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sábado, 12 de julio de 2014

Confesiones de Irreverentes: El Asunto del Villano, el Punk Idiota y la Puta Rusa

En esta vida hay dos clases de personas: los mediocres carentes de visión que se casan, tienen hijos, compran una casa y plantan un árbol sólo para después caer en la cuenta de lo miserables e insignificantes que son sus vidas; y luego están los inteligentes, los que pueden predecir toda esa mierda y actuar a tiempo para evitarla de tal forma que se convierten en dueños de sus vidas y de las de otras muchas personas. Los de la segunda clase suelen trabajar para mí.

Y veréis, ¿quién demonios soy yo? En respuesta a esa pregunta os diré que se me conoce por ser el propietario de varias refinerías de petróleo a lo largo y ancho de todo el condado.... pero bueno, todos sabemos que eso no es del todo cierto, ¿verdad? Soy un villano al fin y al cabo, lo pone arriba en el jodido título, ¿no? A eso hemos venido. ¿Quién soy de verdad? A mí me gusta referirme a mí mismo como "el líder de una organización de seguridad no estatal", o "jefe de una fuerza armada no gubernamental". O lo que es lo mismo, "un puto mafioso". Me llamo Lester Cohpen.

Comencé trabajando como ingeniero químico en varias centrales térmicas hasta que conseguí acumular el dinero suficiente como para abrir mi primera refinería junto con otros socios. Luego conocí a mi colega Floriberto, un chicano de no sé dónde que me enseñó algo importante: rompiéndole las piernas a la gente adecuada es la forma más rápida para ascender en esta vida. Muy sabio mi amigo Flor; un día no sé quién le rompió las piernas por no sé qué y no volví a saber más de él. Pero bueno, gracias a su sabiduría y a algunos de sus contactos, no tardé en despachar a mis socios y en hacerme con el control de lo que hoy en día se conoce como Cophen Company. Y eso que todavía no había conocido a Hanza y a Carlos Flores, mis dos socios más leales y que llevaban parte de mi imperio.

Hanza y Flores, Flores y Hanza. Es como tener a dos perros pero más tontos. Los dos se conocieron después de que Hanza secuestrara a Flores para que sus padres le mandasen doscientos duros con los que pagar las facturas del teléfono. Tuvo que mandar un Whatsapp para pedir el rescate y, tras confirmar que no era una broma, la policía registró su número y dio con él. Encontraron a Flores en el sótano, que al parecer había estado ahí encerrado dos días, sin bebida y teniendo que cagar en un rincón. Al día siguiente liberaron a Hanza por... por pena, supongo, y Flores fue a reunirse con él. ¿Pensáis que le dio una paliza en venganza, o que al menos lo insultó o algo? No, se le plantó delante y le dijo, "eh tío, qué tal... como me molaron las lonchas de queso que me pasabas por debajo de la puerta, ¿de qué marca eran?" A partir de entonces son amigos inseparables. Lo mejor de la anécdota es que, al final del día, Hanza le preguntó, "oye... y la cagada que me dejaste en el sótano, ¿quién la va a limpiar?"

No me cabe duda de que ambos eran tipos fieles a su manera, pues eran demasiado estúpidos para traicionarme. Sin embargo, y teniendo en cuenta que con mi amplia red de prostitución... ¡ah, si, casi se me pasa! Se me olvidó hablaros de mi red de prostitución. Qué despistado por mi parte. Veréis, dos años después de fundar mi compañía me di cuenta de que la sociedad me había dado mucho sin que yo le pagara de vuelta. Me ganaba la vida matando, mutilando, vendiéndole drogas a críos y haciendo no sé qué de petróleo. Tenía que darle al mundo algo de vuelta, ¿y qué mejor que un montón de mujeres obligadas a vender su cuerpo? Al principio nos hacíamos con heroinómanas desesperadas y sin nadie más a quien acudir para que les pagaran las drogas; era muy sencillo hacer con ellas lo que quisieras. Luego nos encontramos con inmigrantes ilegales que salían de debajo de las piedras y que preferían tragar pollas antes que volver a la jungla a enfrentarse con bestias. Ellas trabajaban con más diligencia y sin miramientos, se notaba que venían acostumbradas a sus ritos tribales o algo, no les daba asco nada. Sin embargo, muy de cuando en cuando, gracias a alguna que otra cosilla de la que me podía enterar y moviendo algún que otro hilo por aquí y por allá, conseguía caer en mis manos una estudiante universitaria. Me refiero a una estudiante de nuestro país, ya sabéis, blanca y todo eso, como tú y como yo, un ser humano. Me encantaba cuando las veía entrar en mi despacho, siempre con aspecto nervioso y reprimido, con esas caras largas de alguien resignado a hacer algo que antes era impensable. Las mandaba desnudarse para comprobar que estuvieran en buena forma y no tuvieran ninguna marca o cicatriz, cosa irrelevante ya que mis clientes se follarían hasta a una mofeta si se la pusiera delante; lo único por lo que les mandaba eso era para ver cómo se desnudaban. Eran tiempos gloriosos.

