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lunes, 29 de diciembre de 2014

Confesiones de Irreverentes: El Intento de Asesinato del Coleguita Frank

En este mundo, donde la sociedad y su corrupto conformismo presiona a hombres de virtud y de firmes convicciones a luchar contra sus hermanos en un inverosímil acto de romanticismo patriótico, sumado a pretextos tiránicas disfrazados de razones pragmáticas declaradas por auténticos déspotas, y donde la violencia impera con la evidente intención de corromper a las generaciones menores para inducirlas a incoherentes actos de barbarie que hacen pasar por nobleza de corazón, resulta que... 

—¡Coleguita Frank, deja de escribir chorradas y abre la puta puerta! ¿Cuándo coño me vas a pagar el puto alquiler? 

Mierda, es Michael "el Mugres", mi supuesto casero. Llevo tres meses sin pagarle lo que le debo. 

—Sé que estás ahí, que te oigo decir en voz alta lo que escribes. Abre la puerta si no quieres ver un acto de nobleza.  

Corrí el pestillo y abrí la puerta, descubriendo a un hombre con ese aspecto demacrado y delgado propio de los drogadictos. 

—Hola, Michael. 

—Hola mi polla, ¿me vas a pagar o prefieres gastar el dinero en el dentista? 

Ya podías hacerlo tú de vez en cuando, cabrón. 

—Ahora no tengo nada, Michael.  

—¿Cómo que no, Coleguita Frank? Si me dijiste que mataste a un hombre. De eso se sacan unos dos mil pavos por lo menos.  

—Eso fue en la guerra, Michael -le respondí, abatido.  

—¿Guerra? El Call of Duty no es la guerra. ¿Y cuando me vas a pagar la truja que me debes? 

—¿Truja? 

—Sí, o costo, no me acuerdo. 

—¿Costo? 

—Hierba, joder. ¿No entiendes la política de la calle o qué? 

Me quedé un rato callado y dije: 

—¿Hierba? 

—Joder coño, de fumar. Porros. 

—Pero si yo no fumo... 

—Pero yo sí. O me pagas o te vas a la puta calle. Yo no quiero gorrones en mi piso. No hay nada que me dé más rabia que los putos gorrones. 

—Pero si éste no es tu piso. Es de tu amigo Guti, que te lo prestó después de que te echaran tus padres. Aunque ahora que vives en casa de tu novia no entiendo por qué... 

Michael me dio un tortazo en la cara. 

—¿Qué eres, el narrador? Calla la boca si no quieres llevar dos hostias por listo. ¡Puto Coleguita Frank! 

—No me llames así. Ya sabes que ahora mi apodo es "Killer". 

Michael se me quedó mirando de arriba abajo, escéptico. Soy un hombre de un metro sesenta de altura, pelo largo y negro y, a juicio de muchos, mi expresión va siempre cargada con un deje apesadumbrado que asocian con falta de autoestima, aunque en realidad no entienden que es desprecio por esta sociedad en donde... 

Michael me volvió a dar un tortazo. 

—¡Despierta, anda! Mira, si tan mal andas de pasta, puedo presentarte a Billy "el Tetrapléjico". Un amigo del primo de la amiga de la sobrina de mi tío me dijo por facebook que está buscando sicarios. ¡Pero tú no corras la voz! Limítate a ir al bar "Rompeollas" y allí esperas por Damian. Es secuaz del Tetrapléjico y te servirá de contacto.  

—¿Cómo sabré quién es? 

—Cuando lo veas, lo sabrás. 

Damian "Serrucho" era un tipo enorme cuya dentadura daba origen a su apodo. Cargaba con un pasado tan traumático a sus espaldas que muchos no se extrañaban de que fuera una persona sanguinaria. A los quince años, mientras volvía de comprar un bocata, unos matones le dieron una paliza y se lo robaron. Lo comieron con deleite delante suya. Desde entonces, el trauma le afectó tanto que se convirtió en una máquina de matar. Pero, a pesar de todo ello, es un tipo bastante simpático. 

—¡Coleguita Frank, qué tal! Vas todo borracho ya, ¿no? Ha ha ha, ¡mucho desmadre! 

—Pero si son las nueve de la mañana... 

—¡Vente, el Tetrapléjico te espera!  

Me condujo al sótano del bar, donde una cuadrilla de mafiosos jugaban al parchís bajo la titilante luz de una única bombilla que iluminaba la decrépita estancia.  

—Gordo, ¿traes el póker? Estamos hasta los cojones de jugar a esta mierda de la oca —dijo uno de ellos. 

—No es la oca, es el parchís —repuso otro.  

—Mis cojones, este juego no tiene puto sentido. ¡Y tira bien los dados, no hagas trampa! 

Un hombre apareció entonces de entre las sombras, corpulento y con cara de morirse de ganas por romperle los dientes a alguien.Era Billy el Tetrapléjico, uno de los capos de la ahora diluída mafia de Lester Cophen. Con éste en la cárcel, su dominio sobre la ciudad era mucho más vasto, y su fama de irreverente resultaba casi tan famosa como sus métodos mórbidos. 

—Damian, ¿quién es ese saco de mierda que traes ahí? 

El Serrucho me miró con fraternalidad, dándome una palmadita en el hombro y guiñándome un ojo.  

—Es el sicario que me pediste que te contratara. Dicen que es un auténtico asesino. Nadie escapa a su pistola. Lo llaman Killer. 

El Tetrapléjico me volvió a mirar.  

—¿Seguro? A mí me parece Killed.  

Los demás mafiosos se rieron.  

—Sí joder, no te preocupes por su aparencia, es todo un asesino —me defendió Damian —, ¿a que sí, Frank? 

En realidad nunca maté a nadie. Mi guerra siempre fue contra un mundo demasiado intransigente para tolerar a una mente tan lúcida. El desprecio y el odio irracionales que la sociedad tuvo hacia mí no hizo otra cosa que generar un sentimiento recíproco del cual no logro deshacerme nunca, y cuando... 

Michael me dio un tortazo. 

—¡Despierta, joder! Billy el tetrapléjico tiene algo que decirte.  

—Pero... ¿de dónde sales tú? ¿Y por qué tienes la cara hinchada? 

Lo demás mafiosos centraron su atención en Michael, que al parecer acababa de aparecer por la puerta. 

—Es verdad, Michael, ¿quién te dio una paliza? 

—No fue nadie, no os preocupéis... 

El Tetrapléjico lo agarró del hombro con preocupación. 

—No, en serio, cuéntanos quién fue el hijo de puta, Michael.  

Michael titubeó un instante. 

—De acuerdo. Fue uno de los gitanos.  

—Descríbenoslo. 

—Bueno... era muy alto el cabrón, y muy delgado.  

—Ajá. 

—Y era de color gris metálico, con la cabeza naranja y brillante. 

—¿Qué? 

—Sí, y el cabrón era duro como el hierro. Traté de darle un puñetazo y me rompí un nudillo. Parecía que estaba clavado al suelo con cemento. 

—O sea, te golpeaste con una farola, ¿no? 

—¿Eh? ¡No!  

—Eso parece una farola, Michael. 

—No soy tan idiota como para golpearme con una farola. 

—Sí, sí que lo eres. Te golpeaste con una puta farola, manda cojones.  

—Creo que sacas las cosas de contexto. 

El Tetrapléjico lo ignoró y señaló a Damian. 

—Todo esto es culpa tuya, gordita.  

—¿Mía?  

—Sí, tuya. Te pido que me traigas a dos sicarios para matar a James, y contratas al Rambo este en miniatura .—Me señaló a mí—. Y al subnormal este que va siempre tan drogado que sería capaz de disparar la pistola al revés. En fin, menos mal que al gilipollas al que se tienen que cargar es incluso más bulto que ellos dos juntos.  

—¡¿Más aún?! —pregunté.  

Michael me dio una colleja.  

—Sí, más —respondió el Tetrapléjico—. Se llama James, pero todos lo llaman "Parbosky". Es un cani de mierda. Se fugó con la hija de un gitano hará un par de semanas. La chavala es menor de edad, así que cuando los padres denunciaron el secuestro, la policia los encontró en un Carrefour comprando gallumbos y lo metieron preso.  

—¿Y cómo hizo la policía para encontrarlo tan rápido? 

—Porque puso de estado en facebook "eN VuScA Y KaPtUrA Kn Mi JeNNy Y mIs SiGaRRo JAJAJA," y escribió la dirección del hotel en que se hospedaban. Sí sí, lo sé, es penoso. Pero veréis, lo que Parbosky no sabía era que la gitana traía consigo doscientos mil euros en efectivo, escondidos en su mochila.  

—Debió de pasarse mazo tiempo haciendo de canguro... 

—Tanto como sus padres de camellos. Ese dinero eran los ahorros familiares que habían escondido debajo del colchón. Ella los cogió para fugarse con el tonto este, y ahora deben de estar a buen recaudo bajo la mesa de algún concejal.  

—Era mejor haberlos quemado... 

—El caso es que los gitanos están muy cabreados. Tanto que han recurrido a mí. Prometí que mataría al idiota de Parbosky, y eso pienso hacer. Ahí es donde entráis vosotros. 

—Creía que James estaba preso —señalé. 

—Sí, pero lo soltaron por estar enfermo, creo. Lo primero que hizo fue irse esconder lejos de la ciudad. 

—¿Enfermo? ¿Qué enfermedad padece? 

—Gilipollismo agudo, ¿qué sé yo? El caso es que sabemos donde se esconde. Es sólo cuestión de ir allí y pegarle un tiro en la cabeza, eso es todo.  

—¿Cómo sabéis dónde se esconde?  

—¡Y yo qué coño sé! ¿Qué eres, crítico literario? ¡Largo de aquí los dos e id a hacer vuestro puto trabajo! Y tened cuidado que hay policías encubiertos por esa zona. 

—Deben de verse muy graciosos encima de cuchillos y tenedores, he he —dijo Damian. 

Antes de salir por la puerta, y mientras Billy le gritaba toda clase de insultos al Serrucho, me volví hacia él y le pregunté: 

—¿Por qué te llaman el Tetrapléjico? 

—Porque les rompo la columna a los que no hacen bien su trabajo. 

*** 

Es la hora de matar. Fuimos al lugar acordado a las 9:00 AM armados con AK47, TMP9 y granadas. Como nos advirtieron, había enemigos armados patrullando la zona. Al primero que divisamos le volé la cabeza de un solo disparo. Esto puso en alarma al resto y comenzaron a venir refuerzos de la avenida principal y de un callejón detrás nuestro. Abrí fuego con mi AK47, acertándole a las llantas del coche que conducían. Antes de que pudieran abandonar el vehículo, lancé una de mis granadas, haciendo saltar media calle por los aires y matando a una docena de hombres. Ahora sólo me quedaba ocuparme de la avenida principal. Saqué mi TMP9 y... 

Michael me dio una esparrada.  

—¡Coleguita Frank, que coño haces jugando al Call of Duty! Tenemos que matar a Parbosky dentro de media hora y tú te pones con eso. Han depositado una responsabilidad muy grande en nuestras manos, debemos comportarnos como adultos —dijo mientras calentaba la heroína que se iba a inyectar.  

—No estaba jugando al Call of Duty... era el Medal of Honor. 

—Lo que sea, este asunto es muy importante, si no actuamos con seriedad, nadie lo hará por nosotros —dijo mientras enrollaba un billete para esnifar una raya que tenía preparada en la mesa.  

—Oye, Michael, ¿y quién de los dos va a matarlo? 

—Tú.  

—¿No deberíamos elegirlo a piedra papel tijera o a cara o cruz? 

—No.  

—¿Seguro? 

—Sí.  

—¿Y tú mientras qué haces? 

—Nada. 

—¿Y las ganancias van a ir mitad y mitad? 

—No, yo me llevo las dos mitades. No te olvides que me debes el alquiler.  

—He estado echando cuentas, y lo que te debo no es ni una décima parte de lo que vamos a gan... 

Michael me dio un tortazo.  

—¿Qué pasa, es que vas a echarte atrás ahora? ¿Después de todo lo que pasamos juntos? 

—Lo siento, Michael... 

—Quiero que rujas como un león. 

—¿Eh? 

—¡Ruge, coño! Demuestra que eres una fiera. 

—Emmm... gruaaaa. 

—¡Más fuerte! 

—¡Gruaaaaa!  

—Bien hecho. Ahora calla la boca, que ya es hora, así que andando.  

Recogimos nuestras pistolas y nos pusimos en marcha. El piso franco de Parbosky estaba a un par de manzanas, así que no tardamos mucho en llegar. Subimos al apartamento y tocamos la puerta. 

—¿Quieres saber cómo le llaman al cuarto de libra con queso en Europa? —me preguntó Michael mientras esperábamos a que nos abriera. 

—Michael, estamos en Europa.  

La puerta se abrió unos centímetros y alguien asomó la cabeza. 

—¿Quiénes sois? 

Mierda, no habíamos preparado una excusa. 

—Emmm... somos de Telepizza.  

—No lleváis traje de los de Telepizza... 

—Emmm... nos olvidamos de ellos. 

—Tampoco traéis pizza... 

—Emmm...  

—Somos camellos, joder —le espetó Michael. 

—¡Ah, hubiérais empezado por ahí! Pasad, pasad.  

Nos abrió la puerta y nos hizo pasar a un apartamento destartalado.  

—Y bien, ¿qué es lo que vendéis? 

—Pues verás, vendemos... ¡muerte! 

Saqué mi pistola tras decir eso y lo apunté con ella. Parbosky, al ver el arma, se puso de rodillas y comenzó a llorar. Al principio pensé que estaba suplicando por su vida, pero así como me acerqué más, vi que en realidad estaba riendo de felicidad.  

—¡Gracias a Dios! Al fin alguien ha venido a terminar con mi tormento... 

Me quedé petrificado sin saber qué decir.  

—Michael, ¿tú entiendes algo de lo que pasa aquí? ¿Michael? 

Pero cuando miré a mi izquierda, Michael estaba sentado en el sofá, durmiendo.  

—¿Tu amigo es heroinómano o algo? 

—Sólo cuando no está siendo cocainómano o porrero. ¿Y tú por qué te quieres morir, explícame? 

Parbosky comenzó a sollozar. Tuve que esperar unos segundos para que se calmara y pudiera vocalizar bien.  

—Verás... padezco una terrible enfermedad... 

—¿Gilipollismo agudo? Nunca oí hablar de esa... 

—¿Qué? ¡No! Mi enfermedad se llama microfalosomía. 

—¿Lo qué? 

—Es una enfermedad que afecta al aparato reproductor masculino.... 

Me quedé sin comprender. 

—¿Te cae a cachos o algo? 

—No... es solo que... 

—¿Qué? 

—La... ¡la tengo pequeña! 

Me tomé unos segundos para asimilar sus palabras. 

—Vale, mira... voy a matarte, ¿de acuerdo? 

—¡Es diminuta, deberías verla!  

—Sí, ya te oí a la primera, por desgracia... 

—¡La tengo tan pequeña, que una vez pedí un agrandador de pene en ebay y me mandaron una lupa! 

—Oye, mira, tampoco es algo tan terrible. Según puedo ver en esos cuadros, tienes mujer e hijos.  

—Ya no. Uno de los amantes de mi mujer se metió en mi casa y se niega a salir. Llamé a la policía, pero resulta que ellos también se la follaban con frecuencia y decidieron montar una orgía.  

—Todavía tienes a tus hijos... ¿hay un fallo en la foto o de verdad son negros? 

—No tengo razón para vivir ahora que me separaron de mi Jenny. Ella era la única que me amaba. Adelante, dispárame.  

Apunté bien la pistola y puse el dedo sobre el gatillo. Pero no pude apretarlo. Me quedé así uno, dos, tres segundos, y finalmente bajé el arma. 

—Oye... no puedo matarte. Quieres morir por una tontería. Tienes muchas razones para viv... 

De pronto, James me quitó la pistola de las manos sin que tuviera tiempo de percatarme.  

—Vale, gilipollas, las llaves del coche y la cartera, rápido —dijo, apuntándome.  

—¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? 

—Que vacies los bolsillos y me des todo lo que tienes. Y cógele la pistola al papaostias de tu amigo, también. Vaya dúo de subnormales, la virgen.  

Hice como mandó. Al parecer, o mucho se había equivoca el Tetrapléjico al describirme lo idiota que es Parbosky, o aquella era una persona distinta. Sea como fuera, a día de hoy lo sigo ignorando.  

—Vas a matarnos, ¿verdad? —dije, abatido—. Adelante. El mundo nunca toleró mi mera existencia. Siempre he sido un residuo de la sociedad demasiado insignificante para formar parte de sus engranajes. Desde la pobreza y miseria de mis padres, hasta la crueldad del colegio y la dureza de la calle, junto con el rechazo de las mujeres por mi físico, todo ello colaboró para hacer de mi un ser insig... 

James me dio una esparrada. 

—La culpa no es del mundo, ni de la sociedad, ni de tus padres. La culpa es tuya, porque eres un fracasado y un idiota. Espavila, anda. 

Y con esas palabras, se dio la vuelta y se fue. Nunca sabré por qué nos perdonó la vida. 

Me quedé allí unas horas, reflexionando, hasta que Michael se despertó.  

—Dios, menudo sueñecito más reparador tuve. En fin, ¿has matado a Parbosky, verdad? —miró a un lado y a otro mientras se estiraba—. Joder, qué rápido te deshiciste del cadáver. Eres todo un Killer. Porque te deshiciste del cadáver, ¿verdad? No se ha escapado ni nada de eso, ¿no? ¿Eh? ¡¿Eh?! 

Al día siguiente Damian dio con nosotros y consiguió apresarnos. Nos llevó ante el Tetrapléjico, que nos esperaba en el sótano del Rompeollas con una camilla preparada y un martillo de matar cabras.  

—Me voy a hacer un bocata —dijo Damián saliendo por la puerta. 

—Lo siento por ti, Killed, de verdad. —El Tetrapléjico se nos acercó con el martillo—. Eres buen chaval y un tipo inteligente... al menos cuando no estás haciendo el subnormal .—Miró a Michael—. Por ti no lo siento. Míralo de esta forma, vas a vivir el resto de tu vida igual que ya la estabas viviendo: tirado en una cama. En fin, atadlos a la camilla. 

Mientras los demás mafiosos nos arrastraban entre gritos y suplicas, Damián reapareció con un bocata de jamón serrano. 

—Bueno, vais a sentir un fuerte... ¡hostia Damián, al fin haces algo útil! —dijo Billy al verlo—. Tanto dejar tetrapléjica a la gente me da hambre, trae ese bocata 

Y le arrebató su comida de las manos. 

—Como iba diciendo, váis a sentir... 

Pero de pronto Damián lo agarró por los sobacos y lo arrojó con fuerza sobre la pared. Sus ojos estaban inyectados en sangre y echaba espuma por la boca. Los demás mafiosos sacaron sus pistolas, pero antes de que ninguno pudiera abrir fuego, el Serrucho alcanzó un rifle que había sobre la mesa de parchís y los llenó a todos de plomo.  

—Joder para el puto Serrucho... cualquiera le quita su bocata... ¿coleguita Frank? ¿Frank?  

Pero cuando miró a su izquierda, yo ya no estaba. Recordando las últimas palabras de James, di media vuelta tan pronto vi cómo el Tetrapléjico le quitaba el bocata a Damián y corrí como alma que lleva el diablo. Lo último que pude oír antes de cerrar la puerta del sótano a mis espaldas era a Damián gritándoles a Michael y al Tetrapléjico mientras los atacaba a la camilla: 

—Vais a sentir un fuerte golpe en la espalda, y después nada.  

—¡Damián, no! Te pagaré, te pagaré, tengo el dinero que les iba a pagar a ellos en ese maletín de... ¿donde está el maletín? 

Y de paso corrí con esa maleta como si me fuera la vida en ello, lejos, lejos de la ciudad.