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sábado, 8 de noviembre de 2014

Un relato de piratas.

Edward Morgan había sido un joven hijo de ricos y poderosos mercaderes en vida, y él también habría de convertirse en uno de no ser por su prematura y desafortunada muerte. Pero testarudo aún a pesar de ello, permaneció vagando por la Tierra como si todavía conservase su cuerpo. Tenía por afición retar a los capitanes de los barcos que se encontraba a cualquier cosa; aquella era su maldición y su sino. Si el capitán perdía, él y toda su tripulación sería aniquilada y pasaría a formar parte de la flota fantasma de Edward Morgan. Si ganaba, todos se salvarían y se despertarían al día siguiente sin recordar nada. Pero, de entre todas las cosas a las que podía retarlos, lo que a Eddie más le gustaba eran los duelos de beber.

—Pero Eddie, Eddie... qué borrachuzo eres. Con lo noble que solías ser en vida —le decía el viejo capitán de la Gritos del Infierno, su segundo de abordo y su mejor amigo.

—¿Qué eres, mi madre? Deja de proferir calumnias y dime cuándo ha aparecido ese barco.

—Aproximadamente entre la hora en que te desmayaste y te despertaste para vomitar el hígado.

—¡He dicho que pares con las calumnias! Es que no me encuentro bien del estómago, es lo que pasa por no tener un médico abordo.

—Tenemos como tres médicos abordo.

—Pero están todos muertos, no deben de ser muy buenos.

Edward miró por su catalejo tratando de divisar el enorme navío que se acercaba desde el horizonte. Tenía la bandera española colgada del mástil y las velas se inflaban con fuertes vientos, por lo que no tardarían mucho en poder abordarlo.

—Es un barco muy grande —señaló el contramaestre—. Podría ser tu nuevo barco insignia.

Desde hacía un tiempo, Edward andaba con la firme idea en la cabeza de cambiar su nave insignia. La que tenía actualmente era tan vieja que ya ni se acordaba de su nombre.

—¿Por qué no sencillamente le pones otro nombre? —le había sugerido un marinero días antes.

Eddie estuvo a punto de decirle algo, pero entonces se dio cuenta de que tenía razón. Fue así como, ahora que aquella enorme nave parecía tan en disposición de ser capturada, decidió entrar en debate con sus hombres sobre aquel tema.

—Yo tenía pensado rebautizarla como "La Gritos del Infierno", nombre que ya tiene este navío —dijo en el fragor de la discusión.

—Deberíais llamarla "La Soberbia del Pecador" —sugirió uno de los marineros fantasmas.

—Esa es una buena opción —coincidió Eddie—. Pero "La Gritos del Infierno" me sigue sonando mejor.

—Ese es un nombre demasiado vulgar para un barco fantasma. Parece sacado de un cuento para niños. Y como ya dijiste, ya tenemos una "Gritos del Infierno" en nuestra flota —repuso el contramaestre.

—Podríamos llamarla "Gritos del Infierno-Dos".

—¿Gritos del Infierno-dos? —Eddie frunciendo el ceño—. No, en tal caso ese nombre le correspondería a la Gritos del Infierno original. Estamos hablando de la nave insignia, no puede tener un "dos" a lado.

—¿Entonces la Gritos del Infierno-uno sería la Gritos del Infierno-dos? —preguntó un marinero

—Espera, ¿qué?

—Yo creo que la "Soberbia del Diablo" está bien. Es como la llaman los marineros en sus relatos.

—Así es como la llamaban hace cien años. Ahora la llaman "La Soberbia del Pecador" —repuso el mismo marinero de antes.

—Eso es redundante.

Edward tosió e hizo elevar su voz.

—Ya hablaremos de eso, señores. Ahora tenemos un asunto mas importante entre manos...¿qué nombre le pondremos a la Drunken Sailor una vez la capturemos?

Los marineros asintieron entre ellos.

—Es cierto, no pensamos en eso —coincidieron.

—Pero si ni siquiera sabéis qué es la Drunken Sailor, cazurros —repuso el capitán de la Gritos del Infierno.