Sin embargo, Hanza y Flores, aunque subnormales y estúpidos, ya no eran las personas adecuadas a las que confiarles parte de este negocio. Veréis, todo comenzó el día en que aquel idiota de Denís entró en mi despacho, andrajoso, sucio, drogado y acompañado de un perro con más dignidad que él.

—¿Denis? ¿Eres el tonto de Denis? —pregunté con sorpresa.

—Sí. Necesito trabajo.

Denís había sido amigo mío cuando era crío, muy a mí pesar. Era un muchacho rubio de pelo rizado y con una cara de tonto muy hostiable. La última vez que lo vi casi terminamos peleándonos; al parecer, estaba harto de que yo lo tratara como el despojo que era y se le dio por echármelo en cara.

—Eres un gilipollas que no sabe lo que es el respeto y ya estoy cansado de ti... ¡y que conste que no es lo mismo ser un niño consentido a que mis padres me quieran!—me dijera.

—Tu madre te tiene que querer mucho como para limpiarte la corrida de la polla aquella vez que te masturbaras en un restaurante yendo hasta el culo de Caballo.

—Pero la gente cambia, ya no soy el Denis de antes—dijo—. El Denis de ahora no tendría inconveniente en romperte los dientes.

Eso último me calentó.

—Hace una semana te detuvieron por romper señales de tráfico yendo ciego. Y le sacaste la polla a los policías afirmando que podías chupártela a ti mismo—le recordé—. ¿En qué coño has cambiado?

—Lester... deja ese tono de superioridad, ya sobra con que tú sepas lo mierda que eres como persona y lo poco que vales como tal, no hace falta que nos lo recuerdes a los demás.

Nunca llegué a entender muy bien qué demonios significaba aquello ni a qué venía, supuse que sólo quería insultarme y soltó las primeras gilipolleces que le vinieron a la cabeza. Lo ignoré y me fui a casa y, tras reflexionar un rato, me di cuenta de que debí haberle roto la cara. Pero bueno, quince años después ahí lo tenía, con esa cara de bobo característica en él más demacrada por las drogas que nunca, mostrando un aspecto desnutrido y anhelante de amparo por parte de alguien que tuviera piedad.

—Déjame adivinar —le dije —. Te has vuelto el guitarrista famoso capaz de ser la voz de toda su generación, como siempre has querido, ¿verdad?

—No —respondió con gesto compungido.

—Lástima. Mi opción B es que vives debajo de una uralita apoyada sobre cuatro bloques de cemento, acompañado por tu perro y tu novia punk y comiendo, bebiendo, cagando y drogándoos en el mismo sitio. ¿Me equivoco?

—No —respondió, y añadió, con un tono de voz que no me gustó nada —: ¿Y tú qué eres?

Alcé las cejas, sorprendido a la par que ligeramente ofendido.

—No señor —lo corregí —Ahora trabajas para mí. Y soy el dueño de todo lo que ves, desde esta mansión a toda la ciudad que hay tras esa ventana. No es una uralita, pero es algo. Lo comprenderé si te sientes incómodo.

No me cabe duda de que se sentía incómodo, y el placer que eso me ocasionó fue glorioso en su día. Pero luego las cosas empezaron a complicarse un poco. Veréis, el Denis que yo conocía no era tan extremadamente idiota y patoso como este subnormal vestido de punk que vino a pedirme trabajo. El auténtico Denís, aunque sí era subnormal, al menos tenía criterio personal y alguna que otra ideología comunista y anárquica rondándole la cabeza. El yonki que estaba ante mí, en cambio, tenía el cerebro freído por las drogas. Ya desde el principio noté que carecía de luces. Cuando se peleó con uno de mis matones más gordos y fuertes por reírse de sus botas vaqueras, supe que algo no iba bien dentro de su cabeza.
Yo me encontraba en uno de mis puticlubs atendiendo a algunos de mis clientes, entre los cuales se encontraban Sergio "Joker", un metalero con pintas de que lo sacaran de una película de Tim Burton; y Diego "Mozárabe", un estudiante con cara de niño a punto de cometer una travesura.

—¿Qué tal, muchachos? —les pregunté.

—Aquí, riéndonos con este atajo de personajes —respondió el Joker.

—Sí — coincidió el Mozárabe — Daría para escribir un relato, o una novela...

No pude evitar reirme y dije:

—Bueno, parece que hay follón ahí atrás —señalé en dirección adonde estaba Denís hablando con el matón— Nos vemos, Maestros —añadí dándoles una palmadita en el hombro.

