un montonazo de cosas que no vienen a cuento hasta que, milagrosamente, "válgame el amor del amor hermoso, ¡ya lo tengo!", y entonces se le ocurre lo de la carta misteriosa, que es un cliché perfecto para dar lugar a una trama. Es decir, el escritor por cuya obra pagaste veinte eurazos es un tremendo pedorro sin talento. Si ese tan pedorro individuo tuviese un mínimo de habilidad como pensador y transmisor de pensamientos, se habría saltado la muy inútil escena de quince páginas en donde el inspector Harrintong se prepara un café con tostadas y huevos revueltos, todo ello una excusa para poder rellenar páginas y páginas, y habría encontrado una forma mucho más inteligente de llegar al meollo del asunto, es decir, de llegar a la idea que quiere contar con su historia. Eso es lo que significa ser un buen escritor.
Y ejemplos como éste existen a manos llenas en la realidad; escritores que publican libros enormes, voluminosos y pesados como bloques de cemente, y cuyo contenido realmente no sólo es que resulte escaso, sino que, ademas, es banal, superficial, sin ningún tipo de profundidad que haga que cuando termines de leerlo pienses "vaya, ahora veo el mundo con otros ojos". Lo más que llegas a experimentar con esos libros es algunas horas de entretenimiento y un montón de esfuerzo ocular desperdiciado.
Kent Follet (ese escritor cuyos libros pueden romper baldosas si se te caen al suelo), Dan Brown (ese escritor cuyos libros están, o parecen estar, muy bien documentados pero que, cuando te paras a pensar, te das cuenta de que sus tramas no son sólo pedantemente hollywodienses, sino que además carecen de coherencia), Stephen King (el escritor al que todo el mundo adora), Stephenie Meyer (la escritora a la que NADIE adora), Patrick Rothfuss (el escritor de "El Nombre del Viento" y su más que decepcionante y pedorra secuela), Thomas Harris (ese escritor cuyas películas son mejores que las obras en las que se basan), Suzanne Collins (la escritora de "Los Juegos del Hambre", esos estúpidos libros adolescente cuyos fans intentarán convencerte de que son libros cargados con contenido social, político y dramático, pero que hasta el más idiota es capaz de darse cuenta de que es otra estúpida historia romanticoempalagosona) y un largo etcétera de escritores que escriben y escriben y no cuentan gran cosa, o al menos nada que justifique la enorme extensión de sus obras. 
El propio Stephen King tiene reconocido en múltiples ocasiones que, cada mañana, se sienta delante del ordenador y se limita a escribir durante horas, miles de palabras por día, como una rutina. En vez de decir "hoy voy a lavar el coche y a sacar al perro" dice "hoy voy a escribir diez mil palabras sobre... no se, un chico que escribe en un blog y recibe la respuesta de un usuario que en realidad... es un fantasma". Un escritor de verdadero talento no haría eso, no consideraría el arte de contar historias como una simple rutina. Un escritor de verdad, después de haber dedicado horas reflexionando sobre un determinado tema o idea o sentimiento, buscaría la forma de expresarlo de tal forma que emplee las palabras justas y necesarias; ni una coma, ni un adjetivo, ni una sílaba de más o de menos; limitarse a expresar eso que quiere expresar al mundo de la mejor forma que se le ocurra, rebanándose los sesos para ellos, tachando y borrando y sudando sangre hasta encontrar la forma de llegar al meollo del asunto.
   Esos escritores, muchas veces, después de horas y horas de introspección y de darse cabezazos contra las paredes, tan sólo llegan a escribir una página o menos en un día; pero poco importa, ya que esa página tendrá una verdadera calidad literaria que las tropecientas páginas de muchos best-sellers no son capaces de igualar. Puede darse el caso de que un escritor haya profundizado tanto en el tema de su libro y le haya dedicado tanto tiempo que las palabras le salen solas y en un día escribe medio libro, cierto; pero poco importa eso, la cuestión no es el tiempo en que se haga, sino el cómo. Escribir por el simple hecho de escribir, de forma rutinaria, por rellenar un libro destinado a valer una cifra de dos dígitos y que será un best-seller seguro gracias al nombre que viene impreso en su portada, no es una buena forma.
Estos mismos escritores mediocres que no profundizan hasta el hartazgo en el tema del que tratan sus obras, suelen recurrir a todos los tópicos propios del género al que pertenece el libro y que saben que van a gustar a un mayor número de lectores. "¿Para qué ser creativo si ya me conozco de memoria los elementos que van a agradar a todos y van a vender más?", es lo que seguramente digan. El resultado de su "creatividad" son libros auténticamente pedantes, pedorros por repetir los esquemas que ya estamos más que hartos de leer. ¿Nunca os ha pasado que, leyendo un libro, tenéis la impresión como de que eso ya lo habéis leído, que no os es nuevo, que es lo típico en un libro de su género? Esa sensación es la peor que se puede experimentar no sólo en la literatura, sino en cualquier forma de arte: la certeza de que lo que hay ante tí no es original. Es una sensación tan vomitiva que, muchas veces, no solo dejas de leer el libro en cuestión, sino que te niegas a volver a leer nada de ese autor. Te das cuenta de que es un escritor mediocre.
Lo mejor que se puede decir de los escritores mediocres es que, en su mediocridad, consiguen hacer que los escritores de verdad brillen con más intensidad y, además, en cierto sentido son malos aprendices de estos últimos, lo cual puede brindar a los lectores menos expertos un acercamiento a las creaciones de los pioneros en la literatura. Leyendo a Stephen King puedes decidir leer a Lovecraft o a Poe, por ejemplo.

En definitiva, el arte de escribir no es como el arte de fabricar palitos de pescado en una industria; no es cuestión de saber lo que a la gente le gusta y repetir y repetir, y fabricar X cantidad de páginas al día por el simple hecho de no saber qué escribir. Es un proceso creativo que requiere de una profundidad que pocas personas logran alcanzar. Por algún motivo, muchos de los mejores escritores son aquellos con una personalidad introvertida, fuertemente anclados en su propia mente y que, en ocasiones, incluso llegan a padecer algún tipo de trastorno o problema mental; porque ese es precisamente el talento que los diferencia de un empresario de la industria de los palitos de pescado.