Los marineros volvieron a intercambiar miradas.

—Es verdad, Eddie, no nos has dicho quién o qué es la Drunken Sailor. ¿Podrías explicárnoslo para que así salgamos de tamaña duda?

—Claro que lo haré, buen amigo. Es esa nave de ahí que vamos a capturar prontamente.

Un "aaah" recorrió la cubierta.

—¿Y por qué un barco español lleva un nombre inglés? Es más, ¿qué significa "Drunken Sailor"?

Todos miraron a Edward, que era el listo del grupo, en busca de respuesta.

—Significa que calléis la puta boca y empecéis a pensar en un nombre apropiado.

Uno de los marineros se rascó la cabeza, confuso.

—Qué nombre más raro para un barco...

—Podríamos llamarlo "El Dantesco". Es un barco grande, y con unos cuantos muertos encima dará mucho miedo —sugirió el contramaestre.

—No me gusta la Divina Comedia —repuso Eddie.

—¿Por qué no?

—Porque es una comedia. Tiene final feliz.

—¿Y si llamamos al barco "La Divina Tragedia"?

—Eso sería como hacerle publicidad a la obra de Dante. Y, además, es una de las cosas más estúpidas que he oído en mi vida y en mi muerte, así que cierra la puta boca.

—¿Y si la llamamos "El Azote de...?

—¡Oh, no empecemos con los azotes! Los piratas malditos siempre tenéis que poner nombres del tipo "el azote de algo" —repuso el contramaestre.

—Totalmente cierto —coincidió Edward.

—Podemos llamarlo "El Error del capitán Brennan".

Todos se quedaron callados y con rostros inquisitivos.

—¿Capitán Brennan? ¿Quién es el capitán Brennan?

—Ese de ahí. He oído a un marinero llamarlo así.

La Drunken Sailor estaba tan cerca que ya se podían divisar y oír a los hombres sobre su cubierta.

—Vaya, qué rápido. En cuanto pasen por babor nos haremos visibles y les daremos el susto de sus vidas. De momento, sigamos discutiendo. Lo habíamos dejado en "El Error del capitán Brenan", nombre que, en mi humilde opinión, es una puta mierda.

—¿Qué tal "El Azote de Brennan"? —sugirió el mismo marinero de antes.

—Y dale con los azotes. Te vamos a llamar Bill el Azotes a partir de ahora —dijo Eddie.

—Me llamo Jeremías.

—Pues a partir de ahora eres Bill Azotes.

—¡No pienso llamarme Bill Azotes!

—Cállate, Bill Azotes —dijo un marinero.

Ante eso, Bill Azotes cogió una botella de ron y se la estampó en la cabeza, comenzando una pelea a lo largo de toda la cubierta. Fue así como se le aparecieron a la Drunken Sailor, borrachos, peleando y cantando canciones de piratas. Nadie de la tripulación de vivos se asustó.

—Vaya, parece ser que de tanto que los hemos asustado se han quedado petrificados —señaló el contramaestre.

Eddie se lo quedó mirando de arriba abajo.

—Tú eres muy tonto, ¿verdad? En fin, si lo sobrenatural no los intimida, lo hará la fuerza. ¡Al abordaje, muchachos!

Los piratas fantasma se abalanzaron sobre los marineros, haciendo mucho ruido y rompiendo muchas cosas. Edward se quedó observando la batalla desde la cubierta porque, en palabras suyas, "era demasiado rico y demasiado guapo para ir a luchar". Sólo cuando el enemigo quedó reducido y su capitán maniatado, se dignó a cruzar el tablón que hacía de puente y pasar a aquel enorme navío llamado Drunken Sailor.

—Tú debes de ser el capitán Brennan.

—Sí, ese soy yo. Si vas a matarme, que sea rápido —dijo el hombre con un marcado acento inglés.

—Dado tu acento, y dado que no estás con un crucifijo en la mano llamándome demonio y todos sus sinónimos, deduzco que no eres español.

—Deduces bien.

—Entonces, ¿por qué llevas la bandera española en el mástil?

—Porque se nos asignó una misión... especial. Una misión encubierta.