Al fondo del puticlub, sin dejar de señalar las botas vaqueras de Denís, el matón gordo gritaba:

—Eh, Denis, ¿dónde tienes el ganado?

—Delante de mí, "vaquita".

El cañonazo que recibió en la cara fue épico. Le quedó el ojo morado durante semanas, y desde entones le cogió miedo a todos y cada uno de mis matones, lo cual me pareció bien. En una ocasión fue a uno de mis bares a emborracharse con ellos, ocasión que aprovecharon para hacer burla de él.

—Eh, Denis, te doy dos duros si me besas una nalga.

Y allá fue el idiota tan contento a meterle la cara en el culo. No sólo no recibió el dinero, sino que, además, alguien metió una cerveza vacía dentro de una jaula de jabalíes y gritó:

—¡Denis mira, una cerveza gratis!

Terminó encerrado en la jaula, con todos los matones entorno a él riéndose y meándole encima. Nadie lo sacó de allí.

—Ayuda...—gimoteaba al día siguiente, metido en un callejón dentro de la jaula, cubierto de alcohol, meados y su propia mierda. Pasaron dos días hasta que algún buen samaritano se dignó a sacarlo.

Todo eso eran tonterías y me resultaban indiferentes; al contrario, me causaban gracia. El problema llegó el día en que, grave error por mi parte, decidí darle a Denis su primer trabajo serio. Hasta entonces lo tenía únicamente como mi chico de los recados, pero ahora me era imprescindible matar al capo de una organización rival y nadie era tan tonto como para meterse en territorio enemigo a deshacerse de un mafioso. Así que hice lo que me pareció más inteligente: encargárselo a Denis. ¿Qué podía salir mal? Sólo era apretar un gatillo.

—Recibimos el soplo de que estará en un prostíbulo a eso de las ocho, uno que está en medio de un callejón por el que no pasa gente. Tú estarás ahí escondido y, en cuanto lo veas, te lo cargas y echas a correr como un demonio. Nosotros estaremos aparcados en la siguiente manzana para recogerte, ¿entendido?—le explicó Flores.

—Claro, chupado.

—Lo más seguro es que Henry vaya acompañado por un par de matones, pero tanto da. Irás armado con este rifle de asalto y, si consigues pillarlos desprevenidos, no veo problemas para que te los cargues a los tres —le avisé.

—Claro, Lester, haré tal y como decís.

No lo hizo.

El muy idiota se escondió detrás de un contenedor de basura y, mientras los esperaba, se le dio por liarse un porro. Los matones de Henry localizaron el humo, así que se acercaron para ver quién era y se encontraron con un Denis pálido como la cera del mal viaje que le dio el porro y armado con un rifle capaz de hacer volar un coche. No sé si los matones tuvieron muy malos reflejos o Denis muy buenos; posiblemente lo primero, ya que ver a un punk yonki armado con semejante rifle no es algo muy común. El caso es que consiguió abrir fuego a tiempo y cargárselos a los dos.

Henry Harrington, al oír los tiros, dio media vuelta sobre sus talones y echó a correr como un negro. El tonto de Denis lo siguió y ambos comenzaron una persecución que los llevó hasta una entrada del metro. Parece ser que llegados a ese punto, Denis se acordó de que tenía un arma en la mano, así que la usó. A pesar de haber fallado, Henry tropezó en un escalón y cayó por las escaleras, quedando inconsciente.

—¡No murió! —le espeté a Denis al día siguiente —. Llevabas un rifle en tu mano, ¿por qué coño no lo remataste?

—Pensé que ya estaba muerto.

—¿Pensaste que ya estaba muerto? Cayó por una puta escalera de diez escalones, ¿no se te ocurrió al menos tomarle el pulso?

—¿Tomarle el pulso? ¿Piensas que soy médico o algo? ¿Y qué más, una electroencefa.... electrocenalo....?

Últimamente, desde que andaba con nosotros, a Denis se le daba por ser sarcástico, lo cual, aplicado a las escasas diez neuronas que componían su cerebro, traía resultados catastróficos. Hice acopio de paciencia y dije:

—Que no lo mataras no me importa tanto, daba por sentado que no lo harías. Lo que no logro entender es... ¿por qué coño le dijiste mi nombre?

—Para sonar dramático. Antes de dispararle le dije "Lester Cohpen te saluda".

—¿Qué? Pero... ¡¿Por qué cojones hiciste eso?!

Harto ya de él, saqué mi pistola y comencé a dar tiros. Denis giró en redondo y corrió, ya prevenido de que lo haría. Cada vez que me desquiciaba, se me daba por sacar la pistola y dispararle; siempre fallaba intencionalmente, claro, pero me reconfortaba verlo correr como el idiota que era.

En menudo lío me había metido. Henry Harrington era un hombre peligroso y muy rencoroso. Si no me ponía manos a la obra y buscaba la forma de cargármelo, lo más seguro es que él me matara a mí o, lo que es peor, que Hanza y Flores empezaran a cuestionarse su lealtad.

—Tengo un plan —dijo Denís la tarde en que nos sentamos en una de mis tabernas a planear el asesinato —¿Te acuerdas de Vicky, mi novia?

—Denis, los mayores estamos hablando, ¿qué coño quieres?

—Mi novia trabaja para ti, es prostituta. No llegaste a verla, pero ya te comenté que la pondríamos a hacer la calle, ¿no te acuerdas?

—No, Denis. Dices muchas gilipolleces a lo largo del día, supongo que di por sentado que esa sería una de ellas.

—Oí que a Henry le vuelven loco las putas rusas. Vicky es rusa.

—Es cierto—afirmó Hanza—Henry se pasa el día entre putas rusas, desde siempre. De pequeño le peinaba las ovejas a su abuelo para que le diera dinero con el que pagárselas.

—¡Qué subnormal!—dijo Denis entre risas.

Todos se lo quedaron mirando.

—Al menos a él no le tuvo que limpiar la polla su madre—comentó Flores.

—No tenemos tiempo para idioteces—repuse con enojo—Denis, ¿adónde quieres llegar con eso?

—Verás. Podemos enviarle a Vicky como regalo para compensar nuestro agravio y, una vez estén follando, que ella se lo cargue.

—¿Qué decías de idioteces, jefe?—preguntó Flores, burlón.

—Denis, a no ser que Vicky tenga fuerza sobrehumana, ¿cómo esperas que se vaya a cargar a un mafioso de noventa y cinco kilos?

—Mmmm... con un arma.

—Hanza, pásame mi pistola, anda—dije, con intención de dispararle.

—¡No, no, no, piénsalo un momento! Puede que la registren antes de dejarla entrar en el cuarto de Henry, cierto, pero podemos esconder una navaja dentro de su coño.

—Claro, es brillante—dijo Flores—. Esconder un arma dentro del coño de una puta... ¿quién cojones iba a mirar ahí?

Denis corrió como un condenado mientras los tiros de mi pistola pasaban volando muy cerca de él.

—Esto es lo que haremos—dije al fin—No nos lo vamos a cargar, al menos aún no. Iremos a hablar con él para negociar una alianza. Una vez acepte, cosa que hará porque somos mucho más ricos, será más fácil matarlo. En marcha.

El local donde Henry se pasaba la mayor parte del día era un tugurio lleno de putas rusas. A pesar de ir escoltado, no lograba dejar de sentirme inseguro dentro de ese sitio, y más con ese enorme mafioso semidesnudo mirándome con rencor.

—Así que no tuviste nada que ver con el intento de asesinato, ¿eh? —me dijo con su voz mezquina.

—No. De lo único que soy culpable es de permitir que un retrasado trabaje para mí. El tío está totalmente loco, no sé por qué te atacó, pero yo no se lo ordené.

Mientras yo decía eso, una puta entró en el local, despertando la curiosidad de Henry y sus hombres.

—Y ahora, de pronto, quieres una alianza, ¿no?

—Para que veas que yo no tuve nada que ver en eso.

Henry rio de tal forma que no sabría cómo interpretarlo.

—De acuerdo, acepto. Quedaos tú y tus hombres a tomar algo en mi local —luego miró a la puta — ¿Y tú cómo te llamas, guapa?

—Vicky.

"Mierda".

¿Recordáis que al principio dije que sólo los inteligentes trabajan para mí? Bueno, me equivoqué. Casi siempre trabajan para mí. El idiota de Denis fue la excepción, y por su culpa perdí a mis mejores hombres y casi pierdo la vida. Todavía puedo recordar cómo uno de los hombres de Henry decía, con voz socarrona.

—Eh, mira jefe... esta puta parece un kinder sorpresa. ¡Tiene una navaja en el coño!

Después de eso siguió un tiroteo que llamó la atención de la policía, y tras arrestarme a mí y a los demás supervivientes, interrogaron a Hanza y consiguieron demostrar que yo era el jefe de una organización criminal. Lo peor de todo es que las intenciones de Denis eran nobles, sólo quería ayudarme. Mandó a Vicky con la esperanza de solventar el problema.

Y mientras estoy aquí, en la cárcel, esperando a que el juez decida qué hacer conmigo, no consigo sacarme de la cabeza aquellas palabras que Denis me dijera hace años, mientras me hago a la idea de que, de entre todos los capullos que hay en este mundo, tuvo que ser él quien trajo mi condena. Incluso me mandó una carta para recordarme que no se olvidó de mí. Maldito hijo de puta. "Espero que disfrutes de tu nuevo hogar. Ya sé que no es una uralita apoyada sobre cuatro bloques, pero es algo. Comprenderé si no te sientes cómodo."