Hola, bienvenidos al rincón del emo. Yo soy el emo, y vengo aquí para hablaros sobre el día a día de mi asquerosa y patética existencia.
Hace dos días me desperté por la mañana con ganas de sublimar mis desgracias (esto es lo que Freud llama a desahogar los pesares mediante la creatividad), de forma que me cree una cuenta en Asco de Vida, y mi intención solo era la de escribir anécdotas malas sobre mi vida, pero a pesar de ello me banearon por spamming. ¡Jo!
Luego me fui a pintar de negro la uñas a mi salón favorito de siempre, pero el tipo nuevo que allí había al parecer no sabe diferenciar emo de homosexual, porque me las pintó de rosa. Triste por esta mala pasada (y por el resto de mi existencia), me fui a la casa de un amigo (el único que tengo) para consumir drogas con la esperanza de que, con un poco de suerte, me diera algo que me hiciera quedar en el sitio. Él me lió un porro y me lo dio para fumar, y así yo lo hice, aunque en realidad era una de las primeras veces que consumía dicha droga, ya que con eso de que me corto las venas día sí y día también, mis padres, que me quieren mucho (¡tanto que me han jodido la vida!), me tienen muy vigilado y andan siempre preocupados (¡como los odio!).
Total, que me coloqué con la droga y en esto que, de tan poco acostumbrado que estaba, le di caladas de más y terminé con un blancón encima muy fuerte, para mi alegría, pues tuve la sensación de que iba a morir. Caí al suelo de lo cansado que estaba y empecé a balbucear que me dieran algo dulce, y es en esto cuando mi amigo me empieza a dar golosinas que allí tenía, no sin antes pasárselas por sus partes íntimas para así reirse de mi estado. Yo las comí igual y, de tan mal que tengo el estómago por esto de consumir pastillas para intentar suicidarme, empecé a vomitar por todo el piso. Vomité en la alfombra, en el sofá, en la pecera, en el pez, en la jaula del ratón, en el ratón, en la caja de la serpiente, en la nevera, por la ventana, encima de mi amigo y, por último, en el retrete.
Luego, mi amigo, todo furioso él, me llevó abajo, a un parque, y metió una jeringuilla en una jaula para perros. Me dijo que, si me pinchaba con ella, moriría. No lo pensé más y me lancé para cogerla, y para mi desgracia, caí en la broma que me tenía allí preparada mi amigo, porque me encerró en la jaula y se fue. Me quedé ahí metido, con una jeringuilla que estaba vacía, acuclillado y en una posición muy incómoda, gritando para que alguien me ayudase. Nadie vino.
Al cabo de dos días mi amigo pasó por ese parque y se divirtió más de lo que se sorprendió al verme todavía allí. Me sacó de la jaula y lo aborrecí por ello, pues ya casi me estaba muriendo de deshidratación. Intenté pegarle, pero las uñas rosas que el tipo me puso eran tan largas que me hice un corte a mí mismo en la palma de la mano y le di tiempo a mi amigo de tirarme al suelo y golpearme. Me dijo que no me volviera a pasar por su casa y que, a ser posible, no le dijera a nadie que nos conocemos.
Y bueno, aquí estoy para contaros esta desgracia. Triste, ¿verdad?
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