—¿En cubierta? —preguntó un marinero fantasma—. ¿Fregar, o qué?

A Edward se le hinchó una vena en la frente.

—Se refiere a una misión secreta, cazurro .—Miró al capitán—. Y dinos, ¿qué misión es esa?

—¿Por? ¿Me salvará la vida decírtelo?

—Mal no te va a hacer.

Brennan ensombreció el rostro.

—O sí —dijo.

Viendo que no iba a conseguir persuadirlo de esa forma, Eddie dijo:

—Te propongo algo. Haremos como una... competición de bebida. Si tú ganas...

—... mi tripulación y yo nos salvaremos, tú desaparecerás y mañana nos despertaremos sin recordar lo ocurrido. Pero si ganas, pasaremos a formar parte de tu flota fantasma para el resto de la eternidad. Ya me conozco tu historia. Eres el capitán maldito de la Soberbia del Pecador.

—¡Ja! —saltó un fantasma—. ¿Lo véis? ¡Os dije que ahora la llaman la Soberbia del Pecador!

Edward paseó la mirada por todo el barco con una sonrisa. El capitán de la Gritos del Infierno se le acercó.

—Ahora que me doy cuenta —dijo—. ¿Cómo sabías que este barco se llama Drunken Sailor? Al principio pensé que lo decías en broma, pero, realmente, ese es su nombre, lo pone en popa.

—Tú qué crees.

—Creo —comenzó el fantasma—, que ya sabes quién es Brennan y cuál es la misión que le encomendaron.

En efecto, hacía meses que Eddie estaba en busca de la Drunken Sailor. Él y toda la comunidad sobrenatural del mundo sabían de su existencia y de su cometido.

—Dime, capitán —dijo Eddie aproximándose a Brennan.— ¿Dónde guardas la espada templaria?

Todos en la nave guardaron silencio para asimilar aquellas palabras.

—Esta "dranken seilor" —lo rompió un fantasma—, o como sea que se pronuncie, ¿es un barco templario?

—Ya me olía todo a chamusquina —dijo otro.

—Sí, estos ingleses se piensan que somos estúpidos. ¡Pues ya véis, no lo somos! Pronto moriréis todos, tripulantes de la "Calléis la Puta Boca y Empecéis a Pensar en un Nombre Apropiado".

Edward se dio una palmada en la cara. El contramaestre trató de mirar a otro lado, y el capitán de la Gritos del Infierno se tapó el rostro con las manos, avergonzado.

—¿Qué? ¿He dicho algo malo?

—Mejor no digas nada más .—Eddie se sacó un cuchillo y le cortó las ataduras al capitán Brennan—. Bien, capitán. Quiero que me traigas la espada. Tarde o temprano la encontraremos, de todas formas, así que haznos el favor de ahorrarnos la molestia y, al menos, le perdonaremos la vida a tu tripulación.

El capitán, consciente de la veracidad de aquellas palabras, le hizo caso y procedió a abrir un baúl situado en el puente de mando. De él sacó una espada de plata cuya empuñadura estaba tallada en forma de crucifijo.

—Vaya —dijo un fantasma—. Te digo yo que nuestro Felipe no tiene una de esas.

Edward le arrebató la espada de las manos y la contempló con admiración.

—¿Cuál es su poder? —preguntó.

—¿No lo sabes?

—Me hago una idea, pero desconozco la magnitud de sus capacidades.

—La forjaron los templarios después de la caída de Jerusalén. Lo hicieron con la promesa de emplearla para destruír y erradicar del mundo a todo servidor del Diablo.
"Cuenta la leyenda que, al oír tan honorables palabras, Dios bajó de los cielos y la bendijo con su luz sagrada, y desde entonces tod...

—Mira, capitán, seamos francos —comenzó Eddie—: ¿Te tenemos pinta de que nos importa la puta leyenda de esta espada? No me cabe duda de que es una historia digna de escribir epopeyas, pero... en fin, míranos. Somos una flota de borrachos, no tenemos paciencia para esas cosas. Así que haznos un favor y ve al grano.

El capitán, con gesto reticente, procedió:

—Quien la porte podrá aniquilar a todas las criaturas o especies de este mundo que se le antojen, sean o no sean criaturas de Dios.

—Creía que fue Dios quien bendijo la espada...

—¡Eso te pasa por no escuchar la puta leyenda! En fin, el caso es que basta con sostenerla y pensar en la criatura o las criaturas que quieres destruír, y así ocurrirá.

—¿Y hay palabras mágicas o algo?

El capitán no respondió.

—Qué curioso, ahora mismo debes de estar pensando si decírmelo sería contraproducente —comentó Eddie—. Que por cierto, hablando de curiosidad, ¿por qué tenéis una mujer abordo?

—¿Mujer? Esto es un barco de la armada inglesa, no tenemos mujeres abordo. Hay una cabra muy simpática en la bodega, por si te interesa...

Edward se rió.

—Eso me trae recuerdos muy agradables.—Golpeó al capitán de la Gritos del Infierno en el hombro—. ¿Te acuerdas de Isabel, la posadera de Cádiz?

—Oh sí, y te aseguro que ella también se acuerda de nosotros en el más allá.

—Solíamos acostarnos los dos con ella sin saberlo. Qué buenos tiempos. ¿Quién fue el último en follársela, tú o yo?

—Su marido.

Brennan no pudo ocultar una sonrisa.

—¿Qué clase de piratas fantasma sois vosotros?

—Españoles.

Todos rieron y brindaron.

—Que por cierto, si eres español, ¿cómo es que te llamas Edward Morgan?

Los marineros fantasma se lo quedaron mirando con gesto inquisitivo, como si se estuvieran haciendo la misma pregunta.

—Emmm —respondió Eddie—... ahora en serio, ¡¿quién coño es esa mujer de ahí?!

La fantasma chasqueó los dedos y entonces se hizo visible a los vivos. Era una mujer alta, mojada y cubierta de algas, con ojos nublados por lo que parecían cataratas. Brennan casi tropezó del susto que le dio su aparición, y más lo asustó ver aparecer a medio centenar de mujeres como ella, todas con el mismo aspecto escalofriante.

—Somos ninfas. Espíritus de...

—Sí, ya sabemos lo que es una puta ninfa. ¿Qué coño hacéis aqui?

—¿Por qué los españoles tenéis que ser tan malhablados? —preguntó Brennan.

—Hemos venido a por la espada —dijo la ninfa, ignorando el comentario de Brennan—. Dádnosla.

—¿Y si no queremos?

De pronto, otro medio centenar de ninfas subieron por proa y por estribor. Todas portaban lanzas que emitían chispas amenazantes, y de sus rugidos brotaba un aliento helado capaz de hacer astillarse la madera.

—De acuerdo, toda vuestra —dijo Eddie soltando la espada y apresurándose a volver a su navío.

Brennan se tiro sobre la espada, recuperándola antes de que las ninfas pudieran reaccionar.

—¡Capitán de la Soberbia, no te vayas! —suplicó.

—¿Me has cogido cariño?

Las ninfas comenzaron a acercarse con las lanzas en alto.

—Dádnosla —decían.

—Me matarán, a mí y a toda mi tripulación. Y lo que es peor, se harán con la espada.

—No sabes cuánto lo siento. En fin, adiós.

Brennan lo agarró del hombro.

—Por favor —suplicó.

—¿Qué quieres, que las mate? Son espíritus, uno no puede sencillamente deshacerse de ellas.

—Tengo entendido que son mortales, mientras que tú no.

Edward suspiró.

—Sí, supongo que podría matarlas con el tiempo. Pero, ¿por qué lo haría?

—No sé, tal vez porque llevan años queriendo destruír a la humanidad.

—¿Las ninfas? Nah. Sólo quieren que las dejéis tranquilas a ellas y al mar.

—Ese es el problema.

Las ninfas ya estaban sobre la tripulación del Drunken Sailor, la cual se había ido moviendo hacia popa. Edward las detuvo de un grito antes de que les clavaran las lanzas. Brennan torció los ojos en un gesto de exasperación y, sabiendo que era su única salida, dijo:

—De acuerdo, lo haré —dijo—. Tú ganas. Te desafío a una competición.

—¿De bebida?

—No.—Brennan trató de disimular una sonrisa—. El primero en matar a la última ninfa gana.

***


Al día siguiente, la Drunken Sailor avanzaba hacia Tierra Santa con la espada en custodia. Todos se despertaron confusos y sintiendo una enorme resaca. Ninguno conseguía recordar nada de lo que sucedió el día anterior, así que corrieron a la bodega a ver cuánto ron habían consumido.

—Qué raro... no bebimos nada anoche.

El capitán Brennan fue a su camarote y se sentó en su cama cuando de pronto notó algo extraño en el armario donde guardaba las bebidas. Fue a mirar y se encontró con el cadáver de una extraña mujer, toda ella cubierta de algas y con unos ojos nublados por cataratas. Encontró una espada que sabía que era suya clavada en su vientre.

—Ha funcionado— dijo con arrepentimiento.


Edward Morgan, de pie sobre la rebautizada Gritos del Infierno-dos, no conseguía parar de reír por la astucia de su contricante.

—¿Por qué te ríes, Eddie? Ese inglés bastardo te ha engañado como a un mozalbete —dijo el capitán de la Gritos del Infierno.

—Anda, vete follar una cabra.

—Lo cierto es que a mí siempre me pareció muy raro que, si tienes una espada capaz de aniquilar a toda criatura que te dé la gana, pidas ayuda a un fantasma que acabas de conocer. Pero no te dije nada porque supuse que tenías la situación bajo control.

—Cállate, anda.

—¿Y cómo consiguió encerrar a esa ninfa en su camarote? Las ninfas son espíritus, sólo se le aparecen a los mortales si así ellas lo quieren.

—Supongo que les haría chantaje con la espada. Ellas estaban de su lado desde el principio; su objetivo siempre fui yo.

—Pero, ¿por qué no sencillamente aniquilarte? Tenía la espada...

Eddie se encogió de hombros.

—Por compasión, supongo. Matar no debe de ser su estilo, o sino ya hubiéramos estado todos muertos hace mucho tiempo. Lo que quería era proteger la espada de mí, nada más.

—Pero mató a la ninfa, y dejó que tú mataras a las demás.

Edward todavía podía recordar con rabia cómo, después de haber destruído con la ayuda de su tripulación fantasma a todas las ninfas que había en el barco, intentó convertir a los tripulantes de la Drunken Sailor en sus súbditos. Sin embargo, no pudo. Desconcertado, buscó a Brennan y lo encontró encerrado en su camarote. Al romper la puerta, vio que estaba con una ninfa que había tenido ahí encerrada durante días, a sabiendas de que, tarde o temprano, el capitán de la Soberbia del Pecador abordaría su nave. Con cara de arrepentimiento, hundió su espada en el vientre de la criatura, y fue así como ganó la competición.

—Supongo que en su mentalidad de templario, si me hubiera destruído con la espada, mi alma se consumiría en el infierno. En cambio, si las ninfas se sacrificaban para evitar que yo me apoderara de la espada, estarían haciendo un acto bondadoso al servicio de Dios y sus almas irían al paraíso.

—¿Y cómo pudieron las ninfas acceder a sacrificarse?

—Seguramente no lo hicieron. Brennan les diría que subieran al barco en cuanto yo lo abordase y fingiesen querer matarlos, o sino las destruiría con la espada. No creo que supieran que yo las terminaría asesinando.

El capitán de la Gritos del Infierno se rió.

—En fin, al menos aún nos tenemos los unos a los otros, ¿verdad, Bill Azotes?

—¡Me llamo Jeremías!

—¡Capitán, un barco a estribor! —dijo un marinero de pronto.

—¿Puedes leer su nombre en popa? Si es un barco inglés pienso aniquilar hasta al último de esos bastardos.

—Sí, capitán. ¡Buenas noticias, es ingles! Se llama... a ver...— El marinero se tomó unos segundos mirando por el catalejo—. Pone "The Flying Dutchman".